
Paulo Freire dice que si un hombre grande le está pegando a uno débil y no intervenimos en favor del débil no estamos siendo neutrales, sino que estamos ayudando al fuerte.
Hoy más que nunca me resuena este aforismo de Freire. Más aún cuando los apaleados son gente querida, amigos y amigas. Apaleados por un grandote que golpea con hambre, con desocupación, inseguridad, droga…
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Me llama la atención que a quienes encuentro ayudando a mis amigos se los estigmatiza desde determinados lugares, se los critica de diversos modos y hasta se los acusa de corruptos; con lo que ocurre algo pintoresco: decir que uno es amigo de ellos lo convierte a uno mismo en sospechoso. Hoy cualquiera que diga que trabaja en un comedor popular es sospechado. Se ve que el grandote además de palos tiene narrativa.
Todos los sectores sociales tienen quienes los representen y quienes defiendan corporativamente sus intereses. Se lo ve como algo normal. Hay colegios profesionales, hay clusters de empresas, uniones industriales, agrupaciones de bancos. Sin embargo, esos organismos no son cuestionados sistemáticamente por la narrativa del grandote. Las que son atacadas son las organizaciones que defienden al débil, al trabajador formal o al trabajador informal, para esos hay palos. Tal vez haya entre ellos quienes se aprovechan, quienes lucran, y deshonran lo que dicen defender. Entonces deben ser juzgados y condenados. Sin embargo, eso no descalifica a todos los que tratan de defender al apaleado.
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No parece desinteresado ese énfasis en descalificar a los que ayudan y organizan a los que menos tienen, parece que el grandote se avivó y se esfuerza en su narrativa, y en incentivar a quienes le hagan la tarea más fácil. Ya es muy burdo descalificar al apaleado, pero se hace también: no son pocas las voces que culpan a los pobres por ser pobres, “están así por vagos”, por “planeros”, por “lacras”, dicen los amigos del grandote.
Hace dos mil años un maestro itinerante de Nazareth contó una parábola en la que comenzaba diciendo que había un hombre al que apalearon los bandidos dejándolo medio muerto y “la gente de bien” del momento pasó de largo, solo hubo uno que se acercó para ayudarlo y se comprometió con él, era un Samaritano, uno de los “peores del grado”, según el criterio de la época. Jesús dice, ese es el que amó al prójimo. “Ve y haz tú lo mismo.”
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En estos tiempos los apaleados son demasiado evidentes: en las calles, en los barrios, en los comedores, en los centros de ayuda a los que son víctimas de drogas, en las largas colas del colectivo para llegar a un trabajo que no alcanza para vivir dignamente.
El grandote sigue fajando al chiquito…y se sigue señalando con el dedo a los que defienden al más débil. Algo anda mal.
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