
Al conseguir un acuerdo entre las principales fuerzas políticas para aprobar el entendimiento con el Fondo Monetario Internacional, la Argentina ha logrado evadir un default que hubiera traído enormes problemas para un país que arrastra al menos una década de estancamiento, altísima inflación y un alarmante aumento de la pobreza.
Conformado en torno a una modesta hoja de ruta de metas fiscales y monetarias, que -en caso de ser cumplidas- pueden contribuir a ordenar el caos macroeconómico en el que la Argentina se encuentra inmersa, el acuerdo puede significar un primer paso para enfrentar los problemas que desde hace años se vienen acumulando.
Algunas circunstancias complican adicionalmente el panorama actual. Naturalmente, el acuerdo no ha logrado despejar los grandes problemas que aquejan al país. El mínimo entendimiento logrado no sustituye la falta de un consenso político interno -expresado de forma brutal por las disputas a cielo abierto en la propia coalición oficialista- ni en su relación con las autoridades del Fondo Monetario Internacional.
El acuerdo con el Fondo, en pocas palabras, resultó una medida necesaria. Pero insuficiente para resolver una dramática situación económica que parece no tener salida.
Una realidad a la que el Gobierno Nacional ha adicionado problemas en estos más de dos años de gestión. En medio de las penurias, el Gobierno Nacional se congratula de no tener un plan económico. Apenas el permanente recurso de aumentar o crear nuevos impuestos que destruyen a la Argentina productiva, estimulan la huida de los ciudadanos con mayor capacidad económica y fomentan la gran emigración de parte de la población más joven del país.
Con el consiguiente corolario de que un país que expulsa a quienes pueden invertir y que ahuyenta a los jóvenes es un país condenado a un presente y a un futuro de pobreza.
Después de más de dos años en los que la Administración pareció buscar entretener a los argentinos en una interminable negociación con los organismos de crédito, resulta inevitable ser embargados por una sensación de haber alcanzado el entendimiento como un recurso de último minuto al borde del default y no como consecuencia de una estrategia de negociación consistente.
Es en ese sentido en que este acuerdo, logrado para evitar una catástrofe mayor, patea crecientes vencimientos para la o las próximas administraciones. Hoy no logra revertir las expectativas de una economía que carece de márgenes para el error, en un marco de reservas netas nulas y ante la falta de credibilidad extrema que despiertan las actuales autoridades.
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