
El coronavirus nos viene afectando hace casi un año y medio no sólo a los adultos, sino también a los niños y niñas. No caben dudas que en este tiempo aprendieron mucho, enseñanzas positivas y de las otras.
En determinados contextos, vivieron experiencias familiares nuevas, con papás y mamás que recuperaron el tiempo hogareño, con momentos de calma y de observación. Pudieron cocinar, asumieron responsabilidades y reglas, pudieron empezar a ser independientes y comprometidos con sus cosas; y, en el mejor de los casos, aprendieron a ser más maduros y hasta más resilientes con sus miedos y temores.
Otros niños y niñas vivieron otras situaciones no tan alentadoras; algunas de ellas muy graves que deberemos considerar a la brevedad en pos de ayudar a su desarrollo y salud mental.
No podemos obviar que, también, en este tiempo se fueron deshumanizando, les fuimos enseñando que puede ser peligroso dar un beso o recibir un abrazo o no tomar la distancia adecuada por la peligrosidad de la cercanía con el otro. Y si bien los adultos lo podemos racionalizar, ellos necesitan que los acompañemos con palabras, en esta nueva normalidad tan difícil para todos.
Francesco Tonucci señala que, en este tiempo, nos faltó escuchar a las infancias. La Convención de los derechos del niño y de la niña, en el artículo 12, señala que tienen el derecho de expresar libremente su opinión cada vez que se toman decisiones que los afectan y el subsiguiente derecho de que esas opiniones se tengan debidamente en cuenta. Pero, sin embargo, hubo muy pocas experiencias al respecto y poco y nada se hizo con esas sugerencias.
Para el pedagogo italiano es un tiempo fundamental para enseñar contenidos imbricados en la vida cotidiana: cuidar una planta y observar su crecimiento a lo largo de los días, revisar fotos para recorrer la historia familiar o escribir un diario contando las propias emociones, entre otras actividades. Estas podrán ser sólo algunas experiencias para que la casa y, a su vez, la escuela, se transforme en un laboratorio.
Pero nada de esto será posible si no ponemos el foco en las infancias, si no hay políticas públicas que sean planificadas para los niños y niñas desde sus propias realidades y, especialmente si la escuela, como institución social por excelencia, no retoma los miedos, las dudas y los saberes de los niños y niñas de los últimos meses.
Hoy por hoy, es más importante aprender a lavarse las manos como un cirujano, como relataba una niña del nivel inicial, a ser más solidario y empático con el vecino de mi cuadra o recuperar el recreo como espacio de convivencia, que aprender un concepto de memoria.
Los niños y niñas aprendieron mucho en este tiempo, sólo hay que saber recuperarlo desde la escuela. Y es nuestra responsabilidad como adultos protegerlos y asegurarles un ambiente amoroso durante su infancia, que los aloje y los cobije y los proteja de la intemperie.
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