Para llegar a ser un país normal es imposible que nada cambie

El repunte iniciado en el segundo trimestre de 2024 se apagó desde mediados del año pasado tras la fuga de capitales y la caída del consumo, con un salto inflacionario por menor demanda de pesos

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Luis Toto Caputo Javier Milei
Javier Milei junto a su ministro de Economía, Luis Caputo (@JMilei)

Muchos se preguntan por qué la recuperación económica es tan heterogénea y no entienden por qué el Gobierno “sólo se ocupa de la macro y, no, de la micro”. Esto significa en “criollo”, que la actual gestión está haciendo un buen trabajo para que la economía se estabilice y tendamos a ser un país normal; pero, poco o nada, para que a todos nos vaya bien.

Empecemos con la primera duda. En el segundo trimestre de 2024, gracias a la mejora en la confianza en el país que implicó el ordenamiento de las cuentas fiscales y la desaceleración de la inflación, se inició un proceso de recuperación económica que superó las expectativas más optimistas. Lamentablemente, a partir del segundo trimestre de 2025, se terminó debido a las dudas sobre la salida del cepo, las condiciones del nuevo acuerdo con el FMI y, luego, la creciente incertidumbre electoral que impulsaron una fuga de capitales. Esto desfinanció la economía y se agravó con la caída del consumo de quienes podían ahorrar y empezaron a armar un “colchoncito” de dólares para enfrentar cualquier potencial crisis. Cabe sumar la baja en la inversión de las empresas que compartían las mismas preocupaciones. También, el temor hizo caer la demanda de pesos y, como a todo aquello que le pasa lo mismo, su precio cayó. Por eso, la pérdida de poder adquisitivo de nuestra medida de valor aceleró la inflación, con su consecuente impacto empobrecedor.

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Por suerte, la confirmación en los comicios de que los argentinos queremos mantener el camino a la normalidad permitió recuperar la tranquilidad. Entonces, la gente empezó a dejar de ahorrar en dólares, para pasar a darse aquellos gustos que suprimió por temor. Así se inició la reversión de estas tendencias recesivas y una nueva desaceleración de los precios, por la estabilización del valor del peso. Poco a poco volveremos a sentir la mejora del nivel de actividad y, lo haremos más aún, cuando se sume la inversión y el crédito que también se vieron golpeados por la incertidumbre electoral.

La mala noticia es que, de la misma forma que la reactivación que se inició en 2024, esta nueva etapa no alcanzará a todos los sectores de la economía y es importante responder el por qué.

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Lamentablemente, es imposible que la estructura de producción que se adaptó a “surfear” la anormalidad sea exactamente la misma que la necesaria para navegar en la normalidad

Por más de 90 años, Argentina vivió un proceso de creciente anormalidad que nos llevó a numerosas crisis institucionales y económicas. Nuestro aparato productivo se tuvo que adaptar a sobrevivir en esas circunstancias. En 2023, los argentinos votamos buscando tener un país normal y, en las legislativas de 2025, reafirmamos esa decisión.

Lamentablemente, es imposible que la estructura de producción que se adaptó a “surfear” la anormalidad sea exactamente la misma que la necesaria para navegar en la normalidad. Algunos sectores se achicarán o, incluso, desaparecerán. Otros, tendrán más posibilidades de crecimiento y, además, surgirán muchos nuevos emprendimientos que antes no eran viables. Por eso, era tan importante para los argentinos que se mejorara la legislación laboral que incentivaba la destrucción de empleos. Era necesario facilitar el traspaso de trabajadores de los sectores perdidosos a aquellos que crecerán o nacerán. Los cambios logrados no fueron todos los necesarios; pero disminuirán los costos de esta necesaria transformación. La única forma de no pasar por este “parto” a la normalidad es volver a la anormalidad que nos llevó a la decadencia.

El Gobierno tiene que seguir ocupándose de gestar una macro en la que seamos cada uno de los ciudadanos los que tomemos las decisiones sobre nuestro trabajo y negocios, es decir nos ocupemos de nuestra micro. Lo que nos llevó a la decadencia y de crisis en crisis fueron décadas de gestiones que se ocuparon de decirnos qué teníamos que hacer con nuestro esfuerzo y dinero, mientras arruinaban aquello de lo que se debían ocupar, la macro. Por ejemplo, muchos funcionarios pretendieron decidir qué era lo que tenía que producir la Argentina. Para ello, generaron ganancias artificiales protegiendo a esos sectores naturalmente inviables y, por ende, atrayendo hacia allí el trabajo y la inversión. Lamentablemente, estos empresarios estuvieron ganando plata a costa del bienestar de los argentinos; porque podían venderle más caro y de menor calidad que lo producido afuera. Eso se tenía que acabar. Para ganar dinero todos debemos brindarle a nuestro prójimo el mejor producto o servicio al precio más bajo. Por lo tanto, muchos de esos sectores no sólo no se recuperarán, sino que algunos desaparecerán.

Décadas de empobrecimiento relativo hicieron que los argentinos empezáramos a gastar una mayor proporción de nuestros ingresos en lo básico

En un país normal, en el que el Gobierno nos brinde una macro de estabilidad económica e institucionalidad y deje que los residentes tomen libremente sus decisiones, habrá muchas producciones que seguirán siendo viables e, incluso, prosperarán mucho más (agroindustria, hidrocarburos, minería, etc.). Además, aparecerán nuevos negocios que en la anormalidad no lo eran. Por ejemplo, décadas de empobrecimiento relativo hicieron que los argentinos empezáramos a gastar una mayor proporción de nuestros ingresos en lo básico. Por ello, consumíamos cada vez menos de lo prescindible que, en su mayoría, son servicios. Así que este sector está subinvertido en el país y va a crecer mucho. No sólo los que proveen servicios públicos o la construcción, también los personales. La buena noticia es que es este sector el que genera empleo en el mundo y, no, la industria que sustituye trabajo con tecnología.

Un cambio que vendrá y que ya se está viendo es que se moderará y frenará la migración interna hacia el Gran Buenos Aires. No sólo porque el fuerte crecimiento de los sectores de hidrocarburos y minería generarán empleo en las provincias que cuentan con esos recursos. También porque, hasta ahora, los gobiernos les quitaban su dinero a los productores de las provincias con tributos excesivos, como las retenciones, y lo usaban para subsidiar a los que viven en la zona del AMBA. Obviamente, nadie quiere vivir donde te sacan la plata, sino donde te la dan.

No estamos hablando sólo de la asistencia social a quienes lo necesitaban. En el Gran Buenos Aires, aquellos que podíamos abonarlos, llegamos a pagar menos del 40% de lo que costaban los servicios públicos que consumíamos. Así, gracias al ajuste de sus gastos que tuvieron que hacer los conciudadanos del interior, acá podíamos consumir mucho más de lo que hubiera sido posible sin subsidios. Pues, ahora, con la baja de éstos que permitió disminuir y eliminar retenciones y otros tributos nacionales, la riqueza queda donde se la produce y, como está demostrado, se gasta o invierte mayormente en la zona. Así que empezará a generarse empleo bien pago allí y será menos conveniente hacinarse en la zona del AMBA, donde vivir se va a encarecer. Por fin, se empezará a resolver el problema de concentración de la población argentina que lleva más de 80 años en aumento.

En 2023, los argentinos votamos buscando tener un país normal y, en las legislativas de 2025, reafirmamos esa decisión

Un cambio adicional tiene que ver con el descenso de la pobreza, que deriva principalmente de desacelerar la inflación a niveles normales y, también, del crecimiento. En particular, en el corto plazo, por el fuerte aumento del poder adquisitivo de los sectores que no están registrados, desde al fondo del pozo al que los llevó la crisis que gestó la anterior gestión. La mayoría de los pobres son de esos sectores y ahora les resulta más fácil conseguir los tipos de trabajo informales.

Por otro lado, en el mundo, los que pierden sus empleos en los sectores industriales, pasan mayormente a los servicios o a un trabajo independiente. Esto ya está pasando y seguirá sucediendo también en Argentina; pero mucho lo hacen en “negro”, por la tradición de evitar los excesos de tributos o de regulaciones del pasado. Es cierto que, hoy, algunos que se vuelven “independientes” no deben estar ganando lo que antes, por más que haya aumentado mucho el poder adquisitivo de los ingresos informales. Sin embargo, esto también cambiará en la medida que se baje el costo de estar en “blanco”; lo cual ya está haciendo el gobierno nacional.

Los argentinos pensamos que somos los únicos que hemos pasado por esta decadencia en la que nos habíamos resignado a vivir. No es cierto. En la misma época en que empezamos a implementar políticas erróneas, hubo muchos países que también lo hicieron. La diferencia es que poco a poco fueron dándose cuenta de que debían cambiar de rumbo e hicieron el sacrificio necesario para lograrlo. Esas son algunas de las naciones a las que emigraban nuestros chicos, como España, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y otros. Pues, no podemos seguir pasándole el problema a las futuras generaciones, debemos ser responsables y, el costo, enfrentarlo nosotros. No sólo por nuestros descendientes, sino porque nosotros también empezaremos a disfrutar de esa “inversión”. Queda mucho por hacer en la reconstrucción de la economía y la institucionalidad en Argentina; pero estamos yendo en el camino a la normalidad, es decir a más libertad y oportunidades de progreso para todos.

El autor es economista y director de la Fundación “Libertad y Progreso”