
El mundo, sus cambios y vueltas, se modifica sin parar.
Se cambia. Se enaltece lo aborrecible tanto como la generosidad y el altruismo, se odia, se quiere, por razones nuevas –no se trata aquí de las causas de ese puñadito de palabras-, se producen en la ciencia a la par con la técnica, hechos de asombro, con una distancia mínima entre generaciones, las ciudades superpobladas ven avanzar la soledad como una patología en aumento.
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El Mundial pone delante la máxima globalización y la posibilidad de que una Babel contradiga el entretenido relato bíblico: un jugador de Senegal puede discutir con un inglés, por ejemplo, en un idioma desconocido y eficiente. Hombres y mujeres vuelven a la infancia: se pintan, cantan, se disfrazan, juegan. No se pone aquí lo de las mujeres y los hombres porque la presencia femenina vale como la masculina: una banderita en las mejillas encanta mucho más que cualquier maniobra de atracción. No es necesario, tanto que lo hacen igual los hombres y los géneros, pongamos, intermedios.
Los lugares comunes y resecos del progresismo ignorante y pasado de conceptos, dicen lo que hace un rato leí de un actor: “Es inexplicable que millones de personas se fascinen con 22 millonarios”. La solemne estupidez fue pronunciada con un orgullo intelectual tremendo. No entendió nada y se quedó de lo más satisfecho con su invalorable aporte al planeta. Difícil de soportar esa cortedad. ¿Qué tiene que ver? ¿Por qué hay que soportar la necedad y el envejecimiento de la inteligencia de unos petulantes que no leen, no caminan por las calles -la vida está en las calles-, sin algo de lucidez siquiera unos minutos?
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Es así. Los grandes jugadores del Mundial son muy ricos -las sumas son, como mínimo, de aturdirse- porque forman de un negocio enorme y porque ofrecen belleza, emoción, una realidad distinta, por relucir, una verdad ineludible: se gana y se pierde. Hasta el más impasible se suelta la melena y deja cualquier formalidad.
Ya verán cuando salgamos a ver qué pasa con Francia, donde los jóvenes jugadores de la Scaloneta se jugarán el todo por el todo. Deseamos la Copa sin excepciones, en la salud, en la enfermedad, en la pobreza, y los que no.
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Estará Messi, desde este punto de vista, uno de los hombres más poderosos de este tiempo. Antes de discutirlo, pido permiso para explicarlo: modos y formas del poder, hay varios.
Messi, un hombre joven que, sin embargo, es el mayor de chicos que vivieron años admirándolo y ahora, junto a él. Es el jefe de la manada, un macho alfa que une arte con inteligencia en segundos como nadie en nuestra época. Por eso estrellas de alguna selección europea le raspan grandeza, le encuentran defectos: la envidia va del brazo con el poder. No es un líder desaforado, sino un líder callado, aun cuando perdió la calma después de Holanda. El poder tiene que probarse.
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Los cachorros de la Selección se miran en el espejo, lo miran, se miran. Messi es el humano más conocido por la Humanidad redonda. Messi no tiene fronteras. Escucho de espaldas desde el televisor a una periodista destacada: “Nunca me interesó el fútbol. Ahora lo gozo, veo la mayor cantidad de partidos durante el Mundial, y está Messi”. Las ráfagas de Messi cuando parece decirse instantes antes “qué hago yo en un lugar como este”, de pronto cambian el ritmo con tal gracia estética y fuerza hipnótica, entre un bosque de piernas, empujones, codazos. Cae con frecuencia porque no encuentran cómo pararlo, pero no se queja. El líder no se queja: entra otra vez en la batalla.
Hay chicos con la camiseta del 10 y el apellido del capitán, en cualquier lugar de la Tierra. Lo ha visto, desde luego, en Barcelona, pero están en Estambul, en India, en Bangladesh, Kenya, Angola, Estocolmo o Ecuador. Es de todos, algo que llaman influencia, no solo fama, leyenda, personalidad psicológicamente diversa -habla, sí, con su manera particularísima-, pero preferiría callarse con los micrófonos si no se entrometieran contratos, transmisiones muy caras (deben hacerse un picnic con los medios oficiales), deberes profesionales y, no lo dejemos, corazón a mil en el pecho del hijo pródigo, pecador de haberse formado en La Masía catalana en lugar de los lúgubres vestuarios de un club donde no hubiera sido apreciado.
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El jugador, de hombros algo caídos, es de muchas maneras el hombre más poderoso. Con la notable dirección de Scaloni, desdramatizó el fútbol, el idioma terráqueo, y cambió a los jugadores más tatuados que existen en el deporte -como él, pero antes-: uno de los goles de Julián Álvarez, servido como con la mano por Messi después de una jugada individual endiablada, festejó con una sonrisa amable y dichosa, y corrió a abrazar a su ídolo casi irreal. Sin lágrimas de emoción, sin sobreactuar.
Los niños de cualquier lugar, en chozas o en palacios, lo adoran. Y él a ellos. Es más que los presidentes, los magnates gigantes, los dictadores bananeros o careteadores con disfraz de una honestidad que nadie cree. Más, mucho más, también en la infame invasión de Rusia, donde la existencia de Messi deja una luz, mientras quienes comen una vez al día sueñan con Messi al dormir.
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Se llama poder.
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