
Sarmiento fue y sigue siendo un genio adelantado. El padre del aula decía: “Todos los problemas son problemas de educación”. Estas sabias palabras las repetía cuando nuestro sistema educativo era todavía incipiente. Hoy Domingo Faustino Sarmiento vería con suma tristeza que la educación, que es la esencia propia de su existencia, ha dejado de ser el motor de la movilidad social ascendente
Si bien la decadencia del sistema educativo antecede a la pandemia; las desacertadas medidas del gobierno de cerrar las escuelas no hicieron más que profundizar el problema. Si antes de 2020 hablábamos de crisis educativa, ahora estamos frente a una catástrofe. Sin embargo, algo para rescatar de los dos últimos años es que ya nadie puede hacerse el distraído porque la educación se ha vuelto un tema central de la agenda pública.
Existe una premisa que se repite en estos tiempos: “Hay que desarrollar un plan serio para que todos los chicos vuelvan a la escuela y recuperen los aprendizajes perdidos durante la pandemia” Sin dudas que esto es cierto, es fundamental y es urgente; pero con ésto solo no alcanza. Por eso desde la Fundación Pensar estamos elaborando planes de gobierno que buscan reparar lo que el sistema le ha negado a cientos de miles de chicos, jóvenes y adultos que quedaron por fuera de la escuela, o no aprendieron acorde a lo esperado dentro de las mismas. Pero también estamos diseñando planes de gobierno que miran el mediano y largo plazo y que buscan transformar de raíz un sistema que se ha enquistado por peleas sectoriales y debates superficiales que no ponen el foco en el aprendizaje de los estudiantes, que es fin principal de la educación.
Permítanme volver a Sarmiento, por quien siento una profunda admiración. En una Argentina despoblada, condicionada por las peleas internas, y con el 78% de la población analfabeta, un soñador audaz, convencido del poder de la educación, construyó en su presidencia 800 escuelas que permitieron educar a 70.000 niños (contra los 30.000 que asistían al comienzo de su mandato). Impulsó con sus medidas la verdadera “Educación Popular” como tituló a su principal libro sobre la educación que, en sus palabras, debía “enseñarles a todos lo mismo, para que todos sean iguales”.
Ahora me pregunto y les pregunto: ¿Cómo puede ser que en la actualidad haya chicos que pasan de grado a pesar de no haber logrado los aprendizajes mínimos que se esperan? ¿O por qué tantos adolescentes terminan la escuela secundaria sin comprensión lectora ni un nivel mínimo para hacer cálculos matemáticos? Entre otras cosas, este escandaloso retroceso es consecuencia de haber barrido los problemas debajo de la alfombra con discursos que se disfrazan de progresismo hablando de la estigmatización de los chicos, de evitarles la frustración y otros principios facilistas.
No hay nada menos progresista que negarle el derecho a leer y a escribir a una persona. Las palabras nos ayudan a ordenar el mundo, a enriquecer nuestra mirada, a comunicar nuestras ideas, a expandir nuestro horizonte. No se puede progresar sin comprender textos.
Si la razón de ser del sistema educativo es que los chicos aprendan, la escuela debe estar en el centro. Es en las aulas donde acontece -o no- el aprendizaje. Y si hablamos de escuela, hablamos de docentes y directores. Son ellos quienes hacen posible la educación. A lo largo de la pandemia, hemos visto cómo la gran mayoría de los directores y los docentes hicieron esfuerzos enormes para sostener la continuidad pedagógica de sus estudiantes, acompañar a las familias y hasta en algunos casos asistir con alimentos, a pesar de las dificultades y la falta de recursos. En este sentido, la pandemia puso en valor el rol docente y a la escuela como institución imprescindible para nuestra vida en sociedad.
A su vez, la falta de directivas claras y los recursos escasos por parte de los ministerios, permitió a las escuelas contar con mayor libertad para decidir qué y cómo enseñar, generando propuestas pedagógicas más situadas a las posibilidades y el contexto de cada comunidad educativa. Este cambio fue positivo y el Estado debe seguir acompañando con capacitaciones, recursos y con un sistema de evaluación robusto que permita a la propia institución reflexionar sobre sus prácticas pedagógicas para mejorar su calidad de forma continua.
Vimos en este tiempo también emerger un actor que es imprescindible si queremos reconstruir un sistema educativo virtuoso: las familias. Con los chicos aprendiendo en sus casas, los adultos se involucraron más en los procesos de aprendizajes, apoyando y acompañando a sus hijos en todo el camino. Tomaron un rol activo para defender la presencialidad e hicieron visibles los perjuicios que el cierre de las escuelas trae para sus hijos. Dentro de las comunidades educativas las familias juegan un rol fundamental que debemos consolidar abriendo espacios de participación activa.
La bisagra que significó el Covid en nuestras vidas tuvo sobre la educación de nuestros niños, y jóvenes efectos aún difíciles de dimensionar en su totalidad. Hoy somos más los convencidos de que Sarmiento tenía razón, que la educación es el pilar del desarrollo de las personas y de la sociedad. En un nuevo aniversario de su natalicio, tenemos que renovar el compromiso de trabajar por una educación que ponga los estudiantes en el centro, revalorice y jerarquice la tarea docente y haga de cada escuela un lugar en que los chicos y sus familias se sientan bienvenidos, abrazados y motivados para aprender cada día y para alcanzar un futuro con progreso y libertad.
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