
Cuando quedan pocos días para llegar al comicio electoral, millones de argentinos y argentinas asistimos al espectáculo de una economía fuera de control. Inflación en dos dígitos, dólar blue a más de $1.000, brecha cambiaria en casi 200%, expectativa devaluatoria del 100%, el Banco Central se empieza a quedar sin reservas y la emisión monetaria alcanza nuevos máximos cada día.
No es de ahora, no es por las declaraciones infelices de uno de los candidatos que pugna por la presidencia. Tampoco es por “cuatro vivos que se la llevan toda”. Ni por la pandemia, ni por la guerra, ni por la sequía.
En Argentina la ambición política se colocó por encima de los intereses colectivos, y la toma de decisiones encaró sin pausa y con prisa un proceso de deterioro y destrucción.
Lo vemos en la Ciudad cuando medimos las canastas que determinan la pobreza por ingresos y advertimos una situación alarmante. Durante el mes de septiembre, para no ser pobre, una familia porteña de 4 miembros, propietaria de la vivienda, precisó tener ingresos por más de $322.275; 14% más que el mes anterior, y un 150% más que septiembre del año pasado; muy por encima de la inflación. Estamos a mediados de octubre y ese número ya quedó obsoleto.
En todo este contexto de fragilidad, dos candidatos eligieron jugar con fuego.
El candidato oficialista busca despegarse de este gobierno, que es una creación tripartita del cual él es el dueño del 33%. Nunca es triste la verdad; y cualquier dato o índice económico que uno quiera analizar empeoró con la gestión del actual ministro y candidato. Cualquiera. Por eso advertimos, y el tiempo nos dio la razón, que todas las medidas tomadas luego de la devaluación, que lucían justas y redistributivas, tendrían un impacto muy negativo en la vida cotidiana de la gente. En lugar de esperanza han generado angustia y más incertidumbre.
Por otro lado, el candidato anticasta, propone escenarios disruptivos. El “cuanto peor mejor” nunca aplica. Desde 1975, por lo menos, los argentinos vivimos entre “mojones” de crisis: el Rodrigazo, el ajuste de la Dictadura, dos híper inflaciones, 2001, 2018 y varias más. Luego de cada crisis terminamos peor que con la anterior. Es hora de cambiar esa lógica. Llegó el momento de construir en lugar de destruir.
Está claro que no existen soluciones mágicas y que hay una sociedad que no tolera más dolor y angustia; y está bien que así sea. Por eso, tan o más importante, es que esta vez, de una vez por todas, elijamos un equipo sólido por sobre los nombres personales. Un equipo que le ponga cabeza y cuerpo a arreglar las cosas con vocación por lo público. Argentina tiene la oportunidad de elegir la tranquilidad y el orden por sobre el caos y el descontrol. Estamos a tiempo.
El autor es Licenciado en Economía y Director general de Estadística y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
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