
Entregada a un frenesí nostálgico en torno a un imaginario pasado glorioso, la militancia kirchnerista se congregó para conmemorar el 25 de mayo de 2003. Una efeméride correspondiente a la llegada al poder del matrimonio Kirchner a la que pretenden otorgarle un tinte fundacional de un tiempo que hoy parece agotarse.
Pero en rigor asistimos a la autocelebración de un fracaso.
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Porque -la verdad sea dicha- los veinte años de kirchnerismo se constituyen en una enorme derrota nacional. La que se evidencia en el angustioso presente que nos toca vivir. En medio de millones de pobres y la sensación de asistir a un país económica, moral y espiritualmente quebrado.
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Un fracaso que perfectamente pudo evitarse. Toda vez que las condiciones heredadas fueron enormemente beneficiosas. En 2003 Kirchner encontró una economía en plena recuperación, superávit fiscal, de cuenta corriente, tipo de cambio competitivo y una inflación del tres por ciento anual. Acaso gobernaría en las mejores circunstancias de la historia reciente. De pronto sólo comparables a las de los días de Marcelo T. de Alvear o la inmediata posguerra del primer tramo del gobierno de Juan Perón.
Pero el kirchnerismo se entregaría a una política de reversión de las reformas modernizadoras de los años 90 para dilapidar una oportunidad irrepetible de convertir el rebote económico en desarrollo de largo plazo.
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Un paradigma estado-céntrico sustituiría el paradigma liberal de la década anterior. A través de un crecimiento elefantiásico del gasto público, expandido del 25 al 45 por ciento del PBI entre 2001 y 2015. Paradójicamente repercutiendo en peores prestaciones en materia de educación, justicia, seguridad o salud pública.

Estoy convencido de que una interpretación correcta de la historia es el punto de partida indispensable para comprender el pasado inmediato y las causas de este presente cada día más inaceptable. Ello implica reconocer que el kirchnerismo fue negativo desde el primer día. Como lo había sido en Santa Cruz, una provincia rica en recursos naturales transformada en un feudo virtualmente inviable.
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En los años que siguieron se rifó la mejor coyuntura de la historia reciente. El súperciclo de los commodities recién se iniciaba -empujado por el ascenso de China potenciado por su ingreso a la OMC- y prácticamente toda la región gozó de ventajas irrepetibles en aquella primera década del siglo.
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Pero a diferencia de lo que ocurrió en Brasil, Chile o Perú, las reformas modernizadoras llevadas adelante en los años 90 serían revertidas en la Argentina. Una verdadera contrarreforma volvería a reinstaurar la Argentina inflacionaria, estatista y dirigista que hizo eclosión en la década anterior.
El esfuerzo por alcanzar la estabilidad fue destruido por los populistas que en el altar del corto plazo sacrificaron los intereses nacionales.
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Demostrando una vez más nuestra profunda incapacidad para aprender de los errores, volvimos a la emisión descontrolada, las absurdas híper-regulaciones, los controles de precios, los cepos, los cupos, las cuotas y privilegios para los amigos del poder.
El kirchnerismo restauraría la Argentina prebendaria en la que unos pocos con acceso a los escritorios oficiales se enriquecen a través de monopolios e “industrias protegidas”. Conformando una verdadera oligarquía oculta detrás del eufemismo de la “burguesía nacional”. La que a menudo condena a la gran mayoría del pueblo -especialmente los más necesitados- a consumir productos y servicios caros y de mala calidad.
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Pero tal vez la herencia más penosa de éstos veinte años haya sido la instalación de un modelo cultural nocivo en el que se exalta el lumpenaje, se cuestiona el mérito y se hace una permanente exacerbación del relativismo cultural. Es decir, un modelo cultural exactamente contrario al que en su día promovió el peronismo que en todo caso buscaba crear una “comunidad organizada”.
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El de los Kirchner es un discurso forjado en torno a la espeluznante noción de que da lo mismo trabajar que no trabajar. Estudiar que no estudiar. Cumplir con la ley o delinquir. Ser honesto o ladrón.
Mientras se promueve una constante justificación del delito, la promoción de la violencia, la ruptura del orden público y el ataque de todo aquel que lleva uniforme.
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Resulta imperioso dar un debate cultural para dar vuelta la página y dejar atrás este camino de decadencia. Ello implica la necesidad de que incluso quienes son opositores al kirchnerismo comprendan la necesidad de reconsiderar la interpretación sobre el pasado reciente. Liberándonos de la limitación intelectual, cultural y política que en buena medida explica por qué el gobierno de 2015-2019 no pudo completar los cambios que eran fundamentales para salir del paradigma populista.
La conciencia nacional se construye en base a ideas, interpretaciones y mitos sobre el pasado. La lectura errada de la historia reciente es uno de los mayores obstáculos para comprender por qué estamos como estamos y por qué vivimos un proceso de aparente decadencia sin fin.
Solo saldremos adelante el día que dejemos de celebrar auto-derrotas y fracasos.
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