
La sociedad argentina parece confundida. Olvida que los ingresos los consiguen exclusivamente los individuos a través de actos entre privados. Remontando las trabas impuestas por el Estado o ayudados por funcionarios, cada persona, física o jurídica, intenta superar obstáculos, desarrollando habilidades y coordinar actividades, contratando negocios personales, incentivados por la Propiedad Privada.
Para el fundacional filósofo David Hume, los logros de toda sociedad dependen de la estabilidad de los derechos y propiedades. Abarcando el cumplimiento de los compromisos y la transferencia por consentimiento. Esto es, la fortaleza de los convenios, evitando violaciones a los derechos acordados. La competencia es un proceso cooperativo, en tanto rijan normas estables e iguales para todos.
La principal dificultad de la Argentina es precisamente la fragilidad de la propiedad privada, la capacidad de contratar en un contexto volátil. Los presupuestos se alteran bruscamente y pierden sustento. El riesgo país, una medida de la desconfianza en el cumplimiento de los bonos del Estado, lo confirma.
Tamaña desconfianza respecto de las obligaciones agudiza la dificultad de contratar, siempre sujetas a cambios normativos y actitudes del Estado.
La confianza en la propiedad, el principal incentivo, está fuertemente deteriorada por funcionarios que desentienden la incertidumbre que causan con medidas discrecionales.
La gran razón de falta de competitividad del país no es el tipo de cambio si no la imprevisibilidad normativa y los actos del gobierno. Todas las ocupaciones están dañadas por la incertidumbre (falta de conocimientos y perspectivas de los actos de funcionarios).
En la era del Conocimiento se alteran las regulaciones y contraen las libertades, hasta la de informarse donde mejor convenga a cada uno, según su propia mirada. La prohibición de autorizar la venta de pasajes al exterior a crédito y el violento aumento del costo consecuente de un viaje en avión alertan aislamientos y riesgos por venir, de la mano de un gobierno que dice no querer “ajustar”, cuando no hay nada más bienvenido que enderezar al país.

El problema son los gobernantes que proceden como si el mundo se iniciara con su gestión. Desprecian al pasado y a la ciudadanía, reorganizando, cambiando reglas a su antojo, y desorientan todas las actividades. Las redistribuciones forzadas empobrecen, contraen los patrimonios. En cambio, las liberaciones de obstáculos, las novedades favorables, expanden las fronteras productivas.
Las variaciones favorables de los términos de intercambio, la relación de precios entre exportaciones e importaciones, junto con la incidencia de las variaciones del clima sobre la producción y consumo, repercuten también, pero en el caso argentino pasan a segundo plano.
La inflación causada por la emisión monetaria para financiar al Estado engaña a las personas. Pagando con papeles que pierden valor al ritmo inflacionario defraudan a la gente.
¿Sorprende que gobiernos desfinanciados pierdan credibilidad? La singular brecha entre la tasa de inflación de la Argentina con sus vecinos, de dos dígitos altos en el primer caso y un dígito bajo en el resto, es elocuente de los graves desequilibrios macroeconómicos acumulados que el país no se ocupó de revertir.
El dólar como moneda local
Claramente, reconocer al dólar como moneda trajo ventajas. Una economía sin pautas, precios, conocidos desaprovecha esfuerzos que podrían ser productivos. Como prueban las crecientes movilizaciones de las denominadas organizaciones sociales para extraer pagos del Estado.
La inflación es gran obstáculo a los contratos productivos, que anticipa alteraciones tarifarias y normativas a futuro. Riesgo tan agudo como la misma depreciación monetaria. En especial en una economía confundida por estar obligada a emplear la moneda de curso legal que no es la verdadera de la gente, el dólar.
La cotización y dispersión de los distintos valores peso/dólar angustian las expectativas de las personas y empresas, y afectan los convenios entre privados, al generar un clima de creciente incertidumbre que es alentada por el mismo gobierno al demorar un acuerdo por la renegociación de los vencimientos de la deudas y no informar sus planes, ya sea porque no quiere comunicarlos o no los sabe.
Es curioso que mientras el gobierno culpa a Mauricio Macri de todos sus males, pese a que el índice de riesgo país en la gestión de Cambiemos se redujo mucho, hasta que se revirtió desde las PASO de 2019, cuando se asustaron los mercados, que anticiparon algo de lo que vendría con el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.
Del mismo modo, el crecimiento de la deuda de la Administración Central y del Banco Central es más elevada ahora que en el pasado, cuando gran parte no estaba reconocida porque estaba parcialmente en cesación de pagos.

Los actuales gobernantes se concentran en la deuda con el FMI, que es apenas 11% de las obligaciones brutas, por no tener otro quien les preste. Cortaron los puentes y pocos les creen para poder refinanciarla.
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