
Si algo le falta al trágico cuadro argentino de miseria y hambre, es que el idiotismo los alce como bandera. En los últimos días, una simpática mujer de treinta y cuatro años, hábil declarante, diestra en el arte de vestir a su provocación con el traje de la ingenuidad, se paseó por los canales de televisión, y la pasearon, enancada en su proclama: no quiere trabajar a menos que le paguen ciento sesenta mil pesos por mes, vive feliz con los planes sociales que recibe y se pagan con los impuestos que aportan una sociedad a la que desprecia, denunció a los punteros que le cobran un diezmo de esos planes sociales, una estafa lisa y llana, denunció haber sido amenazada de muerte y sufrió un oportuno desmayo a la salida de uno de los canales de televisión que movilizó al 911, al SAME y al personal del Hospital Argerich para su pronta atención. SAME, 911 y Argerich también se financian con impuestos públicos.
La comedia fue perfecta. La provocación también. Y si bien Ibsen jamás la hubiera elegido para la Nora de su “Casa de muñecas”, la comediante tuvo sus quince minutos de fama, su breve instante de esplendor y el sacramento de sus mohines que, entre otros, rizaron con el dedo índice su pelo de un rubio receloso. Si se lo propone, hasta puede iniciar con esos escasos méritos exhibidos su campaña política. En eso debe estar, porque anticipó un eventual alzamiento de los movimientos sociales, si la oposición triunfa en las elecciones del año que viene. Eso es política de anticipación.
Los últimos datos del INDEC afirman que el país sufre un 37,3 por ciento de pobreza y un 8,2 de indigencia. Casi cuatro de cada diez argentinos son pobres. El 51.4 de los chicos menores de 14 años es pobre y, de ellos, el 12,6 son indigentes. Son cifras terribles que ocultan, bajo la frialdad de los números, una catástrofe a futuro cifrada en la salud, la educación y la seguridad de esos chicos, de su entorno y de los círculos concéntricos a los que alcanzan su infantil desdicha. ¿Era necesario que a ese drama ya inocultable se le agregara, como la frutilla de un postre indigesto, los disparates de la improbable Nora de Ibsen, que además tiene tres hijos que integran esa estadística de terror?
En su teoría sobre la banalidad del mal, que de alguna manera intentaba comprender al genocida nazi Adolf Eichmann, la filósofa alemana Hannah Arendt sostuvo que el Holocausto estaba trivializado, convertido en un procedimiento burocrático, por funcionarios incapaces de pensar en la consecuencia moral y ética de sus actos. Tal vez sea demasiado, pretender que nuestra heroína de quince minutos comprenda la consecuencia moral y ética de sus actos. Tal vez la comprenda y le importe nada: es tan traviesa, tan ocurrente, tan transgresora, que hasta se permite representar a todos quienes, como ella, cobran un plan social.
Se ha convertido, la han convertido, en una bandera que flamea con una singular premisa: todo aquel que trabaja ocho, diez o doce horas, que se alza en la madrugada y emplea una hora o más para llegar a su trabajo, y vive una vida de sacrificio en un intento, cada vez más difícil de mejorar su vida, lo hace porque quiere, porque le gusta.
Nuestra Nora de Ibsen quiere que sus planes duren hasta su cumpleaños número cincuenta: “Así no laburo más”, dice quien no labura.
Trivializar la pobreza, el hambre, el trabajo, la salud, la educación y el progreso es decisión de cada uno, execrable si se quiere, pero una decisión personal. Y cada quien baja las escaleras como quiere. Convertir a esos desechos morales en formadores de opinión, en estrellas fugaces y pestilentes de la tele, aunque sea por quince minutos, ya es otra cosa. Nadie nos pide tanto. Todo aquello que pueda o tienda a minar la moral pública, no debería ser exhibido ni siquiera como una curiosidad.
Nuestra heroína tiene un lema con el que abraza a quienes, como ella, perciben una ayuda social: “A nosotros nos gusta vivir al pedo”.
Que así sea.
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