
El primer debate presidencial entre Joe Biden y Donald Trump puso en evidencia que aquello que falta ha estructurado las diferencias entre las dos opciones que actualmente presentan los Demócratas y los Republicanos con vistas a las elecciones en noviembre: falta de energía vital en un caso y de apego a la verdad en el otro.
La combinación de estas faltas parece importar mucho más que aquello que ambos candidatos presentan en términos de récord de gestión en el pasado y propuestas políticas para el futuro.
Esta combinación también revela una situación triste y preocupante para el electorado estadounidense. Lo sería para la ciudadanía de cualquier país, pero la situación es aún más desoladora en este caso dado que dicho electorado hace mucho se imagina a sí mismo ocupando un lugar de primus inter pares en el mundo. Un lugar que este conjunto de candidatos, más allá de sus posible virtudes a los ojos de sus respectivos votantes, parece, como mínimo, cuestionar.

Es por esto que miles de artículos periodísticos y columnas de opinión en medios de comunicación, e incontables posteos en redes sociales, han sido publicados desde la finalización del debate. Y posiblemente más se publicará en las próximas horas y días.
Sin embargo, hay dos aspectos del debate sobre los cuales también falta atención: el rol de los medios y el de las personas en organizar la discusión pública acerca de la política.
Vayamos por partes.
Mucho se ha dicho, y posiblemente se seguirá diciendo, sobre como el crecimiento de las redes sociales y buscadores, y la innovación (especialmente en materia de algoritmos e inteligencia artificial) están volviendo al periodismo en una ocupación arcaica y a los medios tradicionales en actores devaluados en la comunicación política.

Es cierto que periodistas y medios ya no marcan la agenda de manera cotidiana como lo hicieron durante el siglo veinte, ni con el mismo poder de acción. Pero el debate de ayer revela cómo un evento mediático de menos de dos horas de duración tiene la capacidad de organizar la discusión pública como ninguna otra opción comunicacional podría hacerlo.
La mutación en la comunicación política contemporánea pareciera ser que periodistas y medios marcan agenda en forma puntual, en lugar de hacerlo de manera continuada en el día a día como solían hacerlo cuando los buscadores y las redes no existían.
En una brillante columna de opinión publicada esta mañana en Político, Jack Shafer desmenuza la manera en que las reglas y el formato del debate, que a priori se suponía favorecerían a Biden, terminaron jugándole en contra. Esto es así porque estas reglas y formato en lugar de limitar la movilidad y flexibilidad de Trump (vistos como dos atributos claves de su capacidad comunicacional) tuvieron como contraparte que la limitada vitalidad de Biden estuviera en foco de manera continuada durante todo el debate.

Y es aquí donde adquiere relevancia el tema de las personas, otra falta en la discusión actual sobre comunicación política.
La cultura digital se apoya en parte en fragmentar a la persona. Los algoritmos que organizan la oferta de contenidos y transacciones en buscadores, redes, y plataformas streaming y comercio priorizan un aspecto de la persona en demérito de otros: su edad, género, orientación sexual, raza, etnicidad, ubicación geográfica, nacionalidad, ocupación, poder adquisitivo, entre otras características relevantes.
Esta fragmentación de la totalidad de la persona en favor de una de sus características se vincula con la fragmentación del tiempo y del espacio en la información que obtenemos en redes. Los escasos segundos y palabras de un post, extraen el contenido del mismo de su contexto de origen: un relato es un tuit, una escena es una captura de pantalla.
Esta fragmentación, y su asociación con la creciente polarización política y segregación social en el mundo contemporáneo, ha sido una herramienta central en muchas de las campañas electorales exitosas de las últimas dos décadas, y ha estructurado a menudo las estrategias de comunicación política en general.
Sin embargo, en el debate de anoche, la audiencia tuvo acceso a Biden en forma ininterrumpida y en primer plano. Durante 90 minutos, el presidente fue una persona a la que accedimos en su totalidad y en continuado. Y todos vimos lo mismo, aunque lo interpretemos de distintas maneras.
En 1960 Kennedy y Nixon protagonizaron el primer debate presidencial televisado en la historia, al que muchos analistas políticos consideraron un momento clave en el desarrollo de aquella campaña en favor del primero. Mucho ha cambiado desde aquel entonces. Sin embargo, es posible que en el debate de ayer las paradojas del destino hacen que Biden se haya vestido de Nixon y Trump de Kennedy.
Esto sería así en parte porque a pesar del creciente poder de las redes y sus estrategias de fragmentación, el debate reveló que los medios y las personas importan más de lo que analistas y académicos habitualmente consideran.
El pasado siempre encuentra maneras de habitar el presente.
Últimas Noticias
Continentalismo americano
Una alianza que puede convertirse en una arquitectura política y económica capaz de proyectar estabilidad y crecimiento desde el Ártico hasta la Patagonia
La tragedia del geriátrico de Belgrano y los límites de la ley: cuando el dolor exige culpables que el Derecho no puede dar
La Cámara de Casación absolvió a los dueños del establecimiento en el que murieron diez adultos mayores durante la pandemia

Trabajo remoto y entrevistas en inglés: errores frecuentes y la importancia del entrenamiento
Mientras en América Latina el crecimiento del empleo remoto hacia el exterior aumentó más del 40% desde 2020, grandes profesionales pierden importantes oportunidades por no saber cómo desempeñarse al tomar contacto con las empresas

$LIBRA: el poder bajo sospecha
Basta de eufemismos. La causa que involucra a Javier Milei y su hermana Karina es un escándalo con olor a poder
Aprender a nadar a los 60: “Saldé una deuda de más de medio siglo”
En primera persona, la experiencia de dejar atrás años de vergüenza, reiniciar un mecanismo oxidado, vencer los pensamientos contradictorios y superar, en la madurez, un tropezón de la infancia



