
“Cuídate de los idus de marzo…”
(W. Shakespeare en La Tragedia de Julio César)
Sólo la historia dirá cuánto realmente hemos aprendido de los terribles días que se sucedieron luego del 24 de Marzo de 1976. Pero debo reconocer que habíamos sacado pocas lecciones del tiempo que le precedió, que venía incubando, sin demasiado maquillaje, los componentes de una devastación sin par. Es arduo establecer cuándo habíamos perdido el rumbo como sociedad y, en definitiva, contribuido a gestar de mil maneras, el peor de los males y más difícil aún es saber por qué no pudimos frenar a tiempo, privilegiando rescatar la República por encima de ambiciones sectoriales.
Un contexto histórico de confrontación había marcado a varias generaciones, que casi sin advertirlo renunciaron a la expectativa de elecciones para definir el rumbo como país. Proscripciones, autoritarismos, una sucesión de golpes de estado, atentados, un gobierno a la deriva y el marco deslumbrante de la posibilidad de acceder a una Patria Socialista hacían que los mecanismos formales fueran desechados como el puente a un país anhelado, igualitario, casi en las fronteras del paraíso terrenal. Había que tomar atajos.
El partido político mayoritario enfrentado fratricidamente, un renunciamiento ex–profeso de mecanismos institucionales de resolución de conflictos, la persecución ensañada a artistas populares por grupos parapoliciales nacidos al abrigo de la estructura gobernante y una apuesta de las organizaciones revolucionarias al “cuanto peor mejor” iban pavimentando el acceso al infierno, con los militantes de base y los ciudadanos de a pie, desguarnecidos frente a la cruenta persecución que se estaba gestando en silencio, en el interior de los cuarteles.
No supimos escuchar, no quisimos ver, no pudimos. El vértigo político y la imposición de enemigos a vencer fue más fuerte que salvaguardar la democracia. El dolor y las pérdidas nos igualaron después, nos sentimos hermanados ante la crueldad y la muerte. Pero ya era tarde. No había un solo lugar en todo el territorio donde alguien pudiera estar verdaderamente a salvo.
Nos desentendimos del aviso que escribiera el genial escritor inglés, y que muchos siglos antes alguien le transmitiera al mismísimo César unas horas antes de su muerte; “Cuídate de los idus de Marzo”. Una fecha que se convertiría en el símbolo de atrapar el poder mediante el asesinato político. Un salto al vacío, un arrojarse hacia la nada.
Reitero; ¿cuánto hemos aprendido desde esos días a hoy? ¿valoramos la importancia de salvaguardar las instituciones y al mismo tiempo mejorarlas? ¿tratamos a nuestros pares como habitantes del mismo país? ¿somos conscientes de las posibilidades, pero a la vez la fragilidad, de un sistema que se basa en nuestras propias conciencias y en el actuar de cada día respetando normas y leyes?
El solo hecho de tener que preguntarnos estas cuestiones parecería querer decir que aún no hemos crecido lo suficiente, que cada quien no ha aportado una profunda autocrítica de aquellos tiempos de plomo. La justicia ha decretado culpabilidades y ha establecido responsabilidades. Las fechas están establecidas para recordar y reflexionar.
Pero demasiadas cosas me dicen que falta mucho todavía y que los líderes de aquellos años no han estado a la altura de sus responsabilidades. Falta explicitar roles históricos erróneos y es baja la intensidad con que muchos protagonistas políticos defienden la democracia. Se han vuelto a utilizar odios y enfrentamientos, que debieran haber dado paso, hace mucho tiempo, a una nueva mirada con proyección al futuro. Abrir oportunidades para las nuevas generaciones.
Solo espero que esta fecha, infausta entre las peores de nuestra historia, nos siga protegiendo del desatino y no se convierta en un impensado trampolín hacia el desvarío. Ahora no podremos decir que no sabemos lo que significa ignorar el contundente legado que este “idus de Marzo” comporta en lo más profundo de su mensaje;
Nunca Más, Nunca Más, Nunca Más…
* El autor es escritor mercedino, docente rural jubilado. Fue militante de la UES y estuvo exiliado
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