
Solemos discutir la educación a partir de grandes consignas como inclusión y calidad. Sin embargo, incluso si logramos garantizar que todos los chicos estén dentro de la escuela, existe una pregunta mucho más básica que todavía no podemos responder con precisión en nuestro país: ¿cuánto tiempo pasan realmente los estudiantes argentinos dentro del aula?
Aunque se trata, en principio, de una pregunta sobre cantidad de tiempo en la escuela, es imposible separarla de la calidad de los aprendizajes: si los chicos no están en el aula el tiempo suficiente, es muy difícil que puedan aprender más y mejor.
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La pregunta parece elemental. Algunos podrían decir que deberíamos estar pensando en innovación, en enfoques disruptivos que permitan que la escuela se aggiorne a un tiempo atravesado por la tecnología. Pero lo cierto es que poco de aquello importa si los chicos no están en el aula.
Hoy no existe en el país información pública, sistemática y comparable que permita saber cuántos días y horas efectivos de clases tiene cada estudiante argentino. Y el problema no termina ahí: tampoco sabemos con precisión cuando faltan los docentes, cuántos días se suspenden clases por problemas climáticos o de infraestructura, ni cómo se distribuyen esos fenómenos según escuelas, niveles o territorios. En otras palabras: el sistema educativo argentino discute, toma decisiones e implementa políticas muchas veces a ciegas.
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El ausentismo escolar es probablemente el mejor ejemplo de esto. En los últimos años comenzaron a aparecer señales de alarma cada vez más evidentes. En las pruebas Aprender y PISA, los directores ubican al ausentismo estudiantil entre los principales problemas que afectan el aprendizaje. Los propios estudiantes reconocen que faltan cada vez más. Y algunas provincias que comenzaron a publicar datos muestran cifras preocupantes: en promedio, los estudiantes faltan 30 días al año. Pero estos números no son suficientes ni alcanzan para identificar la profundidad del problema.
No es lo mismo un estudiante que falta de manera aislada que uno que empieza a ausentarse sistemáticamente. No es igual quien se ausenta antes de fines de semana largos o vacaciones que quien comienza a desvincularse progresivamente de la escuela.
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Los patrones importan porque sin entenderlos no podemos diseñar políticas que ataquen las causas.
Los sistemas de información educativa no son simplemente bases de datos administrativas.
No son burocracia, son herramientas de política pública. Y hoy la situación de esas herramientas es muy dispar en cada provincia. Algunas cuentan con un registro semanal del ausentismo y otras apenas tienen datos fragmentados y muchas dificultades para transformar la información disponible en herramientas útiles para la gestión y la toma de decisiones.
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Durante años, Argentina avanzó en ampliar cobertura y sostener trayectorias escolares.
Pero la discusión no puede estancarse ahí: garantizar que los estudiantes permanezcan dentro del sistema no puede significar únicamente que estén matriculados. La inclusión también implica que estén efectivamente en el aula, aprendiendo y teniendo continuidad en sus trayectorias.
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Pero sin información de calidad es muy difícil focalizar políticas. No alcanza con saber que existe ausentismo: necesitamos entender dónde ocurre, cómo ocurre y sobre quiénes impacta más.
Porque hay una verdad incómoda que en Argentina todavía no terminamos de asumir: lo que no se mide, no se puede gestionar. Y lo que no se gestiona, difícilmente mejore.
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