Diabetes, una historia argentina

Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir son solo dos ejemplos de la lucha de individuos notables que hicieron su aporte a las ciencias a pesar de la oposición ideológica

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El Premio Nobel Bernardo Houssay
El Premio Nobel Bernardo Houssay

Se estima que en el mundo hay 450 millones de diabéticos (datos del 2015), cuando hace 30 años había 110 millones. Bien podríamos decir que es la enfermedad del siglo XXI, con sus secuelas de ceguera, falla renal, coronariopatías, accidentes cerebro vasculares y amputaciones de miembros inferiores.

Si bien se la conoce hace siglos, fue Areteo de Capadocia quien le dio nombre (diabetes, del griego “sieve”, que quiere decir tamiz o filtro) por la poliuria que se acompaña de intensa sed y un voraz apetito.

Poliuria, polidipsia y polifagia, nos hacían recitar en la facultad.

Fue un médico hindú quien tuvo la peregrina idea de probar esta orina y se percató de su dulzura, por lo que los médicos romanos le agregaron la palabra mielitus –dulce como la miel– para diferenciarla de la diabetes insípida –circunstancia muy extraña que se debe a una lesión hipofisaria y produce una diuresis casi sin gusto, insípida, cómo el agua–.

Por casi 1500 años esto fue todo lo que se supo de esta afección, cuyo diagnóstico era una certera condena a muerte.

El doctor inglés Matthew Dobson (1732-1784) fue quien sugirió que este gusto dulzón, que tanto atraía a las moscas, era azúcar. En 1856, Claude Bernard (1813-1878), el padre de la fisiología, postuló y demostró que en el páncreas residía el problema, pero debió esperarse hasta 1889 para que Oskar Minkowski (1858-1931) y Josef von Mering (1849-1908) confirmaran la hipótesis de Bernard sacándole el páncreas a un perro y observando como este desarrollaba los síntomas de la diabetes. Antes de esto, el doctor Paul Langerhans (1847-1888) había descrito unas células distribuidas como islotes dentro de la estructura glandular del páncreas. Las llamaron “islotes de Langerhans” en su honor, pero el doctor no tenía ni idea de que estos islotes segregaban una sustancia que hacía bajar los niveles de azúcar en sangre y, por esta razón, a tal sustancia (cuando aún era una hipótesis su existencia) se le dio el nombre Insulina (de insulam o isla, en latín).

Si bien hubo científicos que dijeron aislar esta sustancia en la primera década del siglo XX, no fue hasta 1921 que Frederick G. Banting (1891-1941), con ayuda del entonces estudiante de medicina Charles Best (1899-1978), pudieron asilar y usar exitosamente dicha insulina.

Mientras tanto, algunos médicos habían tratado de hallar un tratamiento para esta afección que pasaba por una dieta estricta, muy estricta, que el Dr. Frederick Allen (1879-1957), su más acérrimo defensor, llamaba “dieta del hambre”. Mientras esperaban un tratamiento, mantenían a los pacientes vivos con una dieta de 500 calorías (lo normal va de 1500 a 2000).

Acá comienza la gesta argentina, porque para cuando Banting exigía compartir el Premio Nobel con su colaborador Charles Best, el Dr. Bernardo Houssay (1887-1971) ya era un avezado investigador en el tratamiento de la diabetes. Niño prodigio, Houssay a los 23 años ya era médico y farmacólogo, y a esa edad fue nombrado profesor de fisiología de la facultad de veterinaria. Durante su ejercicio profesional tuvo contacto con un caso de acromegalia (agrandamiento de manos y pies por la secreción exagerada de hormona de crecimiento en los adultos –en los niños da gigantismo–), por eso se dedicó al estudio de la hipófisis y en 1911 obtuvo su doctorado con una tesis sobre las funciones de esta glándula. En 1919 fue nombrado jefe del departamento de fisiología de la Universidad de Buenos Aires, lugar que convirtió en el centro de investigaciones más conocido e influyente de América Latina. Bajo su dirección se publicaron un millar de artículos sobre distintos temas ligados con el funcionamiento, no solo de la hipófisis, sino de otras partes del organismo.

Houssey sabía de los perros pancreatomizados de Minkowski y se dedicó a estudiar el efecto de los extractos de hipófisis sobre estos animales diabéticos. En 1929 descubrió que si a los animales se les extraía el páncreas y la hipófisis a la vez, estos no eran diabéticos. Tenían los problemas propios de hipopitituarismo, pero no les aumentaba la glucosa en sangre.

Una pequeña disgregación: hoy a muchos lectores les resulta chocante esta disposición de la vida de animales para realizar experimentos, pero resultaba y resulta imposible hallar tratamientos eficientes sin recurrir a modelos experimentales. Hoy está regulado la forma de tratarlos y respetar sus derechos.

La hipofisectomía propuesta por Houssey fue el primer tratamiento para tratar una de las complicaciones más temidas de la diabetes, la retinopatía, que conducía irremediablemente a la ceguera (cómo la que sufrió nuestro presidente Ortiz).

El método Houssey fue utilizado en el mundo a tal fin y por esa razón le fue concedido el Premio Nobel en 1947.

Para entonces, Houssey había sido despedido de su puesto porque en 1943, en plena Guerra Mundial, él y otros 150 intelectuales firmaron una carta contra el régimen nazi y el apoyo indirecto que el general Ramírez, cómo presidente de facto, tenía con Alemania. Debido a su prestigio mundial, Houssey fue restituido en su puesto, pero solo duró dos años.

En ese entonces, quien sería el otro Premio Nobel de Fisiología, su discípulo Luis Federico Leloir (1906-1987) optó por radicarse en Estados Unidos.

Houssay, a pesar de los ofrecimientos internacionales, no quería abandonar la Argentina. Gracias a su enorme prestigio siguió trabajando en el país después de haber obtenido el Nobel. A pesar de ser el primer médico latinoamericano en recibir este galardón, su nombramiento pasó desapercibido, sin homenajes ni reconocimientos en el país. En cambio, el púgil Pascualito Pérez, cuando ganó el campeonato mundial, fue recibido apoteósicamente.

En una carta a un colega de Harvard, Houssey expresaba su intención de crear en la Argentina un círculo de científicos de la más alta moral y calidad científica. “No cambiaré esta línea de conducta”. Desde Estados Unidos le enviaron recursos para continuar con la investigación a través de The Houssay Journal Fund. Con estos fondos pudo seguir con sus estudios sin el apoyo del gobierno.

A lo largo de su carrera contó con 24 doctorados honoris causae, y fue miembro de 200 sociedades científicas en el mundo. En 1960 le fue otorgada la medalla Dale por sus investigaciones en diabetes y en 1972, la OEA instituyó un premio con su nombre para investigadores latinoamericanos.

Mientras tanto, y con la colaboración de sus discípulos, continuó su ópera magna, Fisiología Humana, texto obligado de estudio para generaciones de médicos. Sin embargo, su logro más preciado fue la creación del CONICET, lugar apto para la investigación y desarrollo de la ciencia más allá de presiones políticas o ideológicas.

Luis Federico Leloir fue el único de sus discípulos que logró el mismo galardón, estudiando sobre un tema que el mismo Houssey le había sugerido, el metabolismo de los carbohidratos, otro hito en la investigación de afecciones como la diabetes y la galactosemia. En la década del 60, tanto la fundación Rockefeller como el Massachussets Medical Hospital le ofrecieron un contrato para establecerse en el país del norte, pero Leloir lo rechazó. Aun así, estas dos instituciones continuaron subsidiando sus trabajos en Argentina, que fueron reconocidos con el Nobel de la Academia Sueca y el Premio Hagedorn por su aporte al estudio de la diabetes.

Estas son solo dos historias de la lucha de individuos notables que hicieron su aporte a las ciencias a pesar de la oposición ideológica. Hoy en día, también hay que agregar las presiones económicas que influyen sobre la ética de los investigadores.

Por eso, en este día de la diabetes no solo piense en las consecuencias de la enfermedad y la necesidad de cuidarse (dieta, ejercicio, controles, etc), sino en todos los hombres y mujeres que han dado lo mejor de ellos para el desarrollo científico y en nuestros hombres de ciencia ignorados y despreciados por cuestiones ideológicas y económicas. ¡Qué país pudimos hacer con gente así!

* En el Día Mundial de la Diabetes, CAMEOF quiere recordar a estos próceres de la medicina que lucharon contra la adversidad y el despotismo, pero también pretende concientizar a la población de este flagelo que crece de la mano del sedentarismo y el consumo de azúcares, de la falta de ejercicio y una dieta adecuada. Solo el examen oftalmológico puede detectar las lesiones incipientes de la retinopatía diabética, que ya no requiere de la hipofisectomía propuesta por Housaay sino de una amplia gama de recursos terapéuticos (láser, antiangiogénicos, corticoides intravítreos, válvulas de glaucoma y vitrectomías) entre los que se destaca el estricto control de la glucemia. Por estas razones, consulte con su médico de confianza.

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