
Los datos de pobreza informados por el Indec en la última semana, en rigor, ya son historia porque corresponden al primer semestre del año y, porque para la segunda mitad de 2023 se prevé un nivel más alto, porque se disparó la inflación.
No obstante, Argentina ha entrado en una pobreza estructural que se explica más allá de la inflación. Obviamente, el ritmo de suba de los precios de los productos y servicios básicos profundiza el problema, pero hay otros factores que alimentan ese cuadro socioeconómico extremo.
El primer punto es la escasa inversión en empresas que creen más puestos de trabajo. En vez de seducir al capital, se ha seguido el texto de “la marchita peronista” y diferentes gobiernos se la pasaron combatiendo al capital. Si el capital es perseguido con diferentes instrumentos (carga impositiva, regulaciones, controles de precios, etc.) la inversión no solo no viene a la Argentina, sino que se va, como se vio a lo largo de los últimos 4 años.
El razonamiento populista parte siempre de buscar un enemigo al cual combatir poder “defender” al pueblo sometido, como el FMI, las empresas o los empresarios, que consideran que ganan “mucho”, “especulan”; y “sacrilegios” por el estilo.
Estas acusaciones se traducen en controles de precios, prohibiciones e impuestos a los que exportan, más tributos a las empresas en nombre de la “solidaridad social” y regulaciones de todo tipo.
Según Doing Business, que anualmente publica el Banco Mundial, Argentina se mantiene segunda entre los países que más impuestos les cobra a las empresas sobre las ganancias, detrás de Isla de Gran Comoras, porque el Estado se queda, vía impuestos, con 106,3% de las utilidades. O sea, se queda con todas las utilidades y parte del capital de la empresa. Bajo esas condiciones los estímulos para invertir son nulos en el caso argentino.
Pareciera ser que la dirigencia política no termina de entender que los países compiten entre sí para captar inversiones, estableciendo cargas tributarias bajas, pocas regulaciones, facilidades para abrir una empresa, etc. para atraer inversiones.
Uno de los típicos discursos de los populistas es decir que hay que establecer controles de precios porque las empresas ganan “mucho”. La pregunta es: ¿qué es ganar mucho? ¿Acaso es lo mismo hundir una inversión en Alemania donde las reglas de juego son previsibles, que en Argentina?
La tasa de rentabilidad que se le pide a una empresa es mucho más alta en los países que no respetan los derechos de propiedad o cambian permanentemente las reglas de juego, que en los que sí, porque el riesgo empresario está determinado por el poder político.
Agrego el ridículo cepo cambiario que le impide a las empresas no sólo girar utilidades a los accionistas del exterior, sino que además le traban las autorizaciones de pago de insumos básicos y tecnología.
Y junto a lo anterior, muchas veces se suman confiscaciones de los ahorros de las personas y las empresas. Esto hace que el mercado financiero argentino sea mínimo y, para peor tanto el BCRA como el Tesoro, colocan deuda que absorben recursos que deberían canalizarse a la actividad privada. Por eso no hay ahorro para financiar la inversión, ni préstamos hipotecarios.

Eso lleva a la angustia que hoy vive mucha gente y en particular los jóvenes que ven imposible alcanzar el sueño de su propio departamento.
Además, la persistencia de una legislación laboral que espanta a las empresas a la hora de contratar personal y a dirigentes sindicales que actúan con total impunidad violando el derecho a trabajar de los empresarios, con piquetes en las puertas de las fábricas, constituye un combo perfecto para que cada vez haya menos emprendedores en Argentina.
En definitiva, la pobreza en Argentina no aumenta solo porque se dispara la inflación, también contribuye a eso flagelo la falta de reglas de juego previsibles para seducir al capital para que haya inversiones y se creen puestos de trabajo que generen un aumento de la demanda laboral, y la existencia de una elevada presión tributaria y la recurrente ausencia de incentivos para competir con el resto del mundo.
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