
El kirchnerismo tuvo muy poco de peronismo, solo el uso del nombre, demasiado de reivindicación de la guerrilla sin autocrítica y muy poco de patriotismo, herencia del proletariado universal.
Del otro lado, los partidarios de Menem y Macri asumen las ideas económicas de la dictadura e imponen a los bancos por sobre la producción industrial, cuya lógica consecuencia serán la deuda y los caídos.
Peronismo, radicalismo y demás raíces ideológicas nacionales se reconfiguran adaptándose a estas nuevas versiones secesionistas o, en la gran mayoría de los casos, no encuentran un lugar político que los conforme.
Yo insisto en hacer memoria: en los años 70 el país estaba integrado, no tenía deuda externa ni necesidad de subsidios, tampoco las muestras de inseguridad que son expresión de los marginados.
La guerrilla no logra asumir la democracia ni mucho menos revisar la demencia de sus errores -impronta que se impone en el kirchnerismo- y termina convertida en política de Estado amontonando nombramientos y necesitando una derecha para enfrentar. Menem era una versión de traición a lo nacional del mismo modo que Macri como expresión auténtica de su origen.
En medio de estas dos versiones, impregnadas de ideología universal y vocación colonial, una necesita apoyar a Cuba y Venezuela, la otra, reivindicar a Israel y Estados Unidos. En el medio, tiene más vigencia que nunca la visión nacional. Peronistas y radicales, junto a vertientes de izquierda y conservadores con formación patriótica, todos esos sectores carecen hoy de representantes sólidos y, lamentablemente, fuera de ellos no hay ni esperanza ni conciliación.
Los derrotados imaginaban un Estado infinito que albergara a sus votantes, y los triunfadores demuestran su voluntad inflexible de entregarles a sus amigos el restante patrimonio que entre el golpe del 76, Menem y Macri, incluidos algunos gestos de los Kirchner, todavía no se pudieron llevar. Una derecha que nos vende y una supuesta izquierda que nos parasita, somos el único país del continente que retrocede, que crece a la par en endeudamiento y empobrecimiento.
Las regulaciones suelen ser las expresiones del Estado para proteger a los débiles en tanto que la supuesta libertad del fuerte para oprimir al otro cesó en la Asamblea del año 13. Ahora surge una generación de empobrecidos conservadores, un oxímoron, fruto lógico de una burocracia infinita disfrazada de izquierda.
Los políticos se vuelven comerciantes sin entender que en ese metier, los profesionales también los terminarán derrotando, y de este modo, hoy los partidos han sido sustituidos por los grandes grupos de poder. Eso es Milei, el triunfo de los aficionados frente a la degradación de los cuadros tradicionales. Todos unidos en el enriquecimiento, producto de la complicidad; todos, políticos, sindicalistas y empresarios, compartiendo la impronta de preferir el lucro personal a la destrucción misma de la sociedad. Privatizamos lo que era de todos, el Estado y, además, facilitamos la extranjerización de las empresas nacionales, con la consecuencia de millones de pobres y millones de dólares que salen como ganancia espuria de una patria indefensa.
Algún imbécil supo decir que el proteccionismo implicaba “cazar en el zoológico” como si existiera en la humanidad algún ejemplo de sociedad que no lo haga prevalecer en sus relaciones comerciales. Cuando se impusieron los economistas, dimos en quiebra, y nunca más fuimos capaces de recuperar la política, esa visión madura de las personas formadas, talentosas y responsables que sueñan con trascender por sus logros de bienestar colectivo. Por ahora nos parasitan los cultores de la tristemente denominada “grieta”- tan rendidora para explicar muy poco- , aun así me siento obligado a acompañar la esperanza de quienes votaron al actual presidente. Lo anterior fue demasiado decadente, lo actual nos obliga al apoyo voluntarioso, sin olvidar que lo racional todavía está muy lejos de nuestros logros.
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