
Tuve estos días un breve debate con Javier Milei que, en realidad, se inició por un razonamiento hacia el interior de nuestro Frente de Todos. Dije, y lo sigo sosteniendo, que no debemos en la provincia de Buenos Aires, renunciar a hacer política y sólo rogar que los votos que Milei le saque a Juntos por el Cambio nos permitan retener la gobernación y varias intendencias gracias a que no existe la segunda vuelta. Él fue mucho más duro: dijo que iba a dejarnos terceros.
Hace rato que se presenta y lo presentan como el fenómeno del momento. Para muchos él y sus libertarios son una foto, para otros ya son una película. Me produce inquietud mirar estos fenómenos, y tal vez por propio voluntarismo de creer que algunas de sus ideas disparatadas no podrán llegar lejos, también elijo creer que detrás de ese personaje hay una persona, que detrás de sus actos hay una racionalidad, que detrás de sus acciones hay un país. Que la democracia no se rompe y aguanta. Que tenerlo sentado en el Congreso (¡cuando va!) lo hace parte de lo que ataca. Que desde 1983 soportamos sublevaciones militares, atentados terroristas, hiperinflaciones, la explosión del 2001, muchos conflictos intensos como el de 2008 entre el campo y mi gobierno, las movilizaciones antivacunas y el atentado sufrido por la vicepresidenta Cristina Kirchner y la democracia a pesar de que muchas instituciones dejan mucho que desear, aguantó. Pero sería necio no ver novedad y desafío en este partido “libertario”.
Milei la tiene fácil. Le da voz a la bronca que miles de compatriotas legítimamente tienen. Podríamos hacer mil especulaciones pero cuando en la sociedad crece la bronca hacia la política es porque hay crisis. Dos más dos es cuatro. Yo no soy un teórico pero hago política hace muchos años. Salí a la política por el mismo impulso: darle aire, cuerpo, voz, a los que tienen bronca. Salíamos de la dictadura, había gente que había sufrido demasiado, empezando por las víctimas de la represión, los familiares de las víctimas, los presos, y también los desocupados, los despedidos, los que tenían hambre y la deuda con el FMI. Paz, pan y trabajo dijimos rodeando desde distintas posiciones al gran Saúl Ubaldini. Mi vida política junto a la de miles empezó ahí.
¿Estamos en presencia de una moda política? ¿O de algo que vino para quedarse? Por empezar Milei simplificó: puso toda la política en la misma bolsa. Un procedimiento habitual en una política tan polarizada. Le metimos tanta garra a pelearnos entre nosotros que apareció uno y nos dijo: para qué se pelean sin son todos iguales (nos polarizó a todos con él). Sin embargo, con picardía, rescata excepciones muy selectivas. Macri o Patricia Bullrich, Bussi, Olmedo por ejemplo, no serían la casta.
Sus ideas se juntan en una antología de frases. En este tiempo dijo que cerraría el Banco Central, que todos los impuestos son robos, que creer que los políticos te cuidan es como dejar a tus chicos en manos de un pedófilo, pedía que nos expulsen de los mercados, que vamos a terminar siendo la villa más grande del mundo en cincuenta años, que él no se opondría a la venta libre de órganos y que cree que la inseguridad se combate con todos los vecinos armados, lo que indudablemente termina con una muerte por una garrafa o un celular. Había una frase que decía “no interrumpas a tu enemigo mientras se está equivocando”. Exagero si digo que es nuestro enemigo (en la democracia hay adversarios, no enemigos.) Y no parece estar pagando tantos costos por tantos disparates.
Hubo muchos que afirmaban que Trump o Bolsonaro que con sus ideas radicales no podían llegar a las presidencias en países sólidos como Estados Unidos y Brasil. Ocurrió. Y no sólo eso sino que no fueron menos radicales en sus gobiernos, y aunque perdieron sus reelecciones dejaron un sector social amplio y organizado. A mí me gusta la democracia (no imagino, además, otra cosa) y me banco la pelusa. La creo imperfecta, corregible, chúcara, nuestra. Costó sangre, sudor y lágrimas como para rifarla. Tiene cuarenta años. Es como un hijo que ya vive con su familia. Pero aún así, hay que cuidarla. Milei tendrá que aprender lo mismo que aprenderemos de él: podrá personalizar en muchos de nosotros los males de la Argentina, pero si nos sacara de la cancha, vendrán otros, muchos, desconocidos, a sostener nuestras ideas. Así ha sido. Y supimos estar solos, y un día fuimos multitud, y volvimos a estar solos, ganamos y perdimos elecciones. Y, sobre todo, el aprendizaje de que hay algo más importante que él, que yo, que los políticos (y él es ya un político): la Argentina.
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