
Esta semana la “novedad” fue la introducción de un anticipo del 25% del impuesto a los Bienes Personales, de manera de incrementar el precio del dólar oficial, para todos aquéllos que consuman más de 300 dólares con su tarjeta de crédito tanto en compras en el exterior como en turismo.
Lo llamativo es que, comparado contra el pico de finales del 2019, el Banco Central “atrasó” el valor del dólar oficial, precisamente un 25% entre esa fecha y hoy, tomando en cuenta el valor del peso y del dólar, descontadas las inflaciones de la Argentina y los Estados Unidos, respectivamente. Lo que los economistas llamamos tipo de cambio real.
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Paradójicamente, un país que cuyo Banco Central tiene que pedir prestado para mostrar algunas reservas en su balance se da el lujo de mantener baratas las importaciones que se pueden realizar y dificultar la competitividad cambiaria de sus exportaciones.
Por supuesto, esta mancha adicional queda oculta en el tigre que es el mamarracho de la política cambiaria en particular y de la macro argentina en general.
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En principio, el atraso cambiario, junto al atraso tarifario, deberían funcionar como “ancla antiinflacionaria” pero, como ratificó este viernes la medición del INDEC, los precios al consumidor siguen avanzando en el escalón del 6-7% mensual, rumbo a cerrar el año en torno al 100%.
¿Por qué no funcionan las anclas?
En primer lugar, porque un Banco Central sin reservas, no puede “garantizar” un precio creíble futuro del dólar oficial, y tiene que recurrir a restricciones crecientes y racionamiento de las importaciones, lo que implica que muchos precios se formen con incertidumbre respecto del acceso a dólares oficiales en precio, tiempo y forma.
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En segundo lugar, todas las idas y venidas en los aumentos, segmentaciones, y demás, respecto de los precios de la energía, también agregan incertidumbre a los costos que la demanda tendrá que pagar por sus consumos.
En tercer lugar, el desequilibrio monetario acumulado y la tasa de interés real negativa desincentiva el crecimiento, más allá del cortísimo plazo de la demanda de pesos.
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Finalmente, ya esta tasa de inflación hace que los acuerdos salariales y otros contratos empiecen a acortar su duración y a cuasi indexarse, generando una inercia endógena.
Cabe preguntarse, entonces, por qué un Banco Central, que intenta acumular reservas con urgencia, insiste en atrasar el precio del dólar para sacar de competencia a los exportadores, -además de restricciones y cupos varios a las cantidades a exportar-, mientras le sigue vendiendo, con racionamiento y prohibiciones es cierto, dólares baratos a los importadores.
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La respuesta corta, es que, en el actual contexto, el Gobierno considera que recuperar el atraso cambiario, y liberar exportaciones, encarecería los precios internos de los productos que tienen como base commodities que exportamos, principalmente los alimentos y que la respuesta del resto de las exportaciones sería muy modesta.
Asimismo, los precios de aquellas importaciones que todavía se fijan al precio oficial -sin incorporar las expectativas de devaluación futura- subirían.

Bajo este modelo, entonces, sería más costo inflacionario, sin mayor ganancia en las reservas que la que se logra administrando el racionamiento y limitando el acceso al dólar oficial.
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Pero limitar el acceso al dólar oficial incluye, además, el cepo a la compra de dólares para ahorro. Limitaciones para pagar créditos del sector privado libremente. Prohibiciones a la transferencia de utilidades, al pago de regalías, etc. etc.
Y este sistema es el que produce el coto de caza de los pesos para financiar el déficit fiscal y la renovación de la deuda interna, sin que esos pesos se vayan a comprar los dólares que el Banco Central no tiene.
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Por supuesto que esos pesos tratan de escapar de la jaula y, en su intento, presionan sobre el precio de los dólares libres aumentando la brecha, lo que a su vez genera mayores expectativas de devaluación e inflación y dificulta alguna remota posibilidad de recuperar reservas del Banco Central, salvo las provenientes de exportaciones que no pueden dejar de hacerse y de créditos de organismos multilaterales.
Esta es la realidad en la que estamos inmersos.
Hay un precio del dólar oficial atrasado, compensado con diferentes impuestos y restricciones. Y un dólar libre, “adelantado” producto de esas mismas restricciones. Ese es el problema de fondo, los “quince dólares” son la consecuencia.
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Se trata de un régimen completo, de desequilibrio fiscal y endeudamiento que llevó a desorden monetario, que obliga a cepos y prohibiciones, que vacía las reservas, crea brechas, genera el 100% de inflación y traba toda la relación del sector privado con el mundo, no sólo la de bienes y servicios, sino fundamentalmente, la de crédito e inversión directa.
Un régimen que se va agotando y que obliga a paliativos, pseudo ajustes y heterodoxias varias, para tratar de hacerlo durar lo máximo posible.
¡Y encima renunció Gallardo!
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