
En el siglo XIX el pintor francés Théodore Gericault, compuso este cuadro monumental, mide 5 x 7 metros: ”La balsa de la Medusa”. “La Medusa” fue una Fragata que naufragó. Expuesta por primera vez en el Louvre en agosto de 1819, esta obra provocó un gran escándalo y dio a conocer al mundo una tragedia que puso al descubierto el peor rostro del sistema político que dominaba entonces Francia. Cuando contemplé este cuadro me conmovió y quise saber más de su historia, como diré al final me parece una buena metáfora de la Argentina de hoy. Conmueve contemplar esta escena compuesta por todas las actitudes que solemos tener los seres humanos frente a la vida y a la perspectiva cercana o quizás posible del final.
El fondo del cuadro es el de un cielo tormentoso, un mar embravecido, que amenazan la supervivencia de la pequeña embarcación. El primer plano está compuesto por cuatro cadáveres desnudos y atrapados entre las tablas de la balsa, son los que murieron en la lucha por la supervivencia, sin duda en una composición dramática-simbólica, ya que en la realidad debería habérselos arrojado al mar. Aferrado al cadáver de un joven, un hombre viejo tiene la mirada perdida en el horizonte posterior, mira de frente al público. Su expresión pensativa nos sugiere la de alguien que añora momentos mejores, solo vive de recuerdos, en actitud pasiva y depresiva aguarda sin pasión y sin pena el trágico final que sin duda les espera a todos.
El episodio ocurrió durante los primeros años de la Restauración, el régimen surgido en 1815 tras la definitiva derrota de Napoleón y el retorno de la dinastía borbónica. En julio de 1816, la fragata La Medusa zarpó junto a una flotilla de la isla de Aix, cerca de Burdeos, con destino a Senegal, relata la sección de historia del National Geographic.
Restablecida la paz tras las guerras napoleónicas, la flota tenía como misión recuperar el control de las antiguas posesiones francesas de África que los ingleses acababan de devolver a Francia. La expedición se componía de militares, funcionarios y algunos colonos, pero también, y como era costumbre en la época, de varios científicos que llevaban material de observación. Además viajaba a bordo el coronel Julien Schmaltz, al que el rey Luis XVIII había nombrado poco antes gobernador de Senegal. El mando del buque insignia La Medusa se dio al oficial de marina Hugues de Chaumareys, un antiguo exiliado, pero que llevaba más de veinte años sin navegar. En el curso de la expedición, el capitán Chaumareys cometió múltiples errores. De entrada, se alejó de los demás navíos e hizo la ruta en solitario. Ignorando los consejos de los oficiales de a bordo más experimentados, se equivocó al leer los mapas y cuando se encontraba a la altura de Mauritania se introdujo en una zona de aguas poco profundas, el llamado banco de Anguin.
La quilla empezó a rozar el fondo de arena, y el barco embarrancó el 2 de julio. Al principio los tripulantes intentaron reflotarlo, pero entonces se desencadenó una violenta tormenta que dañó el navío irreparablemente. Todos comprendieron que había que abandonar el buque y alcanzar la costa africana. El salvamento de las casi 400 personas que componían la tripulación se hizo en circunstancias de máxima confusión, aumentada por el alcohol que circulaba entre los marinos, incluido el capitán. Chaumareys y los oficiales se subieron a los botes, mientras que 150 marineros y soldados, así como una cocinera, se apiñaron en una balsa improvisada, de 15 por 8 metros. En principio la balsa debía ser remolcada por los botes hasta la costa, pero Chaumareys, al verse lastrado por su peso, decidió soltar las amarras y abandonar la balsa y sus ocupantes a su suerte. La balsa se convirtió enseguida en un infierno.
Primero fue una pelea por el espacio, porque los bordes de la balsa se hundían en el agua y todos querían situarse en el centro. Si en la primera noche veinte personas se ahogaron, en la segunda se desató una auténtica lucha en la que los que iban armados mataron al menos a 65 de sus compañeros, pretextando que se habían amotinado y querían destruir la balsa. Al cabo de una semana quedaban 28 supervivientes, pero aún parecían demasiados. Como muchos estaban enfermos, gravemente heridos o en estado de demencia, tras un debate se decidió arrojar a trece de ellos al mar.
Al mismo tiempo, el hambre y la sed hacían estragos. Tras agotar la carga de vino que llevaban (la de agua había caído al mar), debieron beber agua salada y hasta la propia orina. En cuanto a la comida, disponían de una sola caja de galletas que se acabó en un día. Al tercero ya se produjeron casos de canibalismo. Como explicó un superviviente, pese a la repugnancia que sentían, cortaban la carne de los cadáveres en tiras y la dejaban secar al sol antes de comerla; “veíamos aquella horrible comida como el único medio de prolongar nuestra existencia”.Tras trece días navegando a la deriva, los quince supervivientes avistaron una embarcación que se aproximaba a ellos. Era un navío de la flotilla que zarpó junto a La Medusa y que había arribado a su destino en Saint-Louis. Chaumareys, que también había logrado llegar allí en un bote, lo había enviado no tanto para rescatar a los supervivientes, que le importaban bien poco, como para recuperar el material de la balsa.
Volviendo al cuadro, se representa este momento del avistaje con un cambio abrupto a partir de la mitad superior del cuadro, hay un grupo mayor que da la espalda al público, alzando las manos y los rostros, se contorsionan, se dan ánimo mutuamente; el motivo es una esperanza remota y distante: una pequeña vela se divisa en un horizonte más claro que el resto del cielo. La sola posibilidad de salvarse anima a estos hombres desesperados.
Este cuadro patético y esperanzado se parece tanto a la Argentina de hoy. Navegamos después de tantos naufragios intentando alcanzar alguna orilla que nos permita pisar tierra firme. Pero la balsa no tiene un rumbo cierto y navega a merced de los caprichos del viento y el mar, que dicho sea de paso son imprevisibles. Algunos han dejado de luchar, caminan por la calle cual zombis, ya no protestan; el cansancio, el hastío y el convencimiento de que no llegaremos a ningún puerto los ha vencido y han dejado de pelear.
El hombre que mira hacia el público se parece a tantos argentinos de mala memoria, que olvidan lo malo, y solo recuerdan las bondades del tiempo del “deme dos”, olvidando que durante esos años dorados se fue gestando la tormenta que nos llevo al naufragio.
Los otros son los que van a morir peleando, haciendo algo hasta el final, sabiendo que la única salvación posible va a venir del mejor esfuerzo de nosotros mismos, solo así la ayuda, que pueden recibir de otra nave, será beneficiosa y la salvación posible.
En este fin de semana de elecciones y lo que vendrá después, sería bueno recordarle a cualquier partido que gane que no hay posibilidad de arrojar al mar a la otra mitad que votó distinto, y que todos, sin distinción, queremos lo mismo que prometen ambos candidatos: vivir mejor, sacar a los pobres de la miseria, generar trabajo y riqueza, tener salud y educación; seguridad y justicia; y la libertad de pensar y expresarse como uno quiera.
Sería bueno no bajar los brazos, para que la balsa llegue a buen puerto con todos a bordo.
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