
Tuve la oportunidad de visitar Taiwán y conocer su sistema de salud. Fue durante mi mandato de diputado nacional cuando pude tomar contacto con distintos modelos de gestión en esta materia. El de Taiwán es un sistema que está ranqueado entre los cinco mejores del mundo.
Este sistema nació en 1995 cuando, por decisión del gobierno, se fusionaron cinco seguros preexistentes, que hasta ese momento sólo daban cobertura a menos de la mitad de la población.
Así surgió un Seguro Nacional de Salud que actualmente cubre al 99% de la población, desde la atención primaria hasta la alta complejidad. El programa es administrado por el gobierno y tiene un único pagador, con efectores estatales y privados.
El sistema cuenta con tres fuentes de financiamiento: los afiliados, los empleadores y el Estado. Los aportes de estas tres fuentes varían de acuerdo al tipo de actividad laboral que desarrollan los usuarios.
En Argentina, recién el año pasado dimos sanción a la Ley de Historia Clínica Digital. En Taiwán, cada ciudadano o residente encuentra en la nube su información médica a la que puede acceder, fácil y rápidamente, con una tarjeta magnética personal que cada beneficiario tiene. De esta manera se evitan baches en la información y la superposición de estudios y acciones que lentifican y encarecen la atención.
La accesibilidad de los pacientes es rápida y segura. La población puede consultar a especialistas de manera directa, sin mayores demoras. De hecho, existe un 85% de satisfacción cuando se consulta a la población acerca del Seguro Nacional de Salud.
Para los hogares vulnerables hay subsidios especiales de primas, que se otorgan mientras dure la precariedad económica de esas familias. El uso de la telemedicina y los traslados sanitarios en helicóptero salvan con eficiencia los obstáculos de la geografía de la isla, que tiene grandes poblaciones en la costa y aldeas dispersas en la zona de montaña.
La expectativa de vida en Taiwán aumentó más que el promedio mundial en las últimas décadas. A pesar de lo universal y eficiente del sistema, este país gasta -proporcionalmente- menos que los países desarrollados de Europa y los Estados Unidos de América.
No deja de ser una feliz paradoja que una Nación asentada en una pequeña isla del Pacífico -que cuenta con la mitad de la población que tiene Argentina, con una superficie menor a la de la República Dominicana, sin recursos energéticos convencionales y acosada permanentemente por tensiones políticas y militares de alto voltaje- haya podido desarrollar excelencia en el sistema de salud.
Esto hace patente algunas grandes enseñanzas:
- Un buen sistema de salud es posible. No es necesario ser una superpotencia para desarrollarlo.
- Un sistema eficiente necesita de una política de Estado que permanezca en el tiempo, con flexibilidad para mejorar, más allá de la alternancia de gestión que cualquier democracia liberal tiene.
- La garantía de un buen sistema de salud la debe dar el Estado. Esto va en contra del clima de época que transitamos, ya que la salud de todo un pueblo no puede quedar a merced del libre juego de la oferta y la demanda.
Con esto no quiero decir que la experiencia taiwanesa sea extrapolable a nuestra realidad, pero sí digo que es, al menos, inspiradora. Taiwán no forma parte de la Organización Mundial de la Salud por conflictos geopolíticos, pero estoy seguro que el mundo necesita sus aportes en este tema.
Por eso, aunque suene cándido, ¿es mucho pedir que, en un mundo globalizado, con un Tratado Pandémico en ciernes, se dejen de lado esos conflictos, y sea también Taiwán un miembro de una organización cuya razón de ser es la salud del mundo?
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