
Tras seis meses -más de 200 días- de gestión, el gobierno encabezado por el outsider libertario Javier Milei consiguió materializar un primer éxito legislativo que, tanto por sus plazos como costos, no tiene precedentes en la historia de la democracia recuperada en 1983.
Un hecho en absoluto menor para un presidente que tuvo un ascenso fulgurante al poder pese a su manifiesta debilidad parlamentaria e inserción territorial, pero cuyo retardo no puede atribuirse exclusivamente a esa ostensible carencia de musculatura política sino también a una particular combinación de inexperiencia, errores no forzados, prejuicios, intransigencia, desmesura, y una difícil curva de aprendizaje -aún no concluida- para aceptar que en política -como en la vida misma- la realidad casi siempre no se ajusta al deseo.
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Si bien el último paso de esa “larga marcha” de la ley de Bases y el paquete fiscal en el Congreso de la Nación le permitió finalmente al Gobierno contar con esa largamente esperada “caja de herramientas” para su proyecto reformista, la percepción generalizada tanto en el contexto político como en el plano económico es que la ley, aunque importante, no solo no disipa los grandes interrogantes ni exorciza los fantasmas en torno a la sostenibilidad política y social del programa de gobierno, sino que marca las limitaciones de lo que muchos consideran una primera -y a todas luces agotada- primera fase de gestión.
En este contexto, descartada la ingenua hipótesis de que la sanción de las dos leyes operase como una suerte de “lampara de Aladino” a la cual podría pedírsele el comienzo de la recuperación económica y el final de las recurrentes frustraciones y sacrificios que embargan a amplias franjas de la sociedad, queda más que claro que lo ocurrido esta semana en la Cámara baja fue tan importante como necesario no solo para “habilitar” el pasaje hacia una nueva etapa en la gestión, sino para evitar caer en un abismo que, muy probablemente, hubiese comprometido seriamente la integridad y continuidad del proyecto de Milei.
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Sin dudas, si bien está claro que la Ley de Bases y el recompuesto paquete impositivo -que volvió a incorporar la restitución de Ganancias y el nuevo esquema de Bienes Personales- puede coadyuvar a revitalizar la narrativa refundacional del proyecto libertario, alimentando una suerte de mito “David versus Goliat”, no es una condición suficiente para aplacar los ánimos de unos mercados que han venido mostrando -especialmente durante el último mes- altos niveles de nerviosismo y volatilidad como producto de la profundización de la incertidumbre reinante.
Las leyes llegan, además, tras un turbulento mes de junio, que volvió a evidenciar la inestabilidad cambiaria, las dificultades para robustecer las reservas del Banco Central, y los cambios de humor de los mercados tanto con respecto a los activos que cotizan en Wall Street como en lo que hace al riesgo país. En este sentido, queda en evidencia que los mercados, potenciales inversores y actores económicos, parecen haber incrementado su presión para que el gobierno comience a mostrar resultados más concretos más allá del shock y el ajuste en un contexto de emergencia.
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En otras palabras, aun teniendo opiniones favorables con relación a la performance financiera del gobierno durante el primer semestre -inflación y déficit fiscal-, los mercados esperan señales que evidencien el comienzo de una nueva etapa que comience a dejar atrás la fase de la emergencia para encarar reformas estructurales que proyecten una imagen de sustentabilidad respecto no solo al programa económico sino también al proyecto político.
Lo cierto es que la demorada respuesta del Gobierno a esta demanda estuvo muy lejos de aportar certeza y calma en los mercados. La conferencia de prensa del ministro de Economía no solo no calmó ninguna de las principales ansiedades y síntomas de nerviosismo del mercado, sino que las pospuso para una etapa “posterior”. En este contexto, Luis Caputo -acompañado por el presidente del Banco Central- anunció que la segunda fase del plan económico consistirá fundamentalmente en “la emisión cero”, como complemento del plan de “déficit cero”.
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Un anuncio que no solo tuvo gusto a poco para los mercados que estaban esperando algunas señales vinculadas a la salida del cepo cambiario, sino que parece atar la suerte del programa económico del gobierno a un desempeño fiscal aún más exigente que el de los últimos meses, justo en un contexto donde parece ya estar muy claro que la tan deseada recuperación de la actividad no será en V y lo que ahora desean sino más cercana a una L, que implicaría un estancamiento hasta fin de año.
Así las cosas, en un escenario en el que el Gobierno necesita renovar las expectativas ante un escenario de profundización de la recesión (el PBI cayó 5,1% interanual en el primer trimestre), brutal caída del ingreso (casi un 20% real en el primer trimestre del año frente al tercero de 2023), desplome del consumo, preocupantes evidencias de serios problemas con respecto al desempleo, y sin ya el funcional pretexto de una casta que con su hegemonía en el Congreso ponía “palos en la rueda” y le impedía gobernar, Milei necesitará mostrar una gestión no solo más activa sino más efectiva, en tanto será probablemente objeto de demandas más exigentes de una ciudadanía que -hasta el momento- sigue mostrando altos niveles de apoyo, pero que podría cambiar su “humor” ante una agenda que parece no abordar prioritariamente los problemas del ciudadano de a pie.
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