
El Argos fue un periódico de la ciudad de Buenos Aires que apareció en el año 1821, al poco tiempo de haber caído el Directorio. Desde ese momento y hasta el intento fallido de Rivadavia en 1826, las provincias marcharon separadas. El Argos se ocupaba de los problemas de Buenos Aires. Recorrer sus páginas es una aventura deliciosa que nos transporta a un tiempo desconocido en lo que hace a la vida cotidiana, pero cercano y familiar, si dejamos correr las emociones que nos despiertan aquellos argentinos que pugnaban por un país mejor. En sus páginas hay dolor, pero también esperanza. Los editores y algunos vecinos que escriben nos hablan de una época que, vista desde hoy, puede parecer sencilla. Sin embargo, siempre se cuecen habas. No muy distinto de lo que ocurre en el presente. La considero una lectura provechosa para amigarnos con nuestro pasado y con nosotros mismos. El Argos dejó de aparecer en 1825.
Al recorrer sus ediciones, que se hallan en el Archivo General de la Nación, dentro de la colección Ernesto Celesia, leo con cierto interés una nota de julio de 1821: un vecino de Buenos Aires solicita ser escuchado ante los males de la campaña que, por lo general, no aparecen en los grandes libros de historia.
El vecino anónimo describe la vida, o mejor dicho, la mala vida de lo que denomina peón, pero que evidentemente se trata del famoso gaucho, arquetipo de la argentinidad. En ningún momento emplea ese nombre.
El texto comienza diciendo que a solo cuatro leguas de la ciudad, 22 kilómetros, el hombre industrioso necesita manos subalternas y asalariadas para la labor cotidiana. ¿Y cuáles son estas?, se pregunta el vecino. Los peones a los cuales identifica como libertinos, corrompidos y perjudiciales a la sociedad que, sin embargo, gozan de mayores ventajas que el ciudadano más útil y provechoso. Un peón no se halla sujeto a las leyes domésticas, se queja, son altaneros, insubsistentes en el trabajo, al cual abandona cuando se le antoja, haciendo un uso ilimitado de su libertad. Un pacífico labrador o hacendado se ve en la necesidad de introducir en su casa en condición de peón a un asesino, a un famoso ladrón o a un hombre inmoral y se ve expuesto de un momento a otro a sufrir la triste alternativa de que su casa, hasta entonces el asilo de la virtud, se convierta en el teatro donde se cometan horribles crímenes.
Más adelante afirma: no hay autoridad en la campaña. Exige una ley que determine el salario o el valor del trabajo del peón porque piden veinte, cuarenta o más pesos por su actividad. El oficial, el peón de un herrero y demás artesanos de la ciudad no pueden exigir más de lo que la costumbre le ha concedido. Costumbre que es una ley no escrita y que ha podido reglar los salarios de la ciudad y no se puede o no se quiere dictar una escrita que determine las labores del campo.
Luego se pregunta: ¿no escandaliza que las autoridades no hagan nada sobre un peón, un hombre sin familia, una persona corrompida? ¿Qué toleren este perjuicio público y permitan que se fomente la embriaguez, el juego y tantos otros vicios detestables? Difícilmente esté casada la vigésima parte de los peones de campo. Mal le puede ir a un país donde el celibato se generaliza hasta tal extremo. La política debe facilitar los matrimonios. Hombres que no tienen vínculos sociales ni reconocen obligaciones solo formarán una crecida tropa de ebrios, ladrones, asesinos y, más que todo, seres indiferentes a los bienes de la Patria.
Hasta acá, el vecino, indignado. Seguramente el hombre carga las tintas para ser escuchado por las autoridades. Sin embargo, la vida en la campaña se hacía tremendamente difícil si a este peón-gaucho le adicionamos el problema del indio. Cuatro años después, don Juan Manuel de Rosas escribía Instrucciones a los Mayordomos de Estancias, un intento de poner en letras cierto orden en la vida rural. Por ejemplo, intentaba impedir el vagabundeo del gaucho del cual hablaba el vecino cuando, bajo el título “Población en los campos de mi administración obligaba”, escribió: “No debe consentirse que se pueble nadie absolutamente a no ser alguno que yo en persona lo lleve y lo pueble. Deben celar los capataces sobre esto y el ayudante debe en cada recorrida verlo por sus propios ojos, a ver si esto se ha cumplido o no. En los terrenos no debe haber ningún nutriero ni debe parar nadie con pulpería ni con nada a no ser que vaya con licencia mía de carta sellada”.
Don Pedro de Angelis, un intelectual al servicio de Rosas, narra la siguiente anécdota: “Al preguntarle a un paisano por qué quería tanto a Rosas, me contestó ‘señor, porque no se podía vivir en el campo, antes que él fuese gobierno’. Hizo contra los indios su campaña del río Colorado y más tarde se apoderó del mando para dominar la anarquía”.
Evidentemente, el vecino anónimo pintaba la realidad. Finalmente, decir que, mientras el Estado no estuviera en condiciones de generar autoridad y reglar la vida social, algunos empresarios privados como Rosas intentaban imponer cierto orden que facilitara la vida en sociedad. Por eso suenan algo romántico los versos del Marín Fierro que dicen: “Yo he conocido esta tierra/en que el paisano vivía/ y su ranchito tenía y sus hijos y su mujer/era una delicia ver/como pasaba sus días”.
Ranchito, hijos, mujer. Dos visiones.
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