
En octubre de 2017, hace exactamente cinco años, publiqué en este mismo espacio una nota titulada, “Colegios tomados: educar también es enseñar valores,” motivada por la habitual toma de colegios en la Ciudad de Buenos Aires. Es claro que el paso del tiempo y aún el tremendo resultado de los prácticamente dos años sin clases presenciales, nada ha cambiado.
La historia se repite una y otra vez, las tomas de colegios son tan usuales como los paros docentes a principios del año lectivo; es parte de nuestro folklore educativo. En los hechos el resultado es el mismo, los chicos pierden días de clase que, si bien formalmente, puede que se recuperen, en la práctica sabemos que ello no sucederá. Es claro que el capital humano no lo están adquiriendo, a pesar de eventualmente cumplir con la formalidad de terminar sus estudios secundarios. Los predecibles resultados en las pruebas PISA que se acaban de administrar en nuestro país serán, una vez más, crudo testimonio de ello.
El lunes pasado, pocos días después de que culminó la toma de más de 20 escuelas secundarias porteñas, un grupo de estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires comenzó una nueva toma del mismo. En su momento, señalaba Infobae: “Los reclamos que más se reiteraban en los colegios giraban en torno a cambios en las viandas escolares, mejoras edilicias, rechazo a las prácticas laborales obligatorias en empresas y a la persecución política a los centros de estudiantes”. Por su parte, según un comunicado del Centro de Estudiantes del Nacional Buenos Aires, la nueva toma está motivada por un desacuerdo con la gestión de la rectora Valeria Bergman: “Las razones son claras: posicionarnos en contra de la gestión de Valeria Bergman de cara a la próxima elección de rector”.
Pero, sea cuál sean las razones, por más válidas que las mismas fuesen, ¿justifica ello que los chicos ejerzan la supuesta libertad de impedir su propia educación?
Los chicos se comportan como tales y tienen todo el derecho a hacerlo. Al fin y al cabo son adolescentes, es nuestra responsabilidad como adultos el educarlos. No existe duda que apoyar o aún permitir las tomas de colegios, por razones legítimas o ilegítimas, no es la forma adecuada de hacerlo. Es más, me atrevo a afirmar que los padres de los chicos que toman los colegios no son conscientes del daño que les están ocasionando a sus propios hijos.
En abril de 2018 años visitó nuestro país Jean-Michel Blanquer, Ministro de Educación de Francia. Es interesante resaltar una de sus expresiones que hace a la realidad que hoy nos toca vivir: “La escuela debe transmitir saberes pero también valores”. Diez años antes, Nicolás Sarkozy, por entonces candidato a la presidencia de Francia expresó una idea similar: “La escuela no es deliberativa, no es un coloquio permanente. La escuela es la transmisión del saber, de las normas y de los valores y, en el primer lugar, del respeto”.
Valores, he aquí la cuestión. Valores que, por cierto, representan una cierta forma de entender la sociedad, donde el ejercicio de la libertad, pero con responsabilidad, debe enseñarse a nuestros jóvenes.
Nuestro país requiere una verdadera revolución educativa, la cual debe ir más allá de verse reflejada en el resultado de los exámenes PISA. La revolución que se requiere es de mayor envergadura: debemos educar a nuestros jóvenes en los valores que son relevantes para su convivencia en una sociedad normal, en una sociedad donde cada hombre sea libre de realizarse tomando los riesgos que desee afrontar, accediendo al fruto de sus decisiones acertadas y pagando los costos de sus errores. Si no lo hacemos, la Argentina no tiene futuro.
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