Mi Selección

Durante estos días extremadamente movilizantes, mi verdad la encontré en la imagen de mi hijo Manuel. Su cara explota de luminosa alegría vistiendo los colores celeste y blanco

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Manuel Storani
Manuel Storani

Durante estos días extremadamente movilizantes, nuestras mentes han jugado con nosotros haciéndonos oscilar entre sentimientos y emociones que en segundos pasaban de la alegría a la angustia y al instante siguiente de la angustia a la alegría, poniendo a prueba exhaustos corazones que por momentos se escapaban del pecho y en otros casi los vomitábamos.

Promesas, invocaciones y conjuros se conjugaban y lograban concretar el milagro de la unidad de un pueblo bajo un mismo anhelo. Millones de personas, seres individuales con sus diferentes sueños a cuesta, juntos hacían fuerza para parir una criatura con forma de copa. Cada uno sabrá o no como lo vivió.

No es momento de sesudos análisis que vendrán en artículos, libros, películas y series desafiando la imaginación hasta más allá de lo ocurrido, de lo real. Filósofos y sociólogos buscarán sofisticadas explicaciones y pitonisas exóticas hallarán falsas verdades. Pasa pocas veces en la vida y el festejo no tiene moraleja ni enseñanza, simplemente se vive y se agradece la dicha de vivirlo.

Mi verdad la encontré en la imagen de mi hijo Manuel. Su cara explota de luminosa alegría vistiendo los colores celeste y blanco. Dos veces vio a Messi en cancha: una en el estadio Único de La Plata y la otra en el Monumental jugando por las eliminatorias no importa a qué mundial. La magia es él, Manu, mi selección, mi amor eterno.

Mientras yo, terrenal, seguiré mirando partidos en la tele con el volumen clavado en cinco… No vaya a ser cosa que aparezca otro camerunés como Roger Milla. Así es el amor, así es el fulbo. Manu, mi Selección.

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