
Unos días atrás el presidente de la Nación sostuvo que la educación pública – de gestión estatal o privada- “ha hecho muchísimo daño lavando el cerebro de la gente”.
Con la intención de ser un tanto mordaz y suspicaz, creo que el primer mandatario refirió a que la escuela pública “lava el cerebro” de los niños y niñas en tanto la educación “limpia” los prejuicios y les enseña, desde muy pequeñitos, a pensar críticamente, libre de ideas de otros; y para ello cuenta con docentes que enseñan en el aula la argumentación y la fundamentación de las respuestas, diferentes o superadoras a lo que la sociedad acepta como dado.
A su vez, la educación pública “blanquea el cerebro” de los pequeños porque los libera de la oscuridad de la ignorancia y les enseña conocimientos científicos fehacientes y comprobados para comprender el mundo que los rodea.
Ese malestar con la educación pública lo manifestó también semanas pasadas; cuando, al inaugurar el período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, señaló que en los Institutos de Formación docente prolifera una currícula de izquierda. Como profesora de esas instituciones, con 34 años de caminarlas a diario, asevero con total contundencia que quienes allí enseñamos formamos docentes basándonos en diseños curriculares que retomamos de manera flexible y situada con el fin que los estudiantes comprendan la realidad educativa de la manera más objetiva posible.
Si lavar el cerebro es enseñar a cuestionar, es hacer que los estudiantes sean cada vez más conscientes y responsables de sus capacidades, de sus procesos y de los resultados de sus aprendizajes; si lavar el cerebro es que aprendan reflexionar y a ser autónomos, entonces muchos tenemos como ley “lavar cerebros” ¡Seamos serios!
Creo que el presidente está enojado no sólo con la educación, está fastidioso porque no toda la población piensa como él: que los problemas del país se solucionarán desde el área económica solamente. Entiendo yo que no comprende que es él quien debe intentar cambiar la vida de los ciudadanos, especialmente la del 60% de los más pequeños, quienes insertos en la pobreza, no llegan a cubrir las necesidades básicas.
“Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad” reza el refrán. Quizás sea el momento de superar la encerrona trágica que lo sostiene en la crueldad, que – al decir de F. Ulloa- tiene como telón de fondo la marginalización y el escándalo de la miseria y permitirse dar lugar a la ternura, contracara de la crueldad, la cual supone el abrigo, el alimento y el buen trato. Tiene casi cuatro años por delante, ojalá no los desperdicie.
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