
Según los datos del Indec, el empleo privado cayó un 2,8% desde el 2012, mientras que la cantidad de asalariados del sector público creció casi un 26% en el mismo período. Como el mito de Sísifo, nuestro país vuelve a encontrarse frente al desafío de superar una prolongada crisis económica y al mismo tiempo hacer crecer el empleo en los sectores productivos. Sin embargo, en este mundo luego de haber atravesado casi un año y medio de pandemia, las evidencias demuestran que, aplicando viejas recetas, será muy difícil enfrentar la profunda crisis global de empleo que afectará los próximos años y cuyas consecuencias apenas estamos comprendiendo.
Históricamente, las fórmulas de creación de empleo –y probablemente escuchemos varias de ellas en este año de elecciones– suelen estar vinculadas a incentivar la demanda a través de herramientas que van desde la promoción de la inversión hasta incentivos fiscales para reducir el costo laboral.
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Sin embargo, a nivel global nos enfrentamos a un problema mucho mayor, ya que la crisis de empleo que generó el COVID-19 afecta tanto a la demanda como a la oferta y nuestro país no es ajeno a esta realidad. En el último estudio realizado por ManpowerGroup sobre escasez de talento se ve que 7 de cada 10 empleadores argentinos manifiesta tener dificultades para conseguir el talento que está buscando: la peor medición desde que se realiza esta investigación hace 15 años, demostrando un claro incremento con respecto a los resultados de la edición anterior en 2019, en donde 5 de cada 10 empleadores revelaba esto en nuestro país.
La pandemia generó el mayor cambio y reasignación de habilidades de la fuerza laboral desde la Segunda Guerra Mundial. Habilidades blandas como la resiliencia, la responsabilidad, la confianza, la disciplina, la colaboración, la toma de iniciativa, el liderazgo, el pensamiento crítico y la resolución de conflictos se tornaron más importantes que nunca.
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La transformación digital está avanzando silenciosa y letalmente sobre las habilidades requeridas, creando una bifurcación entre aquellas personas que tienen las condiciones para mantenerse en el sistema y quienes están a un paso de quedar afuera. En efecto, trabajar el problema de la demanda es una condición necesaria pero no suficiente, si al mismo tiempo no se desarrolla el talento que pueda cubrir esa necesidad.
En estos tiempos impredecibles, lo cierto es que la crisis debería servir de catalizador para forjar un nuevo futuro del trabajo. Mientras hemos discutido largamente acerca de la presencialidad escolar y cómo “volver a la normalidad”, hay un debate ausente que pone en riesgo la competitividad de nuestro país y el futuro de nuestras próximas generaciones: ¿Qué cambios urgentes debemos realizar en nuestros modelos educativos y laborales para acelerar la adquisición de las habilidades que este nuevo mundo digital está demandando? Es hora de interpelarnos y pasar a la acción.
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