
Lamentablemente, en la Argentina parece haberse arraigado la costumbre de gobernar por omisión. Hay funcionarios que, evidentemente, viven con la impresión de que basta con esquivar el tratamiento de los temas incómodos -tantas veces como sea necesario- para que los problemas del país no se manifiesten. Y, sin embargo, allá afuera está el país, con sus penas a cuestas.
El ministro de Trabajo ha declarado una y otra vez que la reforma laboral no está en su agenda porque aduce querer proteger a los trabajadores de una supuesta quita de derechos, pero me pregunto qué opina, entonces, de la última medición del Indec.
Sí, la desocupación ha caído al 6,9% de la oferta laboral, pero el trabajo informal ha ascendido al 37,8% de los asalariados. Esta cifra (la más alta desde 2008) indica que la precarización a la que tanto decimos oponernos está, sin embargo, ocurriendo de hecho bajo nuestras narices: si la tasa de desempleo bajó 0,1% y la de trabajo en negro creció 1,9%, algo no está bien.
Ahora, un tiempo atrás los analistas decían que el problema del trabajo en la Argentina era la falta de competitividad de los sueldos: el salario en dólares más alto de la región, motivo de orgullo para algunos, era para otros la razón de todos nuestros males. Sin embargo, de ser así, el empleo debería haberse disparado en forma categórica en los años que siguieron, porque los salarios argentinos se desplomaron de manera tal que actualmente están entre los más bajos de la región.
El problema, entonces, no son los salarios, sino el pasivo laboral. Esta figura desconocida para el público general consiste en la deuda que los trabajadores suponen para sus empleadores en términos de eventuales costos resarcitorios. Es lo que lleva a que las empresas no valgan nada y, por ello, explica la baja propensión de los empresarios nacionales a tomar gente.
Propuesta de salida
Dicho eso, me niego a quedarme de brazos cruzados mientras mi país se hunde en la pobreza. Por eso he preparado una propuesta que brinda una solución superadora a todo este entramado disfuncional: la Mochila Argentina. Escribí un libro que analiza la cuestión del trabajo en nuestro país e, incluso antes de ser publicado en formato físico, ya está disponible para descargarse en forma gratuita en www.mochilaargentina.com. Imploro a todo el mundo leerlo y difundirlo entre sus conocidos: aún si no vende una sola copia en librerías, si es leído por suficientes personas en la web, tiene el potencial de cambiar el rumbo de nuestro país.
Allí detallo, en forma exhaustiva, por qué el sistema de pasivo laboral está agotado y por qué el Seguro de Garantía de Indemnización (SGI) es la única forma de salir adelante. Y antes de que nadie agite los fantasmas de la flexibilización, quiero reafirmar que la Mochila Argentina reducirá los costos de las empresas en un contexto de ampliación de derechos.
Con este nuevo paradigma, los trabajadores podrán llevar su antigüedad de empresa en empresa, como en una mochila, con lo cual tendrán mayor libertad para moverse en busca de mejores ingresos. Además, cobrarán su indemnización incluso si decidieran renunciar a sus trabajos, algo que marcará un antes y un después en la historia de nuestro país. Así, los trabajadores podrán tomarse tiempo para capacitarse (o incluso, simplemente, para tomarse un descanso) con la tranquilidad que significa poder contar con un ingreso estable -claro está, siempre que tengan antigüedad acumulada en su mochila-.
La indemnización también podrá cobrarse como complemento a la jubilación y será heredable, en caso de muerte del asegurado. Pero, sobre todo, pondrá fin a la industria del juicio laboral: todos cobrarán el 100% de sus indemnizaciones sin necesidad de pasar por tribunales, ni dividir el capital que legítimamente les corresponde con sus abogados.
Así, la Mochila reactivará el mercado de trabajo, reducirá el déficit fiscal inflacionario y pondrá fin al estancamiento económico que atravesamos hace una década. Es la última alternativa frente a las políticas de shock que cada vez más analistas piden para la Argentina. El momento es ahora: ¡que sea ley!
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