La historia de la Argentina en materia económica resulta sumamente cíclica. Los últimos 80 años se han caracterizado –salvo raras excepciones, que por supuesto las hay- por un constante deterioro que logró no solo la degradación de nuestra calidad de vida sino también una debacle social y cultural sin precedente.
Crisis de deuda, desocupación, crecimiento de la pobreza y la indigencia, un Estado elefantiásico que muchos defienden pero pocos están dispuestos a seguir manteniéndolo, destrucción de nuestro comercio con el mundo, malas decisiones en materia de política internacional, un sistema educativo en decadencia –el mismo que osó ser la envidia latinoamericana-, hiperinflaciones y la destrucción de varios signos monetarios, millones de planes sociales y niveles de inseguridad que cada día se alzan con vidas inocentes son una descripción del hoy pero también del resultado de décadas de una clase política que rara vez ha tenido como prioridad convertir a la Argentina en un país pujante, moderno y desarrollado. Hace 80 años atrás nuestra riqueza per cápita era similar a la de un norteamericano: hoy ellos gozan de tener 12 veces más riqueza que nosotros.
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Sorprende la incapacidad del gobierno para salir de una encerrona que nos empobrece día a día. La inflación, el déficit fiscal y el faltante de dólares en las arcas del Banco Central son temas que derivan de la emisión monetaria descontrolada, del desmanejo fiscal con un Estado que gasta recursos que no tiene y de un cepo cambiario junto a regulaciones que complican el desarrollo del comercio exterior. Sin embargo las soluciones que parecen ofrecer el Presidente Alberto Fernández y sus colaboradores resultan bastante alejadas de la realidad, o al menos de las necesidades más inmediatas.
Creer que AFIP y la policía aduanera pueden contener la inflación por el mero hecho de revisar precios y clausurar puestos en el Mercado Central parece algo insultante para todos aquellos que cada día intentan no caer debajo de la línea de pobreza. Reintegrar el 15% de la compra hecha a través de la tarjeta de débito de alimentos y medicamentos a los sectores más vulnerables (con tope de 4.056 pesos, algo así como 8 dólares) como política de estado para intentar recomponer ingresos a los que más sufren los embates de la inflación, parece un chiste de mal gusto, más aún cuando se sabe que gran parte de aquellos que se encuentran en estado de vulnerabilidad atraviesan la más absoluta informalidad.
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Intentar que mágicamente aparezcan dólares por dar un beneficio cambiario a un determinado sector exportador suena algo iluso. Lo que se liquida hoy, no se liquidará mañana. Más aún, lo que la sequía destruyó, no se liquidará jamás. Incluso quién tenga stock para liquidar –en caso de tener la posibilidad financiera de hacerlo- esperará: la brecha cambiaria y un posible cambio de gobierno vaticinan una corrección en el tipo de cambio oficial. Pocas razones existen -más allá de la extrema necesidad- para que alguien en la Argentina se le ocurra liquidar a este tipo de cambio.
Tampoco se ha innovado demasiado con cuestiones más abstractas para la gente de a pie: un nuevo blanqueo de capitales que analizará el Congreso trae consigo la esperanza oficial de que algún despistado exponga su capital a un gobierno impositivamente voraz y que ha cambiado sistemáticamente las reglas del juego. Porque eso precisamente es lo único que asegura un blanqueo exitoso: que se respeten los derechos de propiedad y que no se cambien las reglas en la mitad del partido, pecados que Argentina ha cometido desde su primer blanqueo de capitales allá por 1983 –el que se denominó “Régimen de Normalización de Impuestos” hasta el último, casi como una obsesión.
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La última gran apuesta para llegar a las elecciones con relativo éxito es lograr que el FMI adelante los desembolsos futuros -que iban a realizarse durante todo este año-. Los mismos ascienden a 12.000 millones de dólares y se con estos se pretende generar estabilidad cambiaria y poder de fuego ante nuevas corridas contra el peso. Esto es sumamente interesante cuando se lo ve como un gran resumen de lo que ocurre en Argentina: esos fondos son para pagar vencimientos que el país tiene con el propio organismo. Sin embargo, a nadie le importa que es lo que pueda pasar mañana, porque solo importa sobrevivir hoy.
Argentina se ha transformado en un país sin rumbo donde todo nos lleva a ninguna parte y donde parece que la discusión es quién pagará el costo de todo lo que se hace mal, si este gobierno o quienes ejerzan el poder a partir del 10 de diciembre. Sin embargo, el costo no lo van a pagar ni unos ni otros: por desgracia, de todo nos haremos cargo una vez más todos nosotros.
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