
La ansiedad parece ser una marca registrada de estos tiempos, dormir mal, estar todo el día mirando el celular a la espera de algún mensaje que no llega. Estamos inmersos en el tiempo, en el nuestro que muchas veces no es el de los otros. Nos gustaría poder manejar la realidad según nuestros caprichos y gustos, pero para mal de los ansiosos la realidad tiene vida propia. Solemos creer que la gente debería obrar según nuestro criterio pero suelen hacer lo contrario.
En el manejo del día solemos meter tanta cosa junta que la agenda nos asfixia, para colmo de males recibimos 50 notificaciones en el teléfono recordándonos lo que sigue, lo que aún nos falta hacer. Sumado a los retrasos propios y ajenos, a los problemas para trasladarse, lo que agendamos apretado termina superponiéndose. Anhelamos tener tiempo, pero cuando disponemos de tiempo libre nos aterra no tener nada que hacer, nadie a quién ver y nos agarra la ansiedad por el tiempo que estamos perdiendo.
Los más chicos también tienen agenda completa, entre los cumpleañitos, la tarea, la doble escolaridad, el deporte y las clases de música, a veces ellos también están estresados. No deja de sorprenderme la amorosa y absorbente dedicación que tienen los padres de hoy para con sus hijos. Yo no tengo memoria de mis padres jugando conmigo, salvo a algún deporte. Tenía la buena compañía de la imaginación, un lápiz para dibujar y algunos autitos para soñar que corría en Fórmula 1. Nadie nos entretenía con un teléfono. Sí agradezco profundamente a mi madre que desde que aprendí a leer me inculcó ese hábito. Quien lee jamás se aburre. Había cuatro canales de televisión en blanco y negro y solo veíamos un rato. Hoy los bebés saben manejar el celular antes de hablar, para ver sus dibujitos preferidos mientras padres y hermanos comparten la mesa, cada uno enfrascado en conversaciones con una multitud de gente a través de su teléfono, pero en la mas ausente de las comunicaciones visuales y verbales.
Los jóvenes son un capítulo aparte, suelen ser seguidores en las redes sociales de “influencers” de los ítems más diversos. Desde el que dejó la vida tediosa y rutinaria de un trabajo formal y viaja por el mundo siendo su propio jefe, queriendo que te suscribas a sus cursos sobre “cómo organizar tus finanzas” pasando por el mundo “Cripto” donde se hicieron millonarios; a los que se pasan el día en el gimnasio y filman sus dietas insoportables para mantener sin grasa sus cuerpos esculturales. Los efectos: bulimia y anorexia y depresión por estar excedido de peso y no poder sostener la rutina del gimnasio. Ese mundo donde cada uno editorializa su propia imagen, sube solo los lugares lindos, las buenas comidas y las compañías agradables; no es el mundo real. En la vida real hay de todo, bueno y malo y hay que saber que la vida de todos- aun la de ellos- tiene momentos de frustración y de exceso en la comida y en la bebida.
La angustia por el “no ser” no tiene mucha contención emocional. Tampoco se enseña a tolerar la frustración, algo necesario para sobrellevar la exigente realidad cotidiana. Las redes sociales están llenas de gente que da desde sus “reels” o videos, enseñan a vivir mejor, y se estresan por tener que producir contenido saludable cada día.
Hace unos días compartiendo una charla con un amigo que estuvo misionando en África, me contaba que alguien le dijo: “Ustedes tienen relojes, nosotros tenemos tiempo”. Una gran verdad. Estando una vez en Chaco llegamos a una casa muy remota para bendecirla, después de haber rezado juntos nos invitaron a comer, aceptamos encantados. Se pusieron a recoger leña, encendieron el horno de barro, mataron un lechón y lo pusieron a cocinar, todo llevó horas y mientras tanto yo pensaba en nuestra comida recalentada en 3 minutos en el microondas. ¿Cómo se puede ser ansioso en medio del campo? Por mucho que miren la tierra, la semilla tarda en brotar, crecer y madurar. Cuanta gente en nuestras ciudades está “quemada” por el estrés, aunque tiene las tareas de la casa automatizadas.
La vida espiritual es un buen recurso gratuito para detenerse en medio de la vorágine. En el Evangelio de Mateo en el cap. 6 Jesús nos invita a detenernos: “Tú, cuando ores, métete en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está allí a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mat 6,6)
Sentarse a no hacer nada práctico, en tu casa o en un Templo, disponerse a no pensar, solo respirar conscientemente invocando la presencia de Dios para entrar en una dimensión distinta, los minutos dedicados a la oración funcionan como el espacio donde el tiempo se desacelera y cobra otra dimensión, la que te permite ver el fondo de tu alma, estar en paz sin hacer nada y sin sentir culpa por estar perdiendo el tiempo. Curiosamente ese tiempo perdido ordena y prioriza el tiempo efectivo.
Cuando van pasando los años uno también decide qué merece su tiempo, en qué y en quiénes gastarlo y en quiénes no. Es decisión de uno darle un poco más de aire a la vida, al fin y al cabo cuando alguien muere, otros hacen lo que uno hacía y rápidamente pasamos al olvido. Tanta angustia gastada en tantas cosas que parecían importantes y en realidad no lo eran. Priorizá qué es lo verdaderamente importante, a qué personas querés darles tiempo y no te olvides de Dios que como dice San Pablo: “En él somos, nos movemos y existimos”. En la tarde de la vida, como decía San Juan de La Cruz, “seremos juzgados en el amor”. La angustia es pasajera, solo el amor es eterno, o sea sin tiempo.
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