
Hemos conocido en los últimos días nuevos casos de empresas internacionales que se retiran de Argentina. Si la mirada se extiende algunos meses, la salida abarca desde algunas firmas del rubro de aeronavegación, pasando por organizaciones dedicadas al retail, siguiendo por otras en los seguros, los laboratorios o la producción petrolera, y llegando a empresas de producción agropecuaria o de alimentos, y hasta a alguna universidad internacional destacada.
La Argentina pierde empresas internacionales. Agrava lo antedicho que hace algunos meses también supimos de no pocos empresarios argentinos que han decidido mudar sus centros operativos al exterior. Y hasta que en los últimos años se ha reducido en casi 5.000 el número de compañías exportadoras en nuestra economía.
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Lo expuesto es especialmente crítico. La globalización de esta tercera década del siglo requiere una adaptación de los países a los parámetros internacionales imperantes para lograr un acople de esas economías nacionales con escenarios de generación de inversión, producción, empleo y abastecimiento de necesidades.
Nueva etapa
Esta nueva etapa de la economía internacional tiene 5 grandes cualidades: es crecientemente global (el comercio internacional crece en 2021 un 8% en todo el mundo), se desarrolla en el marco de una inédita transformación tecnológica (el mayor motor de la economía es el capital intelectual que genera la mitad del PBI global cada año), está influida por una nueva geopolítica que influye en las decisiones productivas (la guerra comercial entre EEUU y China fue un exponente, pero hay muchos otros como el Brexit, el Pacto de Paris y la Nueva Ruta de la Seda), se ampara en nuevas relaciones internacionales que integran mercados en base a exigentes estándares de calidad (ambientales, sanitarios, de seguridad, de derechos subjetivos) y está liderada por empresas innovadoras que “crean el futuro” (de las 100 “mayores economías” del mundo 70 son empresas y solo 30 son estados nacionales).
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Por esto último, la salida de empresas es un golpe duro a las aspiraciones de vivir mejor.
Mas allá de la anécdota de los flujos de entrada o salida de inversión en nuestro país en un año en particular (2020 no fue un buen año para analizar por las rarezas de la pandemia y sus efectos), hay algo que debería preocupar: Argentina está en medio de una tendencia plurianual de desinversión internacional relativa.
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Qué es la Inversión Extranjera Directa
Dice la OCDE que la inversión extranjera directa (IED) “es una categoría de inversión transfronteriza que realiza un residente de una economía (el inversor directo) con el objetivo de establecer un interés duradero en una empresa (la empresa de inversión directa) residente en una economía diferente de la del inversor directo. Y la motivación del inversor directo es establecer una relación estratégica de largo plazo con la empresa de inversión directa para garantizar un nivel significativo de influencia en la gestión de la empresa”.
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En el mundo el stock de inversión extranjera hundida -operando en todos los países- terminado el año 2020 es de 41,8 billones de dólares. Se trata de una cifra 107% mayor que la de inicio de la década anterior (en 2010).
En Latinoamérica ese stock de IED es de 2,2 billones de dólares, lo que supone un 40% mas que en 2010.
Según UNCTAD el stock de IED operando en Argentina es en 2020 de USD 85.000 millones, algo menor que la cifra que se contaba en nuestro país en 2010. En este periodo 2010-2020, el stock de IED operando en la región (mientras no creció en Argentina) creció significativamente en Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Uruguay y Paraguay (también creció en todos los países de Centroamérica).
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Analizando el stock (esto es: la cantidad acumulada de inversión neta operando en el país de origen extranjero), y según la misma fuente, Argentina muestra en 2020 un stock de IED valuada en dólares en su economía que es sustancialmente menor a la de Brasil (que exhibe USD 608.000 millones), la de México (596.000 millones), y también menor que la que cuentan Chile (272.000 millones), Colombia (213.000 millones) y Perú (115.000 millones).
Estancamiento y retroceso
La performance argentina en esta materia, como se observa, es muy poco consistente con el potencial de su economía. Pero este resultado explica una década de estancamiento y aun de retroceso. Argentina muestra, así, las peores ratios de inversión extranjera directa recibida en relación con su PBI en la región. Mas aún, si se efectuara una consideración cualitativa se podría admitir que las cifras en Argentina podrían ser peores porque buena parte de lo que se acepta como IED que se computa entre nosotros está justificado por reinversión de utilidades de empresas que están limitadas de enviar fondos al exterior por restricciones regulatorias, haciendo que la participación de la reinversión sea en nuestro medio mayor en términos relativos que la que explica la cifra que muestran los vecinos que logran mayor ingreso efectivo desde el exterior de nuevos importes dirigidos a la producción por parte de empresas extranjeras.
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Si se compara la evolución con los vecinos el resultado es notable: cuando comenzó el siglo XXI (año 2000) Argentina exhibía un stock de IED en su territorio que era mayor que el de Chile, Colombia y Perú (solo la superaban Brasil y México en Latinoamérica). Todos la superan cómodamente hoy. Y quizá la mejor explicación de lo que ocurre surge de observar que cuando comenzó el siglo XXI Argentina contaba con 19% del total de la IED en Latinoamérica, pero en 2020 solo cuenta con 3,8% del total regional.
La tendencia, pues, preocupa más que el resultado de un año puntual. Un país que reduce la relevancia de empresas internacionales en su economía padece desacople tecnológico, genera menos empleo de calidad, exporta menos, reduce su inversión total y hace descender niveles generales de productividad.
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