
Un nuevo beato —un pasito anterior a la santidad— nos regala nuestra Argentina: Eduardo Pironio, el hombre de la alegría, la cruz y la esperanza. El 8 de noviembre el Papa Francisco lo autorizó para el mundo, lo que puso en movimiento a tantos y tantos cuyas vidas fueron impactadas por el testimonio y la prédica de este hombre preclaro de la Iglesia católica, que tuvo incidencia en su país, en el continente americano y también en el Vaticano.
Eduardo Francisco Pironio nació el 3 de diciembre de 1920 en Nueve de Julio, Argentina, y 78 años después, fallecía el 5 de febrero, en Ciudad del Vaticano.
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Ese tiempo —esa vida— se tejió entre innumerables idas y vueltas entre estos dos puntos del mapa, y un lugar en el mundo: Luján, donde está la Virgen, su punto de partida y de llegada. En ese recorrido pastoral de miles horas y kilómetros, hay hitos memorables como el Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo y tantas y tantas, Jornadas Mundiales de la Juventud que lo tuvieron como artífice.

Fue sacerdote (1943), teólogo, profesor, decano del Instituto de Teología de la Universidad Católica (1960), rector del Seminario de Buenos Aires (1960), obispo (1964), cardenal (1976). Se destacó acompañando a los jóvenes seminaristas, al laicado argentino desde la Acción Católica, participando como perito y, luego, padre Conciliar en la 3° y 4° sesión del Concilio Vaticano II, animando el pentecostés de la Iglesia latinoamericana como secretario y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) entre los años 1967-1974.
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Sirvió en su ministerio siendo obispo como auxiliar en La Plata (1964), administrador Apostólico en Avellaneda (1967), obispo titular en Mar del Plata (1972-1975). En la Curia Romana le fue encargada por San Pablo VI la conducción de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, y participar de diversas congregaciones como miembro de ellas. Después San Juan Pablo II le pidió asumiera como Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, desde donde inspiró —leyendo las búsquedas juveniles— las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Pironio fue un verdadero “pastor con olor a oveja”, como nos dice el Papa Francisco. Cercano, humilde, con gran capacidad de escucha y de acción —no estrepitosa pero transformadora—, un hombre contemplativo y hacedor. Un hombre de comunión para la misión. Un hombre que supo leer los signos de los tiempos y animar a asumirlos desde la esperanza. Un hombre que soñó la Iglesia pobre y liberadora, la Iglesia de la Pascua, casi como una profecía de la Iglesia que Francisco describe y propone desde su Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio).
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No le esquivó a la cruz, es más, la amó profundamente, porque enfrentó tiempos difíciles para la Iglesia y para el mundo con sabiduría y entrega. No le temió a las calumnias de adentro y de afuera, ni a las “operaciones” en su contra, no se achicó ante las amenazas contra su propia vida; sufrió pero nunca perdió la sonrisa de quien entrega su vida entera a Aquel que conduce la historia, propia y la de la humanidad. Desde esa misma cruz tendió redes proclamando el amor de Dios que lo llamó, consagró y envió.
Su vida, su pensamiento y su espiritualidad “transpiró” santidad a su paso, ésta que Dios quiso confirmar con el milagro concedido al ruego de Laura Franco, cuando Manuel, su hijo, que había aspirado purpurina no tenia chance de sobrevivir y aquella estampa, llegada a sus manos en el hospital, fue el grito al cielo que abrió a la esperanza.
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Sí, el pastor de tiempos difíciles que apostó a la esperanza, unió el puente entre el “cielo y la tierra”, allí en su querida Mar del Plata, para que por su intercesión la ciencia se quedara sin palabras ante la recuperación de este niño que hoy, tiene 18 años y será testigo de la beatificación en Luján del padre Pironio.
Si miro a mi propia construcción vincular con Pironio, viajo hasta mi adolescencia cuando, como una “epifanía”, unas letras resonaron de otro modo y me colocaron ante horizontes nuevos: allí estaba su libro Alegres en la esperanza. Despertó mi rebeldía juvenil, me cautivó su inspiración sobre la Iglesia pobre, liberadora, de la profecía y de la Pascua.
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Pironio iluminó como buen pastor, eso de “atravesar oscuras quebradas” y para tiempos difíciles me dio las claves de la cruz, la alegría, la contemplación, la acción y la esperanza, desde una espiritualidad de la unidad y de la acción para estar en el mundo, transformarlo sin pertenecerle.
Pironio alimentó mi coraje y a no ceder al desaliento, a buscar un poco más de claridad para encontrar la verdad cada vez más plena. Me enseñó el valor del diálogo, como esa acción de asumir generosamente al otro. Me invitó a desarrollar cada vez más la capacidad de comunión que vi encarnada en muchos y muchas personas que compartieron la vida y los sueños del Cardenal.
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Un día, Jesús me tenía preparado el regalo de verlo personalmente y a lo lejos, en aquella avenida 9 de Julio en Buenos Aires, palpitante de jóvenes en la Primera Jornada Mundial de la Juventud fuera de Roma (1987) y después, unos años adelante nomás, pude saludarlo y compartir algunas horas fraternas, sencillas, cercanas. De aquel día recuerdo siempre que tuve la certeza de que había conocido a un santo.
Por todo esto, el 16 de diciembre, a las 11 hs en la Plaza Belgrano frente a la Basílica de Luján —luego de los laudes del viernes 15 a las 20 hs y de la Vigilia de los Jóvenes en la plaza desde las 23 hs— habrá fiesta del Pueblo de Dios que peregrina en la Patria y en muchos rincones del mundo donde el cardenal Eduardo Francisco Pironio testimonió a su paso su sí (FIAT) y su alabanza (Magníficat) en la vida hecha servicio.
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[La autora es presidenta del Consejo Nacional de Acción Católica Argentina (ACA), Vicecoordinadora ejecutiva del Foro Internacional de Acción Católica, Consultora del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida]
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