
Hay algo de sobreactuación en tanto abrazo acalorado. Hay algo de nuestro “tengo miedo” que no conecta con los problemas verdaderos. Deberíamos haberlo entendido, pero no: este no fue un voto ideológico, fue un voto desesperado.
La paliza que nos dejó en shock el domingo era tan impensada como lógica. Alcanza con ir a la farmacia o el supermercado, con caminar por la calle, con ver evaporarse el sueldo hasta trabajando mucho y bien. Alcanza sólo con eso para entender que poder preocuparnos por los derechos es casi un privilegio, quiere decir que todavía sentimos que quedan cosas por perder.
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Sabemos –y solemos repetir– que la pobreza está feminizada: las mujeres somos las más perjudicadas por la crisis económica; duplicamos tareas, sostenemos familias, soportamos todavía más violencia machista. A esas mujeres a las que hasta hace unos días se les pedía que dieran vuelta la elección, esas que el domingo fueron a votar cansadas, hartas de una lucha imposible para poder poner algo en la mesa, ahora se les niega incluso la entrada a los comedores. Es lo que dijo y ratificó el cura de Opción por los Pobres (o por algunos pobres) Francisco Olveira, presidente de la Fundación Isla Maciel: “Como ganó la opción que dice ‘donde hay una necesidad NO hay un derecho’, quiero pedirles coherencia a los votantes de Milei y por tanto que no se acerquen desde mañana al comedor ni a ningún otro servicio que damos desde la fundación –escribió en su cuenta de Twitter–. Tampoco nos pidan nada. (...) No va a haber recursos para todes”.

Molesta ese inclusivo cuando no incluye y más en este contexto raro, viciado, donde todos se creen más buenos que los otros. Los mismos que condenan la canallada del párroco, hace una semana festejaban que no se les diera ropa ni comida a supuestos votantes de Massa que –completamente fuera del sistema, desahuciados– piden limosna casa por casa en lo que ya es una rutina naturalizada.
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Es una locura aún más incomprensible que el equipo circense a cargo de nuestro futuro que todavía haya gente con resto para señalar a los demás: la mayoría está haciendo lo que puede para resistir mientras todo se cae, la mayoría votó a un candidato que nunca ocultó sus planes, la mayoría eligió desde el hartazgo y la desesperanza, ¿quién es quién para juzgar –y condenar– a esa mayoría que sufre y se entregó a confiar en alguien que advirtió que todavía falta sufrir mucho más? ¿Cuán desesperados había que estar para elegir eso, una promesa de sufrimiento?
Vivimos años de insensibles encubiertos que, como el cura Olveira, se vistieron de solemnidad: ¿Los que se rasgan las vestiduras por lo que va a pasar, no ven acaso lo que pasa ahora mismo? Veo gente marcando en virtuales listas negras a los que votaron esto y a los que adivinan que no votaron a nadie, entre acusaciones de vaya a saber qué complicidades, ¿de verdad van a culpar por los ajustes venideros a los que ya vivían ajustados? Tal vez los reyes y las reinas de la empatía no eran tan empáticos después de todo.
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Hay algo de esta política cosplayer que golpea en el centro de esa contradicción: ya no hay lugar para esa solemnidad forzada, todo es delirante y teatral como en un espectáculo de variedades –basta con ver el elenco y a sus protagonistas firmando autógrafos o atendiendo a la prensa en junkets hollywoodenses–; también se terminó el relato urdido para falsear la realidad, el nuevo dueño del circo llegó sin apelar a ninguna mentira aunque muchos de sus fanáticos de última hora (los que armaban grupos para frenar su avance “peligroso” apenas un mes antes) hayan jurado y perjurado que su candidato muleto jamás iba a cumplir con sus promesas (¿Qué dirán ahora?, ya poco importa). Y eso encierra una paradoja más dura de asimilar: tenía que llegar al poder un tipo disfrazado y performático para sacarnos las máscaras.
Eso es para lo que tenemos que estar preparadas, más que para el abrazo compungido de estos días raros. Hay que prepararse para mirarnos sin filtros y hay que prepararse para cuando el villano de este comic cumpla, para cuando los (y sobre todo las) que se queden afuera sean todavía más y encima en los comedores no les abran la puerta. Hay que prepararse para volver a las calles con nuestros pañuelos cuando decidan ir contra el derecho a decidir libremente sobre nuestros cuerpos y nuestra identidad, tan respetuosos ellos del proyecto del prójimo. Hay que prepararse para la misoginia legitimada, para la violencia de los envalentonados, para evitar que se impongan otra vez en la agenda las discusiones saldadas tras debates largos y angustiosos.
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Hay que prepararse, sí, pero sin miedo, o al menos sin temer más que ahora (y sin contribuir a la falacia de que hasta acá veníamos bárbaro): este país ya está roto y no lo iban a resolver las elecciones. Eso también deberíamos haberlo entendido antes. Nos queda al menos no terminar de rompernos entre nosotros, entre nosotras. Nos quedan nuestros afectos que son lo único cierto. Y para conservarlos tal vez no hagan falta tantos abrazos enunciados sino bajar aunque sea un poco la crispación.
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