
El sistema alimentario mundial está deteriorado, no sólo por las secuelas de la pandemia o la crisis en la cadena de suministros, sino porque la invasión a Ucrania hizo desacoplar del sistema de abastecimiento global a uno de los principales graneros del mundo.
La guerra está amenazando a los cultivos básicos de las principales regiones cerealeras de Europa, haciendo que la escalada de precios de los commodities empeore paulatinamente. De hecho, Naciones Unidas ya ha advertido que los costos mundiales de los alimentos (ya en valores récord), podrían aumentar otro 23% a medida que la guerra sofoca el comercio y reduce las cosechas futuras.
Ante esta situación, los gobiernos en mayor o menor medida están tomando distintas acciones, algunos intentan mantener los suministros de alimentos cooptados en sus mercados internos, haciendo que la inflación mundial de alimentos tengan bases más sólidas para mantenerse. Otros, aprovechan para exportar todo lo que pueden para cubrir los déficits de reservas aprovechando la subida internacional. Y también están los que han tenido y tienen problemas de producción, ejemplo Brasil, Canadá y EEUU que el año pasado atravesaron sequías paralizantes. Es decir, en el sector agropecuario mundial hay efectos multicausales que hacen que los precios no paren de subir.
Eso no es todo. Si a lo anterior le agregamos que Rusia, uno de los mayores proveedores de fertilizantes, a partir de este mes, reduce las exportaciones avivando los temores de escasez de insumos agropecuarios. Sumado a que en Europa el aumento de los precios del gas natural (insumo clave para la producción de fertilizantes nitrogenados), por escasez ya ha obligado a algunas instalaciones a reducir la producción, y que el precio de los combustible, que utilizan los productores agropecuarios para calentar y hacer funcionar los equipos para producir alimentos, también se está disparando, es fácil llegar a la conclusión que en el mundo todo lo referido al cultivo de alimentos se está volviendo más caro.
Ahora bien, ¿cómo afectará esto a la Argentina? En primera instancia, tal situación obliga a replantear las proyecciones económicas del acuerdo con el FMI. En el corto plazo, el alza de los precios de los productos agrícolas generará más agro-dólares y en contraposición todo lo que sea energía (petróleo y gas) será más costoso. Es decir, lo que no se ve claramente es si es posible achicar el frente fiscal en este contexto como lo está pidiendo el FMI con un mundo en delay que no traccionando como se pensaba. Si bien en este escenario el país estaría saliendo favorecido, puesto que en términos de ingresos de agro-dólares sobrepasaría el déficit energético que hasta ahora se plantea, el punto clave es definir qué pasaría si esto no sucede.
Esta situación es conocida por el FMI. En este escenario de situación global, las decisiones económicas de consumo o inversión evidentemente se pospondrán y algunas se frenarán por completo, haciendo que inversores busquen posicionarse en activos de menor riesgo. Es decir, el viento de cola será menor para todos por la suma de incertidumbre en un mundo que se estaba sanando y ahora parte entró en guerra.
Ahora bien, si los ingresos de agro-dólares no son mayores que el déficit energético ¿cómo se hacer para no incumplir con el objetivo del 2,5% de déficit primario? Los caminos en este punto son claramente dos. El primero renegociar el objetivo del déficit, o licuar otras partidas del gasto (transferencias a las provincias, y programas sociales). Ambos meterán ruido en la economía.
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