
Volodimir Zelensky, presidente de Ucrania, se ha convertido en los últimos días en protagonista principal en la cruenta e inexplicable invasión militar rusa que sufre su país. Su figura de líder de la resistencia ha tomado relevancia y se agiganta mientras combate contra uno de los mayores ejércitos del mundo en evidente inferioridad de condiciones.
El actor cómico que en la ficción encarnaba a un ‘presidente’ que afrontaba y superaba problemas de todo tipo (lucha contra la corrupción e incluso una defensa armada de las instituciones del país) en la exitosa serie “Servidor del Pueblo”, hoy se encuentra “en la realidad” dirigiendo de manera heroica los destinos de su nación, resistiendo los embates militares e intentando sostener su soberanía ante el masivo despliegue de las fuerzas invasoras de Vladimir Putin.
Su firmeza y decisión para enfrentar estos problemas y su determinación para involucrar al resto del mundo libre en su ayuda, han dejado atrás las dudas que pesaban sobre él cuando ganó las elecciones presidenciales en 2019 y lo han convertido en un líder respetado por sus ciudadanos y comprometido con su país.
De este lado del mundo, el presidente Alberto Fernández recorre el camino inverso. Su discurso ante la Asamblea Legislativa por la apertura de sesiones ordinarias del Congreso no ha sido otra cosa que un mal libreto de una aún peor serie cómica televisiva que lo encuentra como protagonista en una lamentable actuación. La negación deliberada de la realidad, la subestimación de los hechos (y de los argentinos que intentan llegar a fin de mes y hacer valer sus magros ingresos ante una inflación superior al 50%) y el humillante papel al que lo somete la vicepresidenta cada vez que puede, degradan su figura y lo muestran como un presidente sin rumbo, vacío de poder y en una realidad paralela. Subestima el presidente la inteligencia de los argentinos cuando dice las mentiras que dice e intenta mostrar una realidad que no es. Sobreestima sus capacidades cuando promete una y otra vez sin tomar en cuenta que es la palabra del presidente de la nación la que se hace polvo ante cada incumplimiento. El presidente en quien hace solo dos años gran parte de la población depositó su confianza en que podría ser la persona para unir a los argentinos y resolver los problemas, se empecina en esmerilar su figura día tras día. No logra ni siquiera tener asistencia perfecta de sus principales figuras a una cita obligada de la democracia como es el inicio de sesiones ordinarias.
El presidente dice una cosa y hace otra en la creencia de que no nos vamos a dar cuenta o, lo que es peor, que no nos interesa. Una fiesta que no debió haberse hecho, un vacunatorio vip que nadie reconoce, una derrota electoral que se festeja como una victoria y de la cual no toman nota, un acuerdo que nunca se acuerda, una condena a los regímenes autoritarios que no llega, una indefinición respecto de la condena de la invasión rusa a Ucrania que no es lo clara y determinante que debería ser y así van las cosas. Todo parece transcurrir en una mala sitcom con el papel protagónico de Alberto, que de presidente respetado se convirtió en un deslucido actor cómico.
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