
Hace ya muchos años, el PRO primero, luego Cambiemos y Juntos por el Cambio después se plantearon a sí mismos encarnar un modelo moderno, fresco y contemporáneo de hacer política. Esto tiene sentido, dado que nuestra genética lejana tiene como origen la terrible crisis del 2001, que indicaba la necesidad urgente de encontrar una forma nueva de representar a nuestro pueblo, sobre las cenizas de la antigua. Pero hoy estamos extraviados y sin eje. Después de tres años de jurar por la unidad, nos devora un internismo cupular que nos avejenta y nos hace parecer un partido vetusto. No estamos a la altura del debate nacional. Nuestra militancia, nuestros dirigentes intermedios, y más importante aún, nuestros votantes, no logran entender, frente al espanto de los movimientos de aparatos, los cierres de listas, y las peleas cotidianas en las redes sociales y los medios de comunicación, de qué se trata esta interna en donde el militante de a pie no es protagonista. Ese militante que es columna vertebral de nuestra forma de hacer y pensar la política.
Yo soy uno de ellos. Con 33 años, formo parte de una generación crecida al calor de la crisis y en donde las famosas tasas chinas de crecimiento no son más que un recuerdo adolescente que ya quedó demasiado atrás. Vinimos de todos lados: de las universidades públicas y privadas, del sector privado, del tercer sector, del mundo del trabajo e incluso algunos de viejas experiencias políticas que ya no interpelaban a nadie. Nos sumamos en la búsqueda de algo distinto, de algo nuevo. Somos esa sociedad civil argentina que es en definitiva el sujeto político más primario de Juntos. El fenómeno Milei nos interpela, a pesar de sus propios errores y horrores personales, porque ese “Milei o Ezeiza” es de alguna manera la consecuencia actual de la crisis de nuestra época. Nuestra generación tomó con los años un rol importante dentro del PRO y de Juntos, y nos enfrentamos hoy a una interna voraz que muchas veces no sabemos explicar.
Por supuesto, esta no deja de ser “lógica” en algún punto y explicada por nuestro propio crecimiento. El problema es el “cómo” y no tanto el “qué”, una ferocidad internista y cupular que nos pone de espaldas al sentir cotidiano de los argentinos y atenta contra nuestro espíritu fundacional. Nuestro tema favorito termina siendo la interna, en el mejor estilo del fenecido Frente de Todos. Nos hablamos y chicaneamos tanto entre nosotros que parece que olvidamos nuestra misión histórica. Subestimamos de manera superficial el efecto que nuestra disputa tiene sobre nuestra gente y nuestra militancia, como si fuesen simples peones, carne de cañón para la guerra de las ambiciones personales. Y creemos que los argentinos tienen que perdonarnos, ante el espejo de un peronismo descompuesto y fracasado, todas nuestras incongruencias. “La política es así”. Pero no. Nosotros no vinimos a hacer lo mismo. No nos puede subsidiar el mal ajeno. Y sepamos que destruir siempre es más fácil que construir, y que lo que esforzada y colectivamente construimos durante años puede deshacerse en un día.
Las personas que como yo trabajamos profesionalmente en política, muchas veces desde la sala de máquinas, en los bastidores, pero que no creemos ni creímos nunca en un país gobernado por el kirchnerismo, nos encontramos hablando más del “poroteo” legislativo antes que de los temas nacionales. “Fabricamos chorizos” a cielo abierto, y exponemos todas las miserias de la actividad política en los estudios de televisión, pensando que los argentinos deberían seguir con apasionamiento mundialista el minuto a minuto de nuestras cuitas. Por todo esto, creo que Juntos por el Cambio está hoy en falta con la gente.
Juntos fue y debería seguir siendo una construcción colectiva y sólida. Creo que podemos poner en cuestión muchísimas cosas en el marco de esta disputa de liderazgos, menos esa pertenencia a esta “casa común” que tanto nos costó construir. No es posible que cada opinión o acción política divergente parezca ponernos en la frontera de salida. Tenemos que ampliar, y no cerrarnos sobre nosotros mismos. Pongo un ejemplo personal: mi posición es estar hoy más cerca del planteo metodológico y político de Horacio Rodríguez Larreta, a quien además le reconozco un enorme esfuerzo por no caer en esas chicanas, lo cual no implica que deba estar de manera permanente reafirmando mi pertenencia al espacio que en alguna medida también fundamos, eso tampoco quiere decir que crea que lo que plantea Patricia Bullrich sea del todo incorrecto, es más, algunas de sus posiciones son más cercanas a lo que pienso. Siguiendo, y en disonancia con mi procedencia ideológica de base, yo hoy en la Ciudad votaría por Martin Lousteau, que me parece tiene el mejor proyecto de Ciudad, y para algunos es casi traición. Mi planteo no es en ninguna medida “subjetivo” o especial: conozco infinidad de casos más, amigos de la política que “quedaron” de un lado o del otro de la interna, candidatos a Intendentes o Diputados, gente con la que uno comparte esa construcción y que podrían suscribir estas líneas casi al 100%. Mi impresión es que hoy somos la mayoría silenciosa de Juntos, una mayoría que tiene que empezar a expresarse para poner coto a esta disputa interna.
La virulencia de la discusión hace que parezca que la preferencia o respeto por un candidato o el otro nos sitúa a unos y otros afuera de los límites del PRO, dependiendo del día. Eso destruye nuestro capital político, nos sectariza y empequeñece, nos limita nuestra propia capilaridad social y nos expone frente a la sociedad. Leer que una candidata a gobernadora sostiene que no trabajará con su adversario si es derrotada, candidatos de nuestro espacio que usan los días de paro en educación como botín de guerra de una discusión para las redes, o divertidamente desacreditan a candidatos que en algo más de un mes irán en una boleta mixturada expresa cabalmente el riesgo en el que estamos, en el medio de un país en crisis extrema. La Argentina necesita a Juntos por el Cambio, hoy más que nunca. Es más importante esta construcción que los liderazgos que la componen circunstancialmente. No rifemos nuestra propia historia de lucha, militancia y compañerismo.
Si no nos calmamos nosotros, Milei va a terminar pareciendo cuerdo.
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