
La gestión de Alberto Fernández logró una nueva proeza, una inflación mensual del 6,7% y del 55,1% interanual.
En su guerra contra la inflación, el Gobierno se supera día a día en lo mal que le va. Y es que si se aplican las mismas recetas que jamás funcionaron como el control de precios, los resultados no van a ser distintos.
En los 28 meses que lleva de gestión, Alberto Fernández acumula una inflación del 147%, mayor al 88,3% de los primeros 28 meses de Mauricio Macri y superior a los primeros 28 meses de Cristina Fernández de Kirchner que se ubicó en 76,3%.
En lo que va del año acumula una inflación del 16%, frente a la inflación acumulada del 3,2% de Brasil, del 4,4% de Colombia y del 1,1% de Ecuador. La Argentina lleva una inflación acumulada de los últimos 12 años del 2300%, muy por encima de la inflación del 84% de Brasil y del 16% de Ecuador.
¿Qué es lo que está sucediendo en la Argentina? La inflación es la pérdida del poder adquisitivo de la moneda. Dicha corrosión se ocasiona cuando el Estado, que gasta más de lo que recauda, recurre a la inyección de papeles de colores para financiar ese déficit. Como el peso es similar a cualquier otro mercado, al incrementar la oferta monetaria, con una demanda cayendo, el valor de la moneda se destruye.
Cuando se emite papeles, se crea la ilusión de que se puede consumir por encima de las posibilidades. Empero, al haber más dinero para competir por la misma cantidad de bienes, luego se traduce en una corrosión de la moneda.
Por ejemplo, si en la economía circulan 5 libros y $5, el individuo con $1 podrá adquirir 1 libro. Ahora, si el gobierno duplica la cantidad de billetes pero la cantidad de libros es la misma, para comprar un libro tendrá que pagar $2. Los precios aumentan porque el valor del peso cae por el exceso de impresión de la moneda. La inflación aparece cuando el poder de compra de la moneda cae.
En 2020 la base monetaria se expandió en $575.000 millones y en 2021 en $1,2 billones. Más precisamente, en el último año la inflación evidenció un aumento nominal del 40%, que se explica por la necesidad de financiar al Tesoro, vía Adelantos Transitorios y Transferencia de Utilidades, que totalizó los $1,7 billones. Más allá de que se esterilizó gran parte de esa emisión con Pases y Leliqs, en $1,8 billones, lo cierto es que es una bomba de tiempo que ya requirió de $1,4 billones el año pasado solo en concepto de intereses. Naturalmente, toda esa masa de papel que volcaron en la economía explica que hoy estemos hablando de datos inflacionarios tan alarmantes.
Por otra parte, la demanda de pesos sigue cayendo. En dos años de gestión no han propuesto una sola política para revertir la crisis de confianza, que se ha agudizado en el último período de tiempo, por lo que la gente se deshace cada vez más rápido de los pesos.
Como decía el economista austríaco, Ludwig von Mises, la inflación es antidemocrática. Con la moneda nos estafan para sostener un estado enorme e ineficiente que sólo beneficia a unos pocos. El mismo John Maynard Keynes decía que el gobierno, con la inflación, confiscaba una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos.
Mientras la mayor parte del mundo ha erradicado la inflación a partir de la década de los 60, en la Argentina seguimos discutiendo si “un poco de inflación” es buena o si la inflación es “multicausal”.
Más allá de los números, lo cierto es que nuestro país es un paciente con una enfermedad terminal. Su principal problema es que el Estado gasta más de lo que le ingresa. En ese caso tenemos dos caminos. El primero, es el que te permitiría crecer, bajar el gasto público y para ello es imprescindible encarar una serie de reformas estructurales: reforma monetaria, achicar el tamaño del Estado, reforma laboral, bajar impuestos, reforma del sistema previsional y apertura comercial. El segundo, es el recesivo, recurrir a formas de financiamiento que condenan la posibilidad de consolidar un crecimiento económico sostenible: incrementando impuestos, tomando deuda o emitiendo moneda local. Hasta que desde la política no se entienda eso, podemos olvidarnos de tener una moneda sana.
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