
El verso de la “pesada herencia” recibida no corre entre los estadistas de verdad. Ellos asumen el poder precisamente para hacerse cargo de los problemas, no para ir a llorarlos al extranjero.
La Casa Blanca acaba de verse obligada a desmentir de nuevo, una vez más, a un falso contenido de la entrevista entre Biden y Fernández, negando que el norteamericano se haya referido a su antecesor, Donald Trump, en espejo de lo que se lamentaba el nuestro respecto de Macri. Papelón.
La mentira siempre termina descubriéndose, sobre todo cuando se opera con tanta ineptitud diplomática. Ningún primer mandatario serio, de Estados Unidos o cualquier otra parte, formula comentarios negativos sobre la política interna de su país y, mucho menos, de un opositor o de nada menos que el presidente que lo precedió. Al “Ah, pero Trump” no se lo creen ni en La Cámpora.
Lo malo no son tanto los reiterados patinazos diplomáticos y torpezas casi cómicas. Lo verdaderamente malo es que cuando cualquier presidente argentino se encuentra con su par norteamericano tendría que estar hablando de temas como democracia, inversiones, comercio y radicaciones. Esas entrevistas son oportunidades muy escasas.
En cambio, el nuestro concurrió con la gorra en la mano para pedir plata para llegar a fin de mes.
Un gobierno bien puede tener una política que no nos guste, lo que no debiera ocurrir no es que tenga una política exterior mala, sino que directamente no tenga ninguna política exterior.
Repasemos lo más grandes hits. Se ha dicho antes, pero realmente vimos el doctor Fernández ofreciendo a Putin (en vísperas de la invasión a Ucrania) a nuestro país como puerta de entrada (sic) de Rusia en América Latina. O cuando declaró su admiración por la revolución de Mao Tsé Tung en China, donde lo que están tratando es de olvidársela. O decirle a Biden que somos grandes amigos apenas a horas de que su vicepresidenta señalara públicamente a Estados Unidos como colaborador internacional del supuesto lawfare que ella dice proscribirla. Todo ello configura una conducta presidencial que provoca la inevitable evocación del Zelig de Woody Allen, ese personaje que les decía a todos lo que cada uno quería escuchar. Y ahora, mentir amistad cuando en realidad fuimos a pedir –con una comitiva de más de treinta personas- otra limosna en el Fondo Monetario. Encima con nuestro presidente leyendo sus líneas en un machete sobre las rodillas. Allen lo habría descartado del libreto por poco verosímil.
Desgraciadamente, está como para parafrasear a Groucho Marx: nadie está libre de decir algún disparate, pero procuren no sorprendernos con uno nuevo a cada rato.
La diplomacia respeta mucho el lenguaje de los gestos. A Lula, Biden lo recibió apenas a un mes de asumido y por un tiempo respetable, propio de dos jefes de estado. A Fernández lo tuvieron alambrando tres años y finalmente lo recibió diez minutos. Casi no hubiera sido necesario tomar asiento.
Lo de inventar un diálogo nunca ocurrido no configura meramente un tropezón involuntario. No se trató de otro desliz personal que, por desgracia para él y para el país, inevitablemente recuerda al personaje de Alberto Olmedo como risible presidente de Costa Pobre.
No es un hecho aislado, es mucho peor. Recordemos hace un par de años, cuando la Cancillería fantaseó el contenido de un diálogo telefónico que, otra vez, la Casa Blanca salió a desmentir. Se trata de una conducta permanente de mechar falsedades para engañar al auditorio. En última instancia, no es sino la derivación kirchnerista del “miente, miente, que algo quedará”.
En este caso, significó convertir también a este diálogo con el presidente de los Estado Unidos en un relato, otro relato más, deformando algo real para venderlo engañando a la gente. Los argentinos lo conocemos bien.
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