
El Gobierno perdió en quince provincias. Resultó abrumada en distritos densos como Capital Federal (47% a 25%), Córdoba (54% a 10), Santa Fe (40% a 31%), Mendoza (49 % a 26%) y Entre Ríos (54% a 31%). En la inmanejable e indescriptible provincia de Buenos Aires fue derrotada por un escaso margen, pero como aún la democracia se mide en números, fue derrotada. Porque, hasta ahora se insiste, 39% es más que 38%. Un poco menos de dos por ciento de los votos alcanza para decir que el Frente de Todos perdió.
El Senado Nacional deja de ser controlado por los obedientes de Cristina Kirchner y en diputados el PJ perdió dos diputados y, es cierto, la primera minoría. ¿Eso no es una derrota?
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Para el Presidente de la Nación -y algunos obsecuentes que dicen que perder por un punto no es perder-, semejante resultado debe ser considerado un triunfo a festejar en Plaza de Mayo. Problemas para la tabla del dos o ausencia de principios de cualquier ética política.
Algunos de buena fe se preguntan por el crecimiento de votos oficiales en la Provincia. El error nace allí de comparar los guarismos de las PASO con las elecciones de hace horas. Para saber qué ocurrió alcanza con no desafiar la aritmética y preguntar qué creían los analistas políticos y los propios dirigentes a las 20.59 del 12 de septiembre. ¿Alguien se atrevía a pensar en una derrota de Victoria Tolosa Paz aunque fuera por un uno por ciento? ¿Alguno suponía que Diego Santilli podría sumarse al lote de los triunfadores con Luis Juez, Carolina Losada o Julio Cobos? Si la respuesta es sincera, se dirá que no. Ergo, lo ocurrido este 14 de noviembre fue una derrota oficial.
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La arquitecta de la coalición oficial fue la que con más claridad metabolizó la derrota. Evitó hacerse presente en el acto post electoral para esquivar toda clase de responsabilidad. Aunque ya se sabe que quien hace nacer a una criatura, sostiene la maternidad de la misma de por vida. Tanto en la adversidad como en la prosperidad.
Cristina Kirchner invocó a último momento, como en las épocas de la adolescencia que asiste a la escuela secundaria y falta para evitar conocer el bochazo, una fatiga post quirúrgica que no apareció hasta las 19 del domingo, hora en que los políticos que pesan reciben los datos más confiables de los comicios. Punto.
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Uno de los 5 dirigentes más importantes del Frente de Todos confió en reserva a este cronista su diagnóstico del noviembre electoral: “Es evidente que las medidas que tomamos luego de las PASO fueron en la dirección correcta. Nos faltó más tiempo”. Primera conclusión. Más tiempo para ganar. Sin dudar, se perdió. Luego, no hay mucho espacio para pensar en cambios en el rumbo que tiene el Gobierno.
Si una derrota supone un replanteo de lo que se está haciendo, el montaje de un discurso de “perder por un punto no es perder” obtura toda chance de discusión. Agrava, cómo no, la búsqueda de infiernos ajenos que justifiquen los pesares. Hay inflación porque hay monopolios que le sacan la comida de la mesa a los argentinos. Congelemos más precios. No hay acuerdo con el Fondo porque los grandes grupos económicos conspiran, fugan dólares y pervierten la nación. “Encepemos” más la economía. La inseguridad es una sensación, la educación un tema de las aristocracias y así.
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Conviene agregar a la lista de los males ajenos las ayudas impensadas de algunos opositores. Que un dirigente con rango de ex presidente pifie hablando de la transición de un Gobierno al que le restan dos años de mandatos habilita para hablar de oposición irresponsable. Es que muchas veces aparecen quienes se miran sólo el ombligo de sus rencores y estropean las construcciones de los que quieren salir del brete de la grieta.
Sin embargo, esos mismos tropiezos no deberían hacer olvidar lo que hoy cuenta. Hay un Gobierno que perdió las elecciones. No le alcanzó la arriada de votantes en base a platita para torcer el rumbo en una provincia diezmada por calamidades del subdesarrollo. ¿Se siente interpelado ese mismo gobierno por la adversidad electoral? Es esa la pregunta que hay que hacer. Pero para ello, haría falta entender que como en el embarazo, no hay medio camino. Se espera un hijo o no. Se pierde o se gana una elección. Y aquí, claro, la perdieron.
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