La electromovilidad en la Argentina: algunas preguntas imprescindibles

Los sectores productivos verdes forman parte de una realidad que ya es inexorable. Frente a esa gran certeza, el país debe actuar rápido y construir una hoja de ruta de cara al sector consensuada por múltiples actores

Un punto de carga para un auto eléctrico (REUTERS/Mark Blinch)
Un punto de carga para un auto eléctrico (REUTERS/Mark Blinch)

Hay una certeza a nivel internacional: los vehículos del futuro serán eléctricos. La venta de estos autos ha experimentado una década de acelerado crecimiento: mientras que en 2010 apenas se vendieron 8 mil unidades en todo el mundo, para 2020 la cifra había ascendido a 3 millones. Aun durante la pandemia de COVID-19, escenario de fuerte contracción de la actividad económica mundial y del mercado automotriz en particular, las ventas mundiales del sector aumentaron 41 por ciento. Aunque todavía predominan, por lejos, las ventas de autos a combustión interna, la participación de vehículos eléctricos en el mercado se fue incrementando año a año, alcanzando un récord de 4,6% del total de ventas en 2020.

Esto se inscribe en una serie de compromisos ambientales que han tenido como principal hito al Acuerdo de París de 2015. En lo que respecta al sector transporte, la reducción del uso de vehículos a combustión y hasta la prohibición a futuro de las ventas son algunas de las medidas que los países están impulsando para cumplir con los compromisos del acuerdo. Pero no solo las urgencias del cambio climático traccionan esta agenda, sino también la oportunidad para transformar y potenciar la estructura económica. Detrás de las transiciones se observan Estados que actúan como impulsores activos del cambio a través de las Políticas de Desarrollo Productivo Verde (PDPV). Países como China, Estados Unidos o Alemania, los principales fabricantes de vehículos eléctricos y poseedores de los mercados más dinámicos, son los que implementan con más decisión y más recursos PDPV destinadas a incentivar la movilidad eléctrica.

Mientras que en 2010 apenas se vendieron 8 mil unidades en todo el mundo, para 2020 la cifra había ascendido a 3 millones

A nivel local, la certeza del cambio choca con la persistencia de muchas incertidumbres. En lo concreto, podemos afirmar que nuestro país se encuentra rezagado en términos de un plan estratégico nacional para impulsar la movilidad eléctrica. Hasta el momento la legislación se ha orientado principalmente a incentivar la importación de tecnología, sin plantearse aún la discusión de cómo insertarse en términos productivos en la cadena global de valor. En ese sentido, tanto el reciente lanzamiento del Plan de Desarrollo Productivo Verde por parte del Ministerio de Desarrollo Productivo como el anuncio del tratamiento este año de un proyecto de ley para incentivar el sector son un buen punto de partida. La formulación de esta ley deberá tener presente la resolución de una serie de interrogantes y disparadores útiles que guíen su diseño, los cuales deberían ser abordados con el sector público y privado sentados en la misma mesa. Sin intenciones de exhaustividad, dejamos algunos que nos resultan importantes.

¿En qué eslabón de la cadena de valor conviene insertarse? Desde el inicio de la cadena de valor hasta el ensamblado del vehículo final, el país debe orientar las PDPV teniendo en cuenta una serie de variables, como sus capacidades productivas y tecnológicas, la configuración de los mercados externos, la escala necesaria para producir de forma competitiva, entre otras. Es decir, definir en qué eslabones resulta estratégico producir y en cuáles no. Del mismo modo, deberá definir qué segmentos de la movilidad desarrollará localmente: ¿Será en el segmento de la micromovilidad -las bicicletas, monopatines-, los vehículos, los camiones, los buses? ¿Habrá espacios para explotar una especialización en el segmento de pickups, repitiendo el patrón que siguió a nivel local la industria automotriz tradicional? ¿Convendrá desarrollar vehículos totalmente eléctricos o híbridos? El abanico es amplio y no necesariamente una elección obtura las otras, pero hace falta que este análisis esté contemplado en una estrategia de mediano plazo.

Nuestro país se encuentra rezagado en términos de un plan estratégico nacional para impulsar la movilidad eléctrica

¿Cómo se reconvertirá la industria automotriz existente en la Argentina? El desafío es enorme: hablamos de uno de los sectores de mayor peso en la industria del país, que emplea a más de 65.000 trabajadores directos y que tracciona a muchas otras ramas de la economía. Toda agenda de transición debe tener en cuenta que el cambio se hace con la cinta de montaje encendida. Pero tengámoslo muy en claro: los autos del futuro serán muy distintos a los actuales. Un auto a combustión requiere alrededor de 3.000 componentes en el ensamblado final, mientras que los vehículos eléctricos reemplazan alrededor de 2.000 partes correspondientes al motor a combustión y la transición por 100 componentes asociados al motor eléctrico y a la batería. En el mismo sentido, es probable que una empresa dedicada a la fabricación de carrocerías no tenga las mismas dificultades en pos de adaptar sus modelos a los nuevos autos eléctricos, que una firma dedicada a producir piezas neurales de un motor a combustión interna, tales como las válvulas. De todas formas, la dificultad no anula la posibilidad. Para ser moderadamente optimistas, ya tenemos en la Argentina casos de empresas que están haciendo esfuerzos en ese proceso de reconversión: mencionemos, por ejemplo, a E-Motion22, el spin off del Grupo Basso (precisamente un fabricante y exportador de válvulas) que busca insertarse en la cadena de valor de la electromovilidad fabricando packs de baterías de litio.

Exportar con valor agregado es desde ya necesario y uno de los grandes desafíos de la industria local

¿Cómo pueden utilizarse capacidades existentes de otros sectores para potenciar la inserción en la cadena de valor de la electromovilidad? Pensemos, por ejemplo, en la industria del software, que desde ya es imprescindible a la hora de pensar en la nueva era de movilidad eléctrica. Un estudio de McKinsey le pone números a la importancia que tendrá la industria del software en el nuevo mundo de los autos eléctricos: proyecta que el mercado del sector software y de componentes eléctricos y electrónicos en la industria automotriz crecerán a una tasa anual del 7% entre 2020 y 2030, más que duplicando el crecimiento del mercado de vehículos, que se espera sea del 3% por año en el mismo período. La Argentina ha tenido un fuerte crecimiento en la última década en la industria del software y cuenta con una ley de promoción sectorial. Es importante aprovechar esas y otras capacidades ya desarrolladas para potenciar el sector de la electromovilidad e incentivar la aparición de nuevos actores, esto es, tender los puentes necesarios (legislativos, fiscales, entre otros) para que ambos sectores se retroalimenten.

Si se exporta pero no se vende localmente, lo productivo y lo verde marcharían por carriles separados

¿Hacia qué mercados se orientará la producción local? ¿Hay soluciones de electromovilidad que Argentina puede exportar al mundo? Exportar con valor agregado es desde ya necesario y uno de los grandes desafíos de la industria local. En este sentido, el sector automotriz argentino tiene la ventaja de contar con una larga tradición exportadora e inserción en varios mercados, en donde se destaca la propia región, los cuales podrían ser aprovechados para colocar parte de la producción local del nuevo sector. No obstante, sin el fomento también de un mercado interno, la Argentina perdería una de las aristas positivas del desarrollo de la electromovilidad, que es precisamente la sustentabilidad ambiental. Si se exporta pero no se vende localmente, lo productivo y lo verde marcharían por carriles separados.

Los sectores productivos verdes en general y la electromovilidad en particular forman parte de una realidad que ya es inexorable. Frente a esa gran certeza, Argentina debe actuar rápido y construir una hoja de ruta de cara al sector consensuada por múltiples actores, que atienda ciertos interrogantes clave, aquí formulados sumariamente. Y actuar rápido sobre todo para aprovechar las oportunidades que este nuevo futuro presenta, tanto en términos productivos como ambientales. El tiempo, no lo olvidemos, es un factor clave en toda transición.

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