
La sociedad atraviesa en la desesperación el sinsentido de un gobierno que carece de rumbo y de destino. El atroz invento de “la grieta” propone el riesgo insoluble que la izquierda no pueda ganar y la derecha no pueda gobernar. Llenar las plazas no suele corresponderse con llenar las urnas. Todavía debaten la “reelección”, como una expresión más de su desprecio por el dolor social. Son “progresistas” extraviados que destruyen el presente imaginando encontrar entre sus escombros las huellas del futuro. De tanto deformar el pasado para adaptarlo a sus necesidades se quedaron sin entender la complejidad del mundo actual. Tenemos una densa y compleja historia de golpes de Estado y democracias, pocas veces o mejor dicho nunca, debimos soportar este nivel de maltrato de parte de los que disfrutan del poder hacia quienes padecen sus consecuencias.
La sociedad sufre el flagelo de la inflación mientras para el poder el problema central es la justicia. Son ejemplos claros de esto desde la jubilación de Cristina Kirchner, sin duda una afrenta para el resto de los ciudadanos, hasta la multiplicación de cargos y funciones en un Estado que elige acomodar obsecuentes antes que ocuparse de resolver los problemas de la sociedad. Dicen ser de izquierda y progresistas, pero el encuentro de “Puebla” fue una exposición patética de un pasado triste y olvidable a la vez que un intento de convertir en problema ideológico a su conflicto con la justicia. Las respuestas de Chile y Ecuador sobran para exponer las malsanas intenciones de un gobierno que imagina disolver sus culpas en una supuesta agrupación continental. Las acusaciones suelen corresponderse con las culpabilidades. En su absurda búsqueda de dinastías parecen haber encontrado una descendiente de Cámpora que les trasmita las ideas de un presidente que nunca existió.
Venimos de dos fracasos con sus respectivos jefes y responsables, Cristina y Macri, ambos perderían cualquier elección más allá de quien fuera su contrincante. Los antiguos jefes forman parte de la política que agoniza, de quienes deben hacerse cargo de la pobreza y destrucción social que atravesamos. El peronismo era una fuerza política que nunca necesitó colectivos para convocar a sus leales seguidores. Hoy nos convirtieron en un partido de izquierda, una fuerza agresiva y denunciante incapaz de detener la caída de la moneda y de la misma sociedad. Llama la atención la insistencia en la candidatura de Cristina, como si quienes lo piden no tuvieran conciencia de su segura derrota. No debemos olvidar que tanto Menem como Kirchner no habían ni siquiera mejorado la situación de sus propias provincias.
Pude escuchar esperanzado las propuestas de los gobernadores de Jujuy y de Córdoba, ambos con logros en sus provincias y real voluntad de pacificación. Son políticos de raza, de distintas fuerzas, pero en esencia, conocedores de los problemas reales de la sociedad. No quiero simplificar, pero ambos serían sin duda una opción superadora de ese pasado que tanto nos cuesta abandonar. No son los únicos, muestran sin duda el surgimiento de nuevas opciones que anuncian el renacer de la política. Achiquemos el Estado seriamente, convoquemos al esfuerzo y a recuperar la energía del trabajo en una sociedad productiva. Seamos capaces de llamar a la unidad nacional. En política se necesitan adversarios y sobran los enemigos. Hace falta unidad nacional en torno a un proyecto común donde las opciones nos diferencien en los acentos, y no en los rumbos como hasta ahora. Fuimos una gran sociedad hasta el último golpe, dejemos de reivindicar la violencia y a los violentos, recuperemos el patriotismo, el amor por nuestra historia y la maravilla del desafío de devolverles un mañana a nuestros hijos. Y eso necesita talento y grandeza, es hora de intentarlo, todo está dado para poder hacerlo.
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