
Llega a su fin una semana que, sin lugar a dudas, fue la peor -al menos en términos políticos- para el gobierno desde el “veranito” que representó el desembarco de Sergio Massa en el Palacio de Hacienda.
A los datos alarmantes sobre la pobreza y la persistencia del alza de precios, se sumaron en apenas cinco días una sucesión de acontecimientos que dan cuentas del complejo clima social y político que atraviesa el país: el conflicto de los neumáticos con fábricas tomadas y las cadenas de producción de la industria automotriz virtualmente paralizadas, las desafiantes declaraciones de Pablo Moyano de cara a las paritarias de Camioneros, el campamento piquetero en la Avenida 9 de Julio, las tomas de colegios en la Ciudad de Buenos Aires, nuevos ataques mapuches en Río Negro, entre otros hechos de una sociedad cada vez más crispada y frustrada ante la incapacidad de la clase dirigente para resolver los problemas y conflictos.
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Si bien a dos meses de la asunción de Sergio Massa, teniendo en cuenta la debacle que produjo el portazo de Martín Guzmán y las respuestas de los mercados ante el efímero interregno de Batakis, resulta evidente que el balance provisorio de la gestión del nuevo equipo económico es positivo, el tigrense enfrenta nuevos y complejos desafíos a medida que se acerca el proceso electoral del año próximo.
En una situación que podría caracterizarse como de “tensa calma”, con un mercado cambiario relativamente estabilizado, la venia del FMI y un importante flujo de divisas fruto del éxito de la devaluación sectorizada para el campo (el denominado “dólar soja”), la persistente inflación sigue siendo, indudablemente, la principal amenaza para el gobierno. El 2022 cerrará probablemente con un incremento de los precios que estará por encima del 100% y, pese a que el Gobierno estima en el Presupuesto 2023 una inflación del 60% para el año próximo, la mayoría de los economistas ven una pauta inflacionaria bastante similar o, incluso, algo superior.
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Así las cosas, en un escenario de inflación persistente y generalizada, como era previsible, la desigual carrera entre los precios y salarios pareciera haber comenzado a convertirse en un problema que trasciende lo económico y se erige como un conflicto político con potenciales consecuencias en materia de conflictividad social. Los salarios reales no se han recuperado de la pérdida frente a la inflación de los últimos 5 años: durante el primer semestre del año los salarios variaron un 41,8% y la inflación un 46,2%, es decir, un retroceso del 3%. La reapertura de algunas paritarias (bancarios, seguros, neumáticos) seguramente profundizará esa brecha entre el promedio del salario real y la inflación, y disparará nuevos reclamos de los gremios y un aumento de la conflictividad sindical.
Es en esa clave en la que debieran leerse los tuits de Cristina Fernández de Kirchner, que amenazaron con reavivar los viejos fantasmas del internismo y “fuego amigo” que tanto daño le infligieron a la coalición oficialista. Su demanda de mayor intervención del Gobierno en la formación de precios y su pedido de “revisar” las ganancias de las empresas alimenticias no sólo es un mensaje dirigido a sus votantes “duros” que esperan coherencia discursiva para sostener el “relato”, sino que interpela al propio Massa sobre las medidas económicas que viene adoptando. Una advertencia a todas luces incómoda para un ministro que está convencido de que la inflación no se baja “persiguiendo” a los empresarios, con los que el ministro, percibido por el propio establishment como “promercado”, busca cultivar relaciones de mutua confianza.
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Por lo pronto, la “presión” de la Vicepresidenta ya tuvo un efecto concreto: en las próximas horas el ministro anunciaría que 70 mil millones de pesos provenientes de lo recaudado por el “dólar soja” se destinarán a un bono para garantizar la seguridad alimentaria de los sectores más vulnerables.
Massa sabe que, por ahora, sigue teniendo amplio margen de maniobra. Además, y a diferencia de sus antecesores, tiene un diálogo directo y fluido con la vice. Sin embargo, si pensaba que solo le alcanzaría con una precaria estabilidad que le permitiera “ganar tiempo” y llegar al proceso electoral con un mejor clima de expectativas, el mensaje de Cristina parece dejarle en claro que necesita mostrar resultados concretos mucho más rápido. La “luna de miel” dentro del Frente de Todos puede haber llegado a su fin.
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