Cumbre Xi-Biden: diálogo pero poca cooperación

Si bien la competencia chino-estadounidense se desarrolla en los ámbitos comercial, tecnológico y espacial, el terreno geopolítico es hoy el más relevante

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Xi Jinping y Joe Biden
Xi Jinping y Joe Biden (REUTERS/Kevin Lamarque)

La Cumbre de la APEC (la asociación de países del Asia-Pacífico por sus siglas en inglés) se realizó en Estados Unidos, en el momento de mayor tensión geopolítica desde su constitución en 1989.

A diferencia de entonces, cuando tuvo lugar la disolución de la URSS al año siguiente y Estados Unidos se convirtió en la única potencia global, hoy China disputa dicho liderazgo. Las tensiones entre ambos países se han ido acumulando y no será fácil distenderlas. Joe Biden dijo antes de su encuentro con Xi Jinping: “El presidente Xi es otro ejemplo de cómo se está asentando el restablecimiento del liderazgo de Estados Unidos en el mundo, tiene problemas reales”. No fue la mejor manera de empezar el encuentro bilateral entre ambos líderes.

Si bien la competencia chino-estadounidense se desarrolla en los ámbitos comercial, tecnológico y espacial, el terreno geopolítico es hoy el más relevante. Taiwán y el Mar Meridional de China son los dos temas inmediatos que enfrentan a las dos potencias en términos directos. En la primera, Estados Unidos mantiene e incluso aumenta su garantía de seguridad para enfrentar la amenaza china, que busca hacer efectiva su soberanía sobre la isla. Este conflicto tiene marcada incidencia de lo tecnológico por la disputa en torno a los semiconductores, insumo clave en el mundo de la electrónica y de la cual Taiwán es el primer fabricante mundial. En cuanto al Mar Meridional de China, países como Vietnam y Filipinas, que enfrentan las aspiraciones de Beijing, reciben el apoyo estadounidense. Si no se encausan estos temas, no será fácil una influencia conjunta eficaz para contener los riesgos de las otras regiones, donde las potencias regionales adquieren creciente autonomía. La elección presidencial de Taiwán, que tendrá lugar en enero, es otro motivo de discrepancia. Es que un eventual triunfo del Kuomintang -el partido nacionalista tradicional que fundó Chiang Kai-Shek- favorecería hoy a Beijing, porque no apoya la declaración de independencia. Por el contrario, una victoria del partido demócrata progresista, el actual oficialismo, reforzaría su posición pro estadounidense.

La invasión rusa a Ucrania va a cumplir veintiún meses el 24 de noviembre y no tiene perspectiva de tregua en el corto plazo, ni de paz en el mediano. Las señales de “cansancio” por parte de Ucrania han sido varias y coincidentes, incluso en el máximo nivel. El presidente Volodimir Zlenesky y el jefe de las Fuerzas Armadas ucranianas, el general Valeri Zaluzhnyi, han manifestado diferencias, pero ambos coinciden en que el abastecimiento de munición por parte de los países de la OTAN se ha frenado, y responsabilizan de los incumplimientos a la industria militar europea. La contraofensiva ucraniana iniciada a fines de junio no ha tenido éxito y se espera una acción correspondiente por parte de Rusia, para la que el tiempo ya está jugando a su favor.

El apoyo económico de Estados Unidos a Ucrania encuentra resistencias en el Congreso. La velocidad y dinámica del apoyo militar europeo se ralentiza. La diplomacia no muestra capacidad ni decisión para jugar un rol activo en el conflicto. Pero al mismo tiempo, el riesgo de extensión se ha contenido. Sólo el enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán por el control del enclave de Nagorno-Karabaj ha mostrado el triunfo del segundo país con el apoyo de Turquía, la potencia regional emergente con influencia en el Cáucaso, el Cercano Oriente y hasta en países fronterizos con Israel, y además es miembro de la OTAN. Washington pretende la cooperación china para contener a Rusia, pero no la consigue. A comienzos de octubre, el tercer hombre de la estructura militar china visitó Moscú, siendo recibido por Putin. No hay señales de que China vaya a presionar a Rusia para contener el conflicto, pero todavía la administración Biden no renuncia a que Beijing pueda hacer cesar el flujo de municiones por parte de Corea del Norte hacia Rusia.

La Cumbre de la APEC
La Cumbre de la APEC se realizó en Estados Unidos (REUTERS/Loren Elliott)

El conflicto en torno a Gaza se extiende peligrosamente y en este caso Beijing no parece dispuesto a apoyar las políticas de Estados Unidos; por el contrario, busca beneficiarse de sus vulnerabilidades. A un mes y medio del ataque terrorista de Hamas a Israel, este conflicto, que bien puede llamarse guerra, involucra a más países. Mientras Israel ha ocupado militarmente en los hechos la zona norte de la estrecha Franja de Gaza -afrontando críticas por los llamados “daños colaterales”-, la tensión y violencia aumentan en Cisjordania, gobernada por la Autoridad Palestina y ocupada parcialmente por Israel y sus colonos. Las acciones militares contra Israel y Estados Unidos se desarrollan en Líbano, Siria, Irak y Yemen. En los cuatro casos, milicias pro-iraníes atacan con misiles el territorio israelí y también lo hacen contra los efectivos estadounidenses desplegados en la región, dos mil quinientos en Irak y novecientos en Siria. Es un dilema para Washington: retirarlos para evitar un mayor empeño en defenderlos, o desplegar más tropas para darles seguridad. El riesgo central de expansión del conflicto está en que Irán entre a atacar directamente a Israel. Para impedirlo, Biden solicita el apoyo de Xi, lo que no le resulta fácil de lograr. Mientras tanto, el conflicto de Gaza hoy se ha convertido en un problema electoral para el presidente estadounidense, que irá por su reelección en noviembre del año próximo. En paralelo, las protestas contrarias a la acción de Israel se han generalizado en el mundo occidental. Washington pretendía que China influyera sobre Irán para que éste no intervenga en el conflicto. Pero esto no se logró. El presidente iraní, Ebrahim Raisi, acaba de anunciar que no permitirá la derrota de Hamas.

Estos conflictos crean una situación donde otros comienzan a incrementarse, e incluso eventuales acuerdos entre Washington y Beijing tienen capacidad limitada de contenerlos, en el caso que decidan hacerlo. Ese fue el caso de Nagorno-Karabaj. En la región de África conocida como el Sahel, golpes militares con apoyo de mercenarios rusos produjeron cambios de gobierno que perjudicaron los intereses de Francia. El conflicto de Gaza no solamente ha llevado a los veintidós países árabes a hacer causa común con los palestinos, sino también a suspender la política de reconocimiento de Israel como Estado, conocida como los “Acuerdos de Abraham”. El problema también alcanza a los cincuenta y siete países de la Organización de Cooperación Islámica, incluyendo a los treinta y siete que son musulmanes pero no árabes. Tal es el caso de Indonesia y Pakistán, entre otros. También agita a las minorías musulmanas de países de Asia, como India y Filipinas. En el campo diplomático, América Latina se ha diferenciado de Estados Unidos, criticando tanto Brasil como México las acciones israelíes en Gaza. El conflicto limítrofe que ha irrumpido entre Venezuela y Guyana -ex colonia británica- en el norte de América del Sur, es una novedad que puede ser utilizada por Rusia en la puja global. Estados Unidos parece obligado a intervenir para mantener su hegemonía global, y China, más que competir, parece usufructuar esta situación. La consecuencia es que la cooperación entre ambos no parece avanzar fácilmente.

Los logros concretos han sido el restablecimiento de los diálogos en lo diplomático y lo militar, que es prioridad para contener conflictos y evitar interpretaciones erróneas en los movimientos de las contrapartes. Pero las declaraciones de Biden después del encuentro, calificando nuevamente a Xi de “dictador”, han sido un paso atrás en la reconstitución del nexo entre las dos principales potencias del mundo.