
Diciembre se convirtió con el tiempo en la prueba de fuego de cualquier gobierno después de la crisis del 2001. Frases como “hay que ver como llegan a diciembre”, “hay que pasar las fiestas” o el tradicional “cuidado con los saqueos” en épocas de recesión, crisis y malestar social, son parte del staff permanente de dichos y premoniciones de políticos y periodistas sin importar el color político del gobierno (bueno, digamos todo, no sólo el periodismo y la política: todos alguna vez dijimos algo así).
Es cierto, no siempre los diciembres habían tenido esta connotación en nuestro país, alguna vez fue el mes en el que los argentinos recuperamos la democracia y, en cierta medida, la esperanza. Sin embargo, luego del 2001 parecía ser un mes de conflictos, un mes donde salvo por las fiestas los argentinos estábamos destinados a vivir con la zozobra de los problemas coyunturales, de las crisis permanentes y la incertidumbre del qué pasará tan propia de nuestras realidades.
Teniendo en cuenta nuestros antecedentes, nuestra falta de confianza y nuestro recuerdo latente de principios de siglo cuando la Argentina parecía desplomarse, cabe una sola pregunta aunque parezca, a simple vista, sólo parte de una fiebre que “en algún momento se nos va a pasar”, y es: ¿fue éste diciembre (2022) el que, gracias a la pelota rodando y un equipo de fútbol que pareciera transmitir muchos más valores que simplemente ganar partidos y salir campeón, cambió la lógica y la autoestima con la que encárabamos cada fin de año?
El espíritu de la Selección pareciera primar desde que ganamos el mundial. “Es solo fútbol”, se escucha por ahí, muy bajito, pero sabemos que es mucho más que eso. Fuimos nosotros, los argentinos, los que reconocimos y destacamos valores claves en esta Selección como que los liderazgos que se plantearon en este equipo son liderazgos sumamente resilientes, ejemplos de trabajo, método y plasticidad, factores claves del siglo XXI.
Sin lugar a dudas reconfiguraron nuestro diciembre, le dieron un sentido diferente, hicieron que millones de argentinos se manifiesten de alegría, que los helicópteros sean buenos augurios porque llevan a los campeones, que la política deba por un rato dejar la soberbia de creerse el centro para entender que las alegrías populares hoy, están muy lejos de su alcance. Fue un diciembre distinto, pudimos sacar todo eso que teníamos adentro (cansancio, frustración y desesperanza generalizada) y elegimos hacerlo alegremente.
Los que fuimos al obelisco o a la plaza de nuestra ciudad a festejar este triunfo después de la final más sufrida de la historia de los mundiales (no está chequeado esto futbolística ni científicamente pero así lo sentimos y es lo que importa), días más tarde recordábamos impresionados que nos habíamos abrazado con desconocidos, que saltábamos y cantábamos con desconocidos, y todos nos emocionamos hasta las lágrimas cuando se viralizó el video del cartonero al que le regalan una camiseta y se arrodilla en la calle. En fin, fue el mundial que nos demostró que podemos hacer cosas todos juntos y que podemos dejar atrás nuestras diferencias.
Es cierto, parece naif pero nos volvimos a ilusionar. No es menos cierto que se le pidió mucho a un equipo de fútbol pero que respondió con creces. Aferrarse a ese espíritu de unidad es lo que al menos al día de hoy, seguimos eligiendo y muchos esperamos que este sea el primer diciembre de muchos de alegría. ¿Será así? Depende sólo de nosotros.
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