
“Televisaremos la revolución”, sentenció Kendall Roy en la serie estadounidense Succession. Y es lo que pasa hoy. Tiempos de inflexión se vivieron durante el 2016-2018. Tiempos convulsionados marcados por el Brexit, la victoria de Donald Trump en USA, la crisis política española que le impidió formar gobierno, los atentados terroristas en Francia, el referéndum Húngaro, el acuerdo entre el gobierno colombiano y las FARC, la toma de deuda de la Argentina con el FMI y, para citar otro ejemplo cercano, el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil.
Cada uno de estos hechos tiene un denominador común: la autocracia como solución. Sin embargo, ésta no debe pensarse en el sentido clásico de su significado, más bien el propio sistema capitalista lo reversionó para convertirlo en algo que no se sintiera como coercitivo sino como el cambio rupturista necesario.
Centrémonos en lo que se percibe (y autopercibe) como el centro del mundo: Estados Unidos. Trump gana las elecciones presidenciales de 2016 con 304 votos electorales, con 2,8 millones de votos menos que su rival Hillary Clinton, pero el país del norte tiene un sistema de votación donde cada provincia tiene una cantidad determinada de electores y estos valen más que la voluntad popular. Estas elecciones se dieron en un contexto especial, en el que los norteamericanos venían de dos mandatos seguidos del demócrata Barack Obama, quien no había satisfecho necesidades de campaña como lo es un seguro social más asequible.
El fin del sueño americano suscitó primeramente el surgimiento de movimientos de cólera, a la derecha con el Tea Party ─en 2009─ y a la izquierda con Occupy Wall Street ─en 2011─. La idea general era que el sistema de desigualdad ya no era aceptable, no porque se hubiera acentuado enormemente, sino porque se había convertido en algo permanente e invariable. Y el responsable era el primer afroamericano en llegar a la presidencia de EE.UU. Con todo lo que esta afirmación significa.
La crisis económica inmobiliaria estalló en 2008, ocho años antes del triunfo de Trump. Sin embargo, sus efectos fueron de largo plazo y las zonas más afectadas fueron aquellas pequeñas ciudades del interior de Estados Unidos y regiones rurales-industriales. El mérito del ex presidente republicano, en este sentido, consistió en entender el malestar de los estadounidenses víctimas del vendaval de la globalización, las clases medias que no habían dejado de perder poder adquisitivo en las últimas décadas, los que además han visto cómo la Gran Recesión paralizaba el ascenso social que les había garantizado la constitución de su país, los que asisten desconcertados a los cambios demográficos y sociales cuyas élites políticas y económicas los ignoraban.
Los blancos de clase trabajadora —una minoría antiguamente demócrata que compite con otras minorías como los latinos o los negros pero que carece de un estatus social de víctima— encontraron en Donald Trump al hombre providencial. Muy distinto y cercano, en algún punto extraño, al citadino de Obama, quien no representaba a la Norteamérica profunda. Como dijo un viejo minero del pueblo de Bobtown, quien fue entrevistado por la documentalista Alexandra Pelosi en Fuera de la Burbuja: “El 75% del país tiene trabajos de oficina, y el 25% trabaja de verdad. Esto nos dice que la minoría mantiene a la mayoría”. También la corriente racista que existe en el país de la esclavitud y la segregación halló en Trump un líder a medida.
Pronosticó que su campaña sería un Brexit multiplicado por cinco, en alusión a la decisión de Gran Bretaña, en referéndum, de salir de la Unión Europea. Y se cumplió. Su victoria fue un golpe a las élites estadounidenses y globales. Y una prueba de que tiempos de incertidumbre son el caldo de cultivo idóneo para los líderes con los sensores para comprender los temores de la sociedad y con un mensaje simple que identifique al enemigo interno y externo.
En este contexto de necesidad de recuperar el “sueño americano”, Donald Trump se convirtió en el presidente número 45 de los Estados Unidos. Un país dividido en dos -mucho antes de su llegada- que da nacimiento a un neoconservadurismo obsesionado con valores cristianos, discursos sobre clases medias enfrentadas a elites mundiales y locales, junto con abundantes dosis de racismo y sexismo y desdén por la democracia, dan forma a posicionamientos contradictorios entre sí, pero eficaces para construir imaginarios y movilizar al “pueblo blanco” protagonista de aquel sueño americano.
No solo la división era económica. En todo caso, la economía fue el disparador, pero fue siempre cultural e ideológica. Datos. Según el censo del 2021 la población de EE.UU se compone de 59.3% blancos no hispanos no latinos; 18.9% hispano o latino; 13.6% negro o afroamericano; 6.1% asiático; 2.9% indio americano; 1.3% nativo de Alaska; 0.3% nativos de Hawái y otras islas del Pacífico. Las provincias que le dieron la victoria a Trump en el 2016 fueron principalmente 3: Michigan, Pensilvania y Winsconsin.
Pensilvania, el lugar elegido por Benjamin Franklin, es un estado que se caracteriza por su profundo sentido fundacional cristiano. Michigan también con una población blanca y cristiana en su mayoría, fue el corazón de la industria automotriz de EE.UU. Y para completar el trío, Winsconsin compuesta en su mayoría también por cristianos y protestantes. Pero no solo las une la religión, la composición poblacional y la falta de oportunidad a una educación superior, sino que ellas, juntos a otros estados en los que triunfo Trump, componían el Rust Belt -cinturón del óxido-.
El óxido (Rust) se refiere a la desindustrialización, la decadencia económica, el descenso de la población y el deterioro urbano debido a la contracción de otro sector industrial como la producción de acero, la industria automotriz y la minería de carbón. Las causas incluyen la transferencia de trabajos de fabricación al extranjero, el aumento de la automatización y la decadencia de las industrias del acero y el carbón. La deslocalización en busca de mejor rentabilidad hizo estragos dejando pueblos fantasmas a su paso, y Trump supo aprovecharlo.
Pese a que predicó sobre el mal funcionamiento del Estado y la perversidad del establishment político, mediante un aumento fuerte y sostenido del gasto público y una baja de impuestos consiguió cumplir su promesa de pleno empleo a principios del 2020. La llegada de la pandemia descuartizó sus objetivos y dejó al descubierto la naturaleza de un líder sin método.
¿Hay puntos en común con la Argentina? Veamos. Durante finales de 2015 y principios de 2016, el país entro en un tobogán del que no ha podido salir hasta la actualidad. Fue una etapa económica marcada por la contracción, quiere decir que los argentinos fueron menos ricos que cuando se inició la administración de Mauricio Macri. En términos macroeconómicos, no fue exitoso tampoco porque el producto bruto por habitante acumuló una caída del 10% en una década. La mayoría del resto de las variables fueron coherentes con la situación general, sumado al salto cualitativo y cuantitativo que tuvo la tasa de pobreza cercana al 40% para fines del gobierno.
La espada de Damocles hasta la actualidad es la deuda pública que pasó a US$ 74000 millones. El ratio aumentó de 49% a 94%. También lo hizo la deuda con los privados y los organismos multilaterales. En 2018 la Argentina recibió el préstamo más grande en la historia del FMI: US$ 56.000 millones. Cada argentino nacido para esa fecha ya debía 1.2 millones.
Producto del empobrecimiento de la sociedad, en 2019 Juntos por el Cambio, la coalición del PRO, el radicalismo y otros partidos, perdieron las elecciones a manos de la alianza peronista Frente de Todos. Pocos meses luego de haber llegado al poder, el nuevo gobierno debió responder al confinamiento mundial producto de la pandemia. Con responsabilidades internacionales que afrontar, deudas públicas que asumir y un ego personalísimo de Alberto Fernández fuera de control, la ventana de solución de los grandes problemas arrastrados y propios se iba achicando. La sociedad cada vez más pobre; la distancia entre los que pueden y los que, simplemente, no es abismal.
A la actualidad, y pese a los esfuerzos de algunos integrantes de la coalición gobernante, Fernández acumula una inflación del 324%, los cuatro años de Macri representaron 295%, mientras que los 15 años de kirchnerismo estuvieron marcados por un índice inflacionario total de 293%, que encima se acompañaron con acuerdos salariales que se establecieron por encima de ese porcentaje.
En este marco económico de desintegración de las clases sociales, al punto en que solo se reconozca las dos puntas más alejadas del lápiz, es donde crecen líderes con poder psicológico de persuasión que solo pueden tener sustento metódico en la autocracia. Javier Milei es nuestro Donald Trump.
El derecho no es percibido como colectivo en las sociedades digitales, son individuales. Este candidato, que toma herramientas del mercado financiero para convertirse en un producto del marketing político, utiliza las nociones filosóficas del profesor surcoreano Byung-Chul Han que asegura que en esta modernidad nos explotamos a nosotros mismo convenciéndonos de que en realidad nos estamos realizando. Espejitos de colores que solo satisfacen el preconsciente.
El futuro de Argentina necesita de alguien preparado. No un jinete de las emociones y los rating. Contra todo pronóstico tarotista, varios economistas internacionales describen un porvenir esperanzador para nuestro país. La apuesta se concentra en cuatro sectores claves: agroindustria, energía, minería y servicios digitales. Un ejemplo. Con la puesta en marcha del gasoducto Néstor Kirchner la economía pasará de un déficit comercial energético de 5 millones de dólares anuales a un superávit de 15 millones en dos años. Otro ejemplo: JP Morgan calcula que en 2030 nuestro país será el tercer productor mundial de litio, una industria que empieza asomarse.
Lo que viene no requiere improvisación, falta de contenido, excesos de eros, o simplemente cáscara. La Argentina necesita de un profesional de la política con la firmeza de la convicción del deber hacer una gran Nación en tiempos de guerra.
“El futuro es real. El pasado está todo inventado”, Logan Roy en la serie Succession.
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