
Los datos de las principales variables económicas son estruendosos. La inflación sin control, los tipos de cambio que aceleran su marcha mientras se multiplican, los desafíos para quienes intentan exportar o para aquellos que dependen de insumos importados, el nivel de los salarios reales y la pobreza son solo parte de una realidad de la que nadie parece estar haciéndose cargo.
Todos los problemas estructurales junto con aquellos algo más cotidianos se están intentando retrasar buscando que los mismos sean un verdadero inconveniente recién para el próximo gobierno. Esto no es más que lo que ocurre siempre dentro de la lógica política argentina cuando un gobierno entiende que esta cerca de terminar con el ejercicio del poder. Lo extraño es que esta vez el oficialismo tiene chances –remotas, pero chances al fin– de seguir más allá del 10 de Diciembre y heredar su propia mochila, cargada de inconsistencias y en su punto justo de ebullición.
La emisión monetaria fue récord en el primer semestre del año y nadie del Gobierno está dispuesto a frenar el creciente desbarajuste del Banco Central, único responsable del nivel inflacionario. Cualquiera entiende que un Estado deficitario y elefantiásico no puede seguir existiendo en un contexto donde el sector privado pide a gritos una drástica reducción de impuestos, la informalidad de la economía ronda el 43% y la mitad del país es pobre. La financiación del Tesoro Nacional a través de emisión monetaria no deriva en otra cosa que no sea mayor inflación, menor crecimiento y mayor índice de pobreza.
Los países se abrazan al comercio internacional como base para su desarrollo. En Argentina las restricciones para importar (cuando el 90% de las importaciones son necesarias para que la economía produzca), la discriminación hacia el sector exportador (a quien se le paga el dólar la mitad de lo que vale en el mercado y además se lo castiga con retenciones a las exportaciones como forma de expropiar parte de su producción) y la profundización de nuestras relaciones con países que son rechazados por la democracias más representativas del mundo son parte de nuestra profunda decadencia agudizada por un gobierno amigo de Cuba, Venezuela, Nicaragua, Rusia y China.
El cepo cambiario es el verdadero resumen de la política argentina. Aquel sector productivo que por su esfuerzo, riesgo y nivel de inversión logra ser lo suficientemente atractivo para que sus productos se demanden en el resto del mundo es saqueado por un esquema cambiario que le quita el 50% de su producido cuando le cambia los dólares obtenidos por la exportación a un tipo de cambio que resulta la mitad de lo que el mercado indica que vale. Además son castigados con el pago de los derechos de exportación. A pesar ser el mercado cambiario actual un gran delirio, no solo el gobierno no lo flexibiliza sino que muy por el contrario, lo recrudece. Sin embargo, no es el único problema con el comercio exterior: la deuda con importadores crece a niveles astronómicos y se estima que la misma asciende a los 15.000 millones de dólares. A nadie del oficialismo parece importarle.
La deuda con el FMI es otra muestra de la herencia que están robusteciendo: se incumplen todas las metas acordadas con el organismo y se sigue insistiendo que se va a cumplir con un acuerdo que al menos por ahora es absolutamente incumplible: lo único que le permite esto al gobierno es ganar un poco más de tiempo.
El populismo tiene lugar siempre que existan recursos para dilapidar en ilusiones económicas. Si el Gobierno gana las elecciones y continúa al frente del Ejecutivo, hay evidencia de que no podrá resolver los problemas que hoy no se anima a enfrentar. El costo político será lapidario. Todo parece indicar que la única esperanza del Gobierno es una abrumadora derrota.
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