Durante muchos siglos la transmisión de la cultura parecía transcurrir con naturalidad. Las creencias, las costumbres, las historias e incluso los dialectos eran transferidos de padres a hijos, de abuelos a nietos dentro del ámbito familiar y social. Sin embargo, en el transcurrir de las últimas décadas, alguno de los fenómenos característicos que prospera es la destrucción del pasado o de los mecanismos sociales que vinculan al hombre con las generaciones anteriores. Hoy en día, algunas ideas parecieran interponerse entre el aquí y ahora y los acontecimientos pasados.
Dice Hassoun en Los contrabandistas de la memoria que somos depositarios y transmisores de la cultura, somos sus pasadores. En este proceso se da cuenta del pasado y del presente donde el niño, en su crianza, se va apropiando de la historia de los padres y de su cotidianeidad.
Todos somos portadores de un nombre, de una historia singular inserta en una historia regional, de un país o de una civilización. En general, nadie puede recordar hechos puntuales, excepto los más significativos, momentos o historias particulares que, por una u otra razón, quedaron marcadas en la memoria. Sin embargo, tampoco se podría plantear que las experiencias vividas hayan desaparecido. Esos acontecimientos -individuales y sociales- pasan a constituir huellas que, a menudo, se presintifican bajo la forma de recuerdos. Todas esas trazas, conocidas o no, vuelven de una manera u otra.
El recordar es un proceso de historización subjetiva, dice Alicia Mezzano, cargado de múltiples significaciones conocidas, concientes o inconcientes. Freud escribía en 1925 que la memoria libra una batalla psíquica para recuperar lo perdido-olvidado en tanto el recordar mismo es una vital y creativa función en cuanto recupero de ideas, representaciones y afectos. La emoción al volver al barrio de la primera infancia, el olor a una determinada comida, el apego a un objeto determinado son claros ejemplos de la necesidad de tener una historia personal y social.
La escuela es un lugar irremplazable para que el pasado, que está allí, muchas veces representado en una escultura o en un busto de un prócer olvidado, florezca. Es el espacio oportuno para resignificar con verdad y con justicia los hechos más importantes.
Es por eso que el docente debe aprovechar los momentos históricos del pasado como instancias de aprendizaje profundos, y superar las rutinas y relatos estereotipados tan comunes en la institución escolar a fin de cuestionar el presente. Las investigaciones, dice Mario Carretero, muestran que, aunque los alumnos conozcan la vida y hechos básicos de los héroes y próceres, no suelen entender lo que es el “antiguo régimen” o la “revolución industrial”. Así, entre dos grandes escenarios didácticos, entre las anécdotas patrioteras y la invitación rigurosa a la historiografía, entre el corazón y la conciencia, se debate la enseñanza de las cuestiones sociales e históricas en la sociedad.
En definitiva, es indispensable que en todas las asignaturas haya una visión más integrada del pasado con el presente, encontrándole a éste el sentido que muchas veces parece haber perdido. Y la escuela no puede permanecer ajena al contexto cultural.
La transmisión de hechos tan dolorosos de la historia es necesaria, es un imperativo constante que toda cultura debe sostener. Una comunidad que no valora su pasado, que rompe los vínculos entre las generaciones, es decir, entre lo remoto y el presente, sólo formará sujetos egocéntricos, individualistas, desconectados entre sí, que ni siquiera podrán rescatar su propia historia. El relato de las biografías familiares, en los primeros grados, y de los hechos históricos luego, ayudará, en los pequeños actos cotidianos, a encontrarle coherencia a lo dicho y a lo no dicho, a encontrarle sentido el vivir en sociedad.
H. White sostiene que el protagonismo en la historia no sólo está dado por los documentos, sino por los vestigios y aquello que puede ser visto como tal. Por lo cual se torna necesario buscar intersticios, espacios de lucha, desde nuestros lugares y, para ello, sería interesante pensar la escuela desde la transversalidad institucional y social.
Aún hay tiempo de mirar para adelante, pero para poder hacerlo hay que volver la mirada atrás. Sólo así se podrá construir un futuro mejor y más justo para todos.
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