
Cuando hablamos de populistas, hay dos rasgos característicos que nunca faltan a la hora de describirlos: el primero es la creación de enemigos, internos y externos, sean políticos, empresarios, activistas, académicos, lugares, etc. Y el segundo es la necesidad inobjetable de la centralidad del poder; el Ejecutivo, Judicial y Legislativo, todos deben estar bajo el mandato del líder populista. Ninguno de ellos es más poderoso que el designio del gobernante, pero tampoco las gobernaciones, intendencias u otras formas de descentralización y, claro está, de la democracia.
Siempre que la Vicepresidenta de Argentina y varios funcionarios de su gobierno atacan a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (lugar en donde viven todos ellos, irónicamente), lo hacen usando argumentos que confirman lo anteriormente planteado. El ataque sucede porque la necesidad populista los obliga a crear enemigos que generen cierta homogeneidad entre “los suyos” y, si además será una oportunidad para poner en entredicho la descentralización y la misma Constitución, atacando un territorio gobernado por sectores políticos distintos, la oportunidad es única, pensarán.
Al escuchar a la señora Cristina Kirchner, en su hasta ahora última aparición, hablar de “repensar un poco el tema de esta bendita Ciudad de Buenos Aires”, recordé de inmediato el último libro escrito por el académico venezolano Moisés Naím, titulado “La Revancha de los Poderosos”. Y vaya que el título ya es bastante aplicable a esta situación. Es una revancha del poder, una revancha contra ciudadanos que electoralmente no los han acompañado y que han sido profundamente críticos contra un modelo que claramente no ha funcionado y que, además, ha alineado a este gran país con los peores regímenes del mundo, como Nicaragua, Cuba, Rusia, Irán y Venezuela.
En este libro, Naím desarrolla lo que él define como “Autócratas tres P”. Las tres P son el populismo, la posverdad y la polarización. Las tres se encuentran identificadas en ese ataque constante contra la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y, específicamente, en el último de la señora Vicepresidenta.
El populismo y la polarización ya la describimos, es el pan de cada día de quienes necesitan que la sociedad esté dividida y donde las instituciones sean cada vez más débiles, pues mientras menos fuerza tengan estas, menos fuerte será la democracia y más poder tendrá quien controle a “las masas”.
Luego tenemos la posverdad, claramente identificada en la falacia dicha por la propia señora Fernández de Kirchner, al asegurar que “la Constitución no habla de autonomía” de la Ciudad de Buenos Aires. Es falso y ella lo sabe, siendo, además de abogada, funcionaria desde hace muchísimos años y dos veces Presidenta. El artículo 129 de nuestra Carta Magna es bastante claro: “La Ciudad de Buenos Aires tendrá un régimen de gobierno autónomo, con facultades propias de legislación y jurisdicción, y su jefe de Gobierno será elegido directamente por el pueblo de la ciudad”.
¿Por qué entonces repiten que la autonomía no existe, o al menos no como se ha dado hasta ahora? Porque en la posverdad, los datos objetivos (acá la Constitución) tienen menos importancia para el público (en este caso los que siguen fervientemente a la señora Kirchner) que las opiniones y emociones. Lo que importa es posicionar el relato, la propaganda en la que los suyos repitan que la autonomía no existe; que la Ciudad de Buenos Aires reprime; que otras provincias tienen poco desarrollo porque en la capital las cosas funcionan, etc.
En Venezuela también ocurrió
Como los populistas actúan con recetas ya probadas y lo que suelen hacer es mejorar o adaptar las tácticas, debo mencionar que en Venezuela ya vivimos algo parecido. En 2008, el opositor Antonio Ledezma ganó la Alcaldía Metropolitana de Caracas, asumiendo la misma en 2009. Desde ese momento, Hugo Chávez, el padre de todos los males que hoy vive Venezuela, decidió inconstitucionalmente quitarle varias competencias a dicha Alcaldía. Y por si fuera poco, impulsó en la Asamblea Nacional la Ley Especial sobre la Organización y Régimen del Distrito Capital, para crear una figura paralela a la del alcalde metropolitano, bloqueando casi por completo la autoridad de Ledezma.
Los ataques contra el alcalde nunca cesaron y, a pesar de ser reelecto con más del 50% de los votos en 2013, dos años después, en febrero de 2015, ya con Nicolás Maduro a la cabeza de la dictadura, fue arrestado arbitrariamente. Tiempo después, la Alcaldía Metropolitana fue disuelta. El chavismo nunca jamás pudo digerir que aquella Alcaldía, en plena capital del país, la gobernara un opositor, siendo electo con tanta diferencia de votos. Los populistas, los autócratas, los enemigos de la libertad son así allá, acá, antes y ahora, siempre.
El problema es que, como todo régimen que busca ser hegemónico, nunca paran. Eso lo hicieron en la capital contra Antonio Ledezma, pero Hugo Chávez y luego su sucesor Nicolás Maduro también crearon la figura de “los protectorados”. Así, en las Alcaldías y Gobernaciones que perdían a pesar de las trampas, de las amenazas, de los recursos y las armas del Estado, decidían poner a un “protector” que sería un gobernante paralelo al legítimamente electo, quien además contaría con mayores recursos. Claro que esto ocurría porque ya en Venezuela no había democracia, ni instituciones, que precisamente son las que debemos cuidar, proteger y fortalecer en Argentina.
Es más que CABA
El ataque contra la Ciudad de Buenos Aires es en sí mismo sumamente peligroso y reprochable, pero lo que esconde detrás es todavía peor, pues no se trata solo de cuestionar la autonomía constitucional, sino de socavar el respeto por la institucionalidad de toda la Argentina, es por ello que no somos únicamente quienes vivimos en la capital del país quienes debemos estar alerta, sino cada demócrata del país. Contra la receta populista debemos defender la libertad y defender el cumplimiento de la ley.
Argentina necesita estar del lado de la democracia y con ello del verdadero progreso. La libertad es sinónimo de bienestar, y eso necesita este país.
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