
El manejo de la economía del actual gobierno se caracteriza por no atacar la raíz de los problemas, sino que trata de aplacar los síntomas derivados de ellos. Es como si se quisiera curar una pulmonía con analgésicos o, aún peor, con algunos remedios que empeoran la dolencia. Al final, por negligencia o impericia, la infección va a ser tal que, a falta de antibióticos y buenos médicos, va a matar al paciente. Por esta razón, la economía Argentina está agonizando.
Aunque eliminar trabas para que la productividad de la economía brinde más riqueza debería ser el objetivo primordial, el gobierno se ha concentrado en la lucha contra la inflación (que hasta ahora ha resultado en una derrota épica) por tener esta un impacto político mucho mayor. El antibiótico para este caso sería la reducción del gasto público, a fin de disminuir o eliminar la emisión de dinero para financiarlo. Pero el gobierno ha optado por la aspirina y las curitas. Veamos algunas de las medidas tomadas.
Control de precios: bajo varios nombres de fantasía (Precios justos, cuidados, etc.), que tratan de mostrar el control como algo bueno, se implementaron programas destinados al fracaso. En el mejor de los casos, los controles reprimen los precios hasta su liberación explosiva. La historia lo muestra de una manera contundente: desde el antiguo Egipto, pasando por los romanos o una más cercana experiencia con el control de precios implementado en el gobierno de Cámpora (Héctor, no La Cámpora) que culminó en el Rodrigazo. No hay por qué esperar algo diferente en esta oportunidad. Aunque más difícil es predecir cuándo sucederá.
Ancla cambiaria: otro precio controlado ha sido el del dólar. Como el valor del dólar regula los precios en pesos de los productos transables se ha reprimido también su precio. El efecto es inmediato. Los que exportan tienen menos incentivos para producir, ya que reciben un precio menor. En tanto que los importadores tienen el incentivo inverso, quieren importar porque pagan a un dólar barato, aunque no los autorizan porque “faltan dólares”. Con un precio de equilibrio los dólares ni faltarían ni sobrarían y no sería necesario ningún cepo. La consecuencia directa es un menor incremento de precios, pero a costa de recesión y menor producción.
Tarifas atrasadas: el caso de las tarifas atrasadas es tiene similitudes y diferencias con el control de precios. Al seguirse brindando los servicios normalmente, su bajo precio estimula y potencia su consumo generando un déficit inmenso a las prestadoras. Así que para que el servicio se pueda seguir prestando el estado solventa mensualmente los faltantes de caja. Por supuesto, lo hace con mayor emisión que resulta en mayor inflación.
Existen otras las medidas implementadas que implican menor emisión, aunque indefectiblemente redundan en mayor recesión. Una es el aumento de impuestos, ya sea directamente o cambiando regímenes de percepción. Otra es la toma de deuda en el mercado, que resulta en menor financiación o mayor tasa para los proyectos privados al absorber el estado la mayor parte de la capacidad prestable disponible. Ayudan a curar la inflación, pero con otra recesión.
Existe una cosa buena para decir. Esta vez no “rompieron el termómetro”, como resultó durante la intervención de Guillermo Moreno en el Indec. Algo que costó, a la postre, miles de millones de dólares al país.
En su lucha contra la inflación, el gobierno tiene que dejar de lado los analgésicos y aplicar antibióticos. Esto no es más que enfocarse en la reducción del gasto público. Sin déficit no hay emisión y sin emisión desaparece la inflación. Y como beneficio secundario aumentará la inversión, el trabajo productivo y crecerá la economía.
Argentina, como paciente, está cada vez más cerca de la terapia intensiva. Ojalá este gobierno empiece a utilizar el botiquín correcto.
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