
Poco, nada ha cambiado la cara de Nahir Galarza. Es la cara de una chica de ojos castaños, piel transparente, una sonrisa que asoma alguna vez tenue y fugaz. Se la ve frágil. Como cuando revela en la cámara que carga un arma pesada después de matar a Fernando Pastorizzo, en Gualeguaychú. Fue en 2017, a las cinco y media de la mañana, en noviembre. Camino hacia la casa donde iba a echarse a dormir después de poner sobre la heladera la Browning 9 milímetros semiautomática del padre policía, Marcelo Galarza. La dejaba siempre allí al llegar, como un cesto de frutas o un florero.
Detenida, juzgada y condenada a perpetua, tenía 19 años. Nunca tan joven y para siempre.
Nahir y Fernando. Los novios. Hay un “esquema novios” en muchas, demasiadas historias que en alguna parte se disparan por una relación, pongamos de noviazgo, con parejas descentradas, sollozantes. Posesivas. Con violencia. No sé la razón, pero pasa todo el tiempo que novios adolescentes y un poquito más se reprochan, se vigilan. Los celos y las humillaciones se suceden. Los golpes también. En un audio se escucha a Pastorizzo, de 20, llorar porque Nahir le había pegado. Quizás ella también recibió sacudidas y cachetazos. El esquema. Se dirá que es un tramo de la vida que incluye la ruptura y el acercamiento, las reconciliaciones en sucesión.
Es distinto: la carga dramática y dolorosa de las rupturas no tiene que ver con la concatenación de peleas y rencores severas, la pelea adictiva. Peligrosa. Frecuente. Muchas quedan registradas por una manera de relación donde el sexo no es una montaña a vencer. Está dado. Lo complicado es que jugar a los novios es un truco. Somos y no somos. A veces sí. A veces no. Nahir Galarza mató a Pastorizzo y negó que fueran novios varias veces. El modo se repite en tragedias con celos o sumisión sin el menor atisbo de proyectar, pasarlo bien, nada. El lado lunático, la cuerda floja. La honrosa trayectoria del periodismo criminal en nuestro país con investigadores, escritores y claridad al informar lo saben bien y saben de qué se habla. En el inevitable boliche -Karina , para Gualeguaychú- se sucedían episodios del reñidero amoroso que terminó con el asesinato y la prisión. ¿Por qué murió Fernando? ¿Por qué mató Nahir? Casi lo mismo que decir quién es Nahir, cómo ha vivido (y matado), qué piensa. Con pocos años le han caído todos los vividos en adelante. Estremece todo.
Nos hemos acostumbrado a usar la palabra psicópata hasta gastarla. Quién se especializa en psicopatía de forma completa (Doctor Hugo Marietán, digamos), explica que un psicópata nace. No es la escultura de una situación. Su objetivo es el poder. Los demás son instrumentos. ¿Cae en esa definición Nahir Galarza? ¿El poder? ¿Cuál? Es pregunta de ida y vuelta. ¿La compartimos?
El tribunal fue rápido. Se la veía caminar armada, contó la muerte de Fernando, confesó. En el principio sin vueltas. Luego por un descuido, quiso corregir. De frente y ya caído por la espalda, no pudo sostenerlo. Demostró cómo cargar y descargar la pistola. Sabía. ¿Docencia difícil de clasificar ejercida por Marcelo Galarza, padre y policía? Tiene que ser.
Retrato subjetivo de Nahir.
Hay algo en las fotos que conforman un idioma o una posibilidad de descifrar el momento. El tiempo detenido revela. Seguir las miradas, las manos, la boca, cuentan.

Nahir Galarza no llora. No hay relación entre lo que sucede y la expresión. ¿Puede ser una de las caras del miedo? ¿Es el peso de la enormidad que paraliza? ¿Fue formada para no expresar ni decir sin indicaciones? ¿Es el modo en que creció dentro de paredes, sonidos y voces que solo ella conoce?
El retrato subjetivo -no puede ser de otro modo con excepción de lo comprobado y lo pronunciado en la Justicia- se limita a contemplar pero por algún camino dice. En ocasiones la sonrisa de Nahir se hace más abierta. En alguna está con los padres, muy altos, como en alguna alegría y afecto. Pero tal vez no. Las fotos posadas son así. Todos contentos.
Durante las horas de detención y juicio Nahir está ausente, abstraída, hasta que acepta el asesinato. El retrato subjetivo recorre clicks y fogonazos. Algo sucede en ese viaje por los gestos y los significados. Nahir Mariana Galarza encuentra algo que suspende el aire. Le dice a este diario: “Si no estaría acá, estaría mucho peor”.
Surge otra versión.
Al cabo de cinco años –Nahir en la cárcel de Paraná, ataques, protección, amistades- consigue y ruega comunicarse con Raquel Hermida Leyenda, abogada de prestigio en delitos de género que en algunos casos terminaron en la muerte. Por alguno de ellos ha sido amenazada. Nahir Galarza quiere ser escuchada: “No fui yo. Mi padre mató a Fernando”. No agrega por qué nunca arguyó esa trama, esa tremenda revisión. Lo probado era demoledor. Las demostraciones han sido irrebatibles, pero ese enfoque se apoya en la violencia familiar, el autoritarismo de acatamiento impuesto desde siempre, se agrega y asegura que fue abusada año tras año por un tío paterno también integrante de la policía (¿ese delito, siempre difícil de probar por miedo, si fuera cierto tendría algún lazo con Nahir, Fernando, los tiros 9 milímetros, los pasos rápidos después con la Browning en la derecha, el cuerpo erguido?). Son campos distintos, pero pueden mezclar aguas si se abren compuertas como las de ahora.
En tanto, los padres se separan ya de manera expresa: todo había terminado antes. Y Yamina Krojh, madre de Nahir, declara creer en su hija y en la muerte de Fernando, que los hubiera seguido y tiró dos veces o manejó a la hija como un ejecutor autómata. El motivo no aparece, sin embargo. ¿Cuál era la razón? El vuelco se inclina hacia sistema judicial que lapida con mayor velocidad y de modo implacable en los cargos si se trata de mujeres. Que Nahir no estaría en la cárcel y Fernando viviría.
Es significativo que a Yamina, la madre, se le haya dado un botón antipánico. Es significativo que se haya reforzado con medidas especiales la seguridad de Nahir en la prisión de Paraná. Y desde luego más significado que se trate de cosa juzgada que no puede volverse atrás, a menos que ocurra lo que Hermida Leyenda ha hecho ya: un recurso en queja a la Suprema de Justicia de la Nación.
Si la Corte algún día entendiera -que podría hacerlo de varias maneras-, cualquiera podría optar. Hay mucho peso ya en la diaria: el verano ardiente y la sequía, los precios, el empobrecimiento que muestra los colmillos, la plaga, hay series, hay libros, hay sueños. Si no se consigue salir de la pequeña y enigmática Nahir, un buen consejo para no dar un salto desagradable podría ser detenerse ahora: no pases esa puerta.
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