Era un tipo alto, flaco y callado. Nació en Berlín en 1922 y murió en 2011 en Londres donde yace la tumba que guarda su amigo de tres décadas, Francis Bacon.
Nieto menor del doctor Sigmund Freud – nacido Sigismundo y cambiado porque los Sigismundos cargaban con el nombre elegido por los nazis como nombre de desprecio y agresión, de burla feroz en la marcha hacia la deshumanización, los campos, los hornos: como si entre nosotros alguien dijese “es un Moishe” -, el médico creador del psicoanálisis en Viena.
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Recortado en un tiempo y un lugar acotado a un tiempo volcánico de presagio terrible, donde el arte y la libertad surgían en el campo minado del racismo y su tipología, con la idea de señorear la humanidad por una serie de rasgos y mitos que conformaban la superioridad de una “raza”: la aria.

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El médico ya célebre, debió escapar con su familia por la inminencia del propósito central del nacionalsocialismo, como expresa con nitidez en Mein Kampf Adolf Hitler, el libro escrito en la cárcel.
El psicoanálisis en la Argentina es aceptado casi hasta el borde de la religión y representa una necesidad imprescindible: ajustarse el cinturón puede significar suprimir la televisión por cable, comer afuera, las vacaciones, no comprar un libro cada tanto, todo menos “terapia”. Que sea una rama empírica y probada de la ciencia o digna de ponerse en la biblioteca junto con obras sobre chamanismo es ahora lo de menos.
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Los Freud alcanzaron a llegar a Inglaterra. El médico en olor de celebridad. Y allí quedaron.
El otro Freud, el tipo alto, flaco y callado llegó con la familia. Se llamaba y se llama Lucian Freud, con mucha probabilidad el retratista más próximo al genio del siglo XX. Contemplar su obra produce un estremecimiento y a menudo el empleo de un rato largo, como si la pintura y el dibujo nos ofrecieran ver lo que está dentro y detrás de los rasgos y la imagen. Puede ser un punto de contacto con el abuelo y leyenda, solo que el psicoanálisis, Sigmund Freud y sus discípulos pueden y son muchas veces refutados por ver en un momento de la historia occidental europea, la sociedad de entonces por la condición humana en general.
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Pero las obras de Lucian Freud están allí. No hay lugar para la discusión. Veo una, pongamos, el desnudo de Kate Moss embarazada de nueve meses, y cambia algo perceptible y persistente en el contemplador. Como nota, la fantástica modelo convertida en diosa y propiedad nacional, fue uno de los amoríos del pintor- mayor que ella por varios cuerpos- , al que le tatuó bastante más debajo de la cintura dos golondrinas: " Cualquier día pido que le recorten esa zona de piel y me embolso un millón de dólares”. ¿Quién puede resistir a Kate Moss, diga lo que diga?
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Lo mismo con sus autorretratos. Un autorretrato no requiere mucho: el que se mira en un espejo y pinta, se pinta. Lo mismo: si es Lucian Freud, una vibración irremplazable, lo que hace la diferencia entre el arte mediocre- que lleva una incomodidad rara- y la maravilla de una revelación.
En el principio se mostró torpe y desacertado, al punto de ser rechazado por la gran academia inglesa que luego lo aprobaría con una escultura, un caballo de arena y la evidencia de que no era un ser común.
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Probó unos sorbos de surrealismo, la abstracción, para elegir sin que le temblara la mano en el retrato, superado y desdeñable (perdón, Velázquez). Y allí fue. Freud, el otro, alcanzó con frecuencia los cientos de miles de dólares o de libras.
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Claro que Lucian Freud el ser común que pispearon en la academia podía ser una obra en cotización atómica y dejar buena parte en las carreras de caballos o los casinos. El juego lo arrastraba como un río furioso y desbordado. Siempre. Tenía la necesidad de ponerse en riego, de apostarlo todo, de encontrar a todas las mujeres del mundo: al sepelio acudieron 14 hijos, pero los biógrafos más certeros los estiman en 44 por los menos.
Pudo alcanzar una fortuna difícil de medir- no la de Picasso, en quien influyó mucho, uno de los hombres más ricos del mundo- , pero prefería, realmente endeudarse, tomar riesgos, beber en compañía de personajes de los bajos fondos: ladrones, proxenetas, traficantes. Podía vender, como pasó, la pintura más cara imaginada –el tríptico de su amigo Francis Bacon en 105 millones y ver cómo llegaba a ser propiedad de los corredores de juego. No hay nada como el juego, la oportunidad de lanzar los dados que pueden dejarte sin techo o la emoción de ganar.
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También Bacon, el formidable artista salvaje que retrató personajes de fama y poder, o de sí mismo retorcidos en muecas de angustia irreconocibles, jugaba sin parar, bebía hasta el delirio y sentía la llamada de las zonas oscuras de la ciudad. “Nostalgie de la boue”, nostalgia y deseo de degradación se llamó desde Francia a ese canto de sirena abismal pero irresistible.
Sigmund Freud- vivía hacia el norte de Londres y llegaba a visitarlo de vez en cuando-, tendría una ocasión de analizarlo y sugerir un diagnóstico, aunque ya tarde: aquella Viena pasó y envenenó la Tierra con la guerra, y quién sabe , el Gran Hermano oracular de la inteligencia artificial podría saber por qué el otro Freud fue como fue.
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